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29 octubre, 2017

La luna me está mirando, yo no sé lo que me ve.

Se nos va la vida señores.

Se nos va la vida y no entendemos por qué cae la lluvia, y por qué ladran los perros, y por qué tememos a la oscuridad.

Y entender esas cosas no hace que la vida no se nos vaya, pero logramos quitarle un gran mordisco antes de que termine de apagarse la luz.

En estos momentos cae una lluvia torrencial, se me moja el piso que limpié hoy, se empapa la ropa tendida recién lavada, se ensucia de barro la perra que bañé ayer. Y me siento tentada a pensar que es a propósito. Miro al cielo y cierro el puño y pregunto "¿qué hice yo, entonces? ¿qué me quieres decir?".


Claro... Nadie responde, porque nadie está tratando de decirme nada. Llovió y eso es todo. Llovió cuando no me lo esperaba y se perdió el trabajo que había hecho. Y no es culpa de nadie. Pero... a que a veces es difícil perdonar al cielo, aunque él no tenga la culpa...

Mejor tomarse un cafecito caliente, y ver las gotas caer de las sábanas limpias al piso, del techo a la grama; ver a la perra sonreir y menear la cola como un parabrisas sobre el barro, dejar que la tarde pase y la luz destiña y que hoy se convierta en ayer. No más preguntas existenciales para las que nadie tiene respuesta, no más temer a que se acabe el tiempo, porque el tiempo, señores, es la misma eternidad.

13 agosto, 2016

Opinión N° 8: La Histeria y los Tabloides

Recaigo en las noticias como quien recae en las drogas. Son veneno que sólo se busca para que patee la lengua -el cerebro, el cuerpo entero- un rato y nos saque de un letargo ensordecedor.

Muy poético ¿no?

Si debo ser sincera, conmigo misma y con quien pueda leer esto allá afuera en el vasto mundo, debo reconocer que leo periódicos -digitales, claro- en busca del desastre, en busca de la semilla del caos que ha de explotar, según yo, a como de lugar.

¿Le sucede esto a alguien más? ¿O soy yo la única psicópata?

Me parece que leo noticias cuando estoy buscándole el talón a algún Aquiles en particular; cuando, con ánimos de destrucción, miro lo que me rodea, y no encuentro puntos débiles. Cualquier tabloide me va a dar la respuesta temporal que busco, uno que diga que el General Nosequién se pronunció en descontento, o que consiguieron al Diputado Cualquiercosa recibiendo dádivas bajo cuerda. Semillas de destrucción que, seamos de nuevo muy sinceros, no van a destruir nada -salvo nuestros nervios colectivos.

No vengan a decirme que, cuando están de mal humor, buscan leer el periódico para alegrarse.



En serio ¿alguien concuerda conmigo? ¿O tengo que culpar a las hormonas de unos desvaríos que saben a verdad pura?

En mi humilde opinión, el mundo es lo mismo que cuando comenzó, los hombres y mujeres somos los mismos, tenemos los mismos tumbaos, nos carcomen los mismos miedos, sólo que ahora somos más, muchísimos más, y el resuello mutuo nos causa un poco de histeria. Es decir, no hay noticia que no haya sido cuento viejo antes de nacer.

En momentos como hoy, cuando hay ganas de romper cosas, mejor salir al aire libre, poner unos cuantos metros cuadrados entre tú y todo lo demás. Mejor buscar la manera de respirar tranquilos el aire limpio -donde se pueda.

10 agosto, 2016

Opinión N° 7: El Miedo y Yo

Tuve una larga conversación, hace unos meses, con uno de mis hermanos. Está a punto de comenzar la universidad. Su rostro y sus gestos trajeron a mi memoria mi propia emocionada y ciega personita cuando, a los diecinueve años, me fui de la casa para conocer otros horizontes.

El punto culminante de la conversación entre mi hermano y yo fue una semilla de idea que quise plantar en su cerebro, y ojalá lo haya logrado. Le dije: tienes dos opciones, tienes fe en dios o tienes fe en ti mismo, pero debes tener fe en algo.

No sé a ciencia cierta si esa semilla germinó. Mi intención no era alejarlo del ateísmo ni convertirlo en un devoto espectador de milagros, sólo quería que aprendiera lo que es la fe. Hoy, meses después, me doy cuenta que tuve dos razones reales para hacerlo. La primera es la certeza de que, a lo largo de su vida, caerán noches lúgubres sobre su razonamiento, y no podrá ver luz al final del túnel –a todos nos pasa, ¿cierto? De lo contrario, no existirían los templos ni los sacerdotes ni los gurús ni los derviches ni la meditación. La segunda, más inconsciente, es que yo misma necesitaba conversar sobre la fe. No podía preguntarle a mi hermano ¿a quién le rezas tú?, porque me respondería que no cree en dios, y yo no sabría explicarle que eso no tiene nada que ver. No puedo preguntarle a mi madre a quién le reza, porque ella es Católica y yo llevo años trabajando en una profunda limpieza iconográfica mental, es decir, yo forjo mis propios ídolos. Algo me dice que, si le preguntara, su respuesta se parecería mucho a la mía.  

La fe tiene la propiedad de funcionar como una vela. 

Anoche sucedió algo muy particular. En la ciudad/pueblo donde vivo con mi pareja, mis muchos gatos, y mi bebé por nacer, hubo una ola de saqueos. Comenzó a las once de la noche del día anterior, se escuchaba revuelo mas no desorden. 

Luego, durante el día, pude observar algunas turbas corriendo hacia camiones cargados de huevos o de pollo, la policía y la guardia nacional rondaban las calles tratando de dispersar a los grupos violentos, seguí de cerca las noticias sobre galpones y panaderías asoladas por grandes grupos de gente, ya no personas sino masas ¿enardecidas? ¿enaltecidas? ¿azuzadas? ¿organizadas? Creo que no lo sabré jamás.

El hecho es que el día pasó lento y tenso por la ventana. Cada quien se había encerrado en su casa antes del anochecer. No se escuchó nada más en las noticias. A eso de las diez, mientras me preparaba una avena, tuve que bajar el volumen de la música porque escuchaba ruidos inconexos desde afuera. Voces, gritos, disparos bajando por las calles como un río. A pesar de haber estado entre paredes, con las puertas bajo llave, con las ventanas cerradas, las luces exteriores apagadas; a pesar de haber estado en un “sitio seguro” sentí un miedo nuevo, recién sacado del paquete.

Durante mis años de universidad participé en distintos eventos políticos, más por curiosidad que por afinidad, debo admitir –aún hoy no siento afinidad por ningún bando político, así como no la siento por ningún grupo religioso. Más de una vez estuve expuesta a un peligro más o menos controlado, compuesto por gas lacrimógeno, perdigones, gente desaforada en las calles, todo coronado por una falta de sentido de auto preservación. Descubrí que cuando los padres le dicen a uno “cuídate”, realmente lo piden, casi que lo imploran, porque saben que uno no está muy claro en lo que eso significa.

Anoche, sentada en una improvisada butaca dentro de mi cocina, esperando que cesaran los tiros, aprendí una o dos cosas sobre la auto preservación que mis años de correrías callejeras no pudieron nunca enseñarme: uno no teme por sí, sino por lo que ama. La fe, esa velita, no está, sino que se enciende cuando hace falta. La fe en mi misma, en ese momento, no iba a salvar ni a mi pareja ni a mi bebé en caso de que alguien quisiera, por el motivo que fuese, hacernos daño.

Tras mucho hablar, mucho moverme, mucho comer avena –sin azúcar- compulsivamente hasta que, una hora y pico después, cesaron los gritos, entendí por qué la primera lección que mi madre decidió darme fue el rezo. A la hora de la chiquita, como diría ella misma, es lo único que se puede hacer: rezar para que no pase nada malo.

Mi hermano no vive aquí, él no sabe lo que es ni un atraco ni un saqueo; él va a la universidad en un país con otros bemoles –todos los tienen. Sólo quisiera que, a la hora de la chiquita, elija siempre auto preservación y nunca el pánico.

¿A quién le rezo yo? Eso no es problema de nadie.

¿A quién le rezas tú? Es una pregunta irrelevante.


Anoche aprendí a encender velas por alguien distinto a mí. Me quedan algunos meses para terminar de comprender lo que eso significa. Por ahora entiendo que no es cobardía, como lo llamaba antes, sino sensatez.     

Otra cosa que descubrí anoche, y quizá no sea la última, es que, si no hubiese sentido miedo, hubiese salido a la calle a ver más de cerca. 

No sé qué extraer de eso.

30 julio, 2016

Opinión N° 6: ¡A-zú-car!

Me pasó algo curioso hoy.

No que a nadie le importe, pero igual lo cuento, por si a alguien le suena interesante.

Una pista: No tiene nada que ver con Celia Cruz.



Sucedió que me encontraba en un terminal de autobuses del interior, a eso de las ocho de la mañana. Mi pareja (este ciudadano) y yo nos habíamos llevado un desayuno abundante y delicioso cuyas particularidades me ahorraré (porque si comienzo a escribir sobre comida me dará hambre y, pues... no quiero). Al terminar de comer, mis ojos buscaron instintivamente entre las chucherías del kiosko, buscando algo que apeteciera a mi paladar.

Primera nota importante: Hambre, lo que se llama hambre, no tenía. (ver el artículo de antier sobre algo parecido, pero no igual).

Finalmente mis ojos encontraron algo: Brownies. Y con punto de venta disponible. La gloria, pues, o algo muy parecido a ella.

Me acerqué como quien no quiere la cosa y pregunté "señora, ¿a cuánto los brownies?". Ella respondió, "550".

Rápido cálculo mental, seguido por recolección de memorias recientes sobre precios de cosas dulces, otro rápido cálculo mental. "Deme uno" concluí.

Segunda nota importante: Hace más o menos un mes que mi pareja y yo tomamos -robamos- las bolsitas de azúcar de cualquier panadería donde caigamos buscando café con leche porque se nos acabo el azúcar de la casa y, pues, no conseguimos (se agradece no juzgar). Eso quiere decir que, desde hace más o menos un mes, no bebo ni como nada que contenga azúcar refinada. Los precios de tortas, bizcochos, galletas, polvorosas, golfeados y afines, por el momento, son prohibitivos para mi bolsillo, así que nada, café con miel en mi casa, o café sin nada, punto, no se admiten quejas.

Pero hoy andaba de buen humor, y hace poco había cobrado algo, así que me dije, ¿por qué no?

Tercera nota importante: Estaba muy sabroso el brownie. No provocaba compartirlo -no lo hice.

Ahora paso a la fase curiosa de la experiencia.

Durante el resto del día no cesé de buscar dulce donde quiera que fuese. A pesar de haberme acostumbrado a tomar café sin azúcar en la calle para poder sustraer -robar- las bolsitas de azúcar, no pude evitar utilizar una para endulzar un café que no lo requería. No contenta con eso, la vista de un pan con chocolate que un amigo (este ciudadano) estaba comiendo, me hacía agua la boca, me ponía inquieta y lograba que mi vista -de nuevo y con menos dinero que esa mañana- buscara desesperada algo de ¡dulce-dulce-dulce, loqueseaaaaaaaaaaa!

En el siglo XIX hubiese parado en un sanatorio.

Cuarta nota importante: Hacía mucho tiempo que esto no me sucedía. Ni mi barriga ni mi boca buscaban comer dulce a como de lugar desde mucho antes que se acabara el azúcar en mi casa; podía pasar impávida junto a los chocolates con sobreprecio que antes acostumbraba a comer a diario. No sentía ni cosquillas.

Y no quiero implicar, querido lector, que aquel brownie mañanero tuviese alguna droga. En lo absoluto. Pero sí admito que estaba dulcísimo. De hecho, eso fue una de las razones que hicieron que lo devorara en menos de dos minutos (eso y que llamaban ¡Los Teques! ¡Los Teques! ¡Pasaje en mano! desde la puerta de embarque).

Hay un gran movimiento de información que busca crear conciencia en las personas acerca de disminuir el consumo de azúcares refinados en la dieta diaria. No voy a ahondar, no soy dietista, nutricionista ni nada parecido -y, francamente, no tengo moral tampoco. Leí un artículo interesante aquí, lo comparto para quien se sienta interesado en el asunto.

Hubo una época durante mi infancia en la cual tomaba dos refrescos de lata diarios. Luego vino otra marcada por desayunos de chocolate, nescafé y cigarrillos. Finalmente llegó una larga época de gastritis que marcó el cambio que mi pobre y golpeado metabolismo necesitaba.

Quinta y última nota importante: Del pasado reciente agradezco profundamente dos cosas. La primera es que aprendí a valorar algo tan simple como una arepa con mantequilla y queso rallado. La segunda es que aprendí a distinguir entre el hambre y las ganas de comer -no es bueno dejar que se junten, no lo hagan. Complacer ganas de comer vacías es el equivalente de comprarle un perrito nuevo a tu hijo cada vez que se le muere el anterior por falta de cuidados, no va a terminar bien.

El azúcar de esta mañana aún me tiene el cerebro picado, traté de matar las ansias con una guayaba, y más o menos ha funcionado.

La opinión, finalmente, que quiero expresar es la siguiente: Me alegro mucho de que falte todo aquello que no es necesario, así nos damos cuenta y lo dejamos de extrañar.

17 julio, 2016

Ya está bueno ya.

Salgamos un rato de aquí ¿les parece?

Observemos desde la ventana del tren todos esos periódicos, revistas, comentarios que revisamos a lo largo del día, donde encontramos sólo tormentos; mira cómo se van alejando esas personas que toleramos a fuerza de mucho morder la propia lengua; siente cómo cambia el aire de olor, de textura, de grosor. Ya lo cotidiano quedó envuelto en la bruma de la distancia, ya no se distingue, ya no puede hacerte ruido.

Este tres va a llevarte donde quieres estar, donde sueñas cada día con estar.

Mientras esperas, cómodo, relajado, sin dolor de cabeza, sin cuentas por pagar, sin papeles por entregar, acompañado, si quieres, de tus seres queridos, o en solitario, como te sientas mejor; mientras esperas, descansa. Relaja los músculos, suelta la mandíbula, afloja el ceño, despierta la mirada.

El paisaje cambia cada tanto. Puedes observarlo, puedes tomar nota, puedes dibujarlo o tomar fotografías. Puedes conversar con otros pasajeros, puedes comer lo que te ofrecen en el kiosko. En el tren existe la cortesía de lo gratuito, existe la amabilidad de la distancia, existe el respeto del silencio.

Pronto se hará de noche y te asignarán un vagón para dormir; puedes estar sólo o acompañado; puedes ver películas o escuchar música. Las camas son grandes, son cómodas, son mullidas y suaves; el movimiento del tren te sirve de arrullo.

La mañana siguiente encontrarás un desayuno servido: puedes comer lo que quieras y cuanto quieras, no va a costarte más, nadie va a quedar fallo porque comas doble, el tren está preparado para que todos se sacien. Pronto podrás bajar, turistear un poco por los al rededores, darte un buen baño en la playa, mojarte los pies en el helado cauce de un río, respirar las neblinas de la montaña. Pronto podrás caminar descalzo sobre tierra firme, lavarte la cara en un lago cundido de cisnes, colgarte de las ramas de un árbol en compañía de monos y guacamayas.

Falta aún para llegar al destino. Mientras estés en el tren, todo va sobre ruedas. Por llegar, no te preocupes, te aseguramos que vas a hacerlo. Mientras tanto, relájate, suelta el ceño, baja los hombros, baja la guardia, disfruta el viaje.


10 julio, 2016

El Embarazo en Venezuela (Pt. 2)

Ahora veamos un ejemplo de venezolana que, a pie, no anda mucho.

Asumamos que tiene algunos meses de embarazo, suficientes para que la barriga comience a cambiar su centro de gravedad. Asumamos que está felizmente casada, trabaja, tiene carro y no hace cola, sino que su mamá o alguna tía le hace el favor, señora de servicio de por medio, de conseguirle los productos regulados en aquellos lugares donde la regulación no alcanza. Esa misma señora de servicio le lava la ropa -suya y de su esposo- en casa de la mamá. Como quien dice, preocupaciones tiene muy pocas.

Ella llega a su oficina en la mañana, vistiendo algo que la ayuda a sobrellevar con gracia su incipiente gravidez, pero aún con tacones. Mientras trabaja y toma un té verde escucha a las secretarias conversando con los motorizados conversando con los mensajeros conversando con los vigilantes conversando con las señoras de la limpieza... Durante todo el día, seis horas de trabajo y dos de almuerzo, el tema es el mismo: lo que subió de precio, lo que ya no hay, lo que ya no alcanza; que a una le mataron al sobrino, que a la otra se le murió la tía por falta de atención hospitalaria, que a la de allá no le han pagado la pensión y lleva dos semanas comiendo pura sopa. Si conversa con sus colegas, también se repite un mismo son: el precio del dólar, se le metieron en la casa al tío para robarlo, secuestraron al cuñado de este para cobrar rescate, pilas con la camioneta que las andan cazando, mosca cuando abra y cierre las rejas del edificio, mire bien al que tiene al lado que usted no sabe, no confíe en nadie y menos ahora que va a traer una vida al mundo -pobrecito, él no pidió nacer...

Total que se queda las últimas dos horas dentro de su cubículo, engullendo chocolates a escondidas. Si llama a su mamá, la cantaleta es la misma; si llama al esposo, va a contestarle la secretaria -mosquita muerta al mejor estilo de Venevisión- la mordida de los celos no va a dejarla en paz hasta que arme un lío por cualquier cosa. Revisa por enésima vez la lista de los colegios para el bebé, cuyo sexo desconoce aún, y recuerda que tiene entrevista el viernes a ver si ella, y por consiguiente el niño, es aceptado.

Suspira y decide irse temprano. Llega a su casa adelantada y aprovecha para darse un baño y embadurnarse en cremas antiestrías, antienvejecimiento, antiengorde, anti todo. El esposo llega cansado, se hecha a ver las noticias. Todo lo que escuchó en boca de chisme durante el día se repite en el monitor. Mientras prepara una cena sencilla aventura un pensamiento en voz alta, "¿amor, y si nos vamos del país?".

La casa se prende en candela, porque ella cree que la plata crece en los árboles, aunque él no la saca desde hace meses, pero es que la situación no está para andar saliendo, y ya que estamos tampoco la toca desde hace meses, y ya sale ella con el tema otra vez, tú como que tienes un jujú con la secretaria, a no, es que el embarazo la está volviendo loca... El marido se va de la casa molesto y la deja con la cena en la mesa, la palabra en la boca y un bebé retorciéndose de disgusto en su vientre.

Y si llama a la mamá va a decirle que así son los hombres, que lo deje quieto, ya verá como se le pasa. Y ella pensará, sin decirlo, y a mí ¿cuándo se me va a pasar?


09 julio, 2016

El Embarazo en Venezuela (Pt. 1)

No vengo a hablar sobre la dificultad de conseguir pañales ni a arengar sobre la escasez de leche. Me interesa comentar los efectos de ese sexto sentido, esas antenitas que se nos desarrollan a las mujeres cuando quedamos embarazadas, esa sensibilidad de espíritu, mente y materia que nos hace conocer lo incognoscible y presentir hasta lo más velado de la consciencia ajena.

(Y, antes de que lo pregunten; no, no estoy hablando de los ataques de celos aleatorios que inevitablemente cobrarán algunas victimas).

Consideremos a una Venezolana de a pie. Asumamos que es el día de su cédula para la compra de productos regulados; asumamos también que tiene algunos contactos estratégicos para no perder -o perder menos- tiempo. Ella sale ese día antes que amanezca, aprovechando que el fresquito de la madrugada y la soledad de las calles le hacen bien al ánimo, se consigue con sus primas en la esquina y agarra el bus vacío. Se quedan las tres en el hipermercado, ella feliz comentando la barriga y sus efectos, todas despliegan sus sillitas de aluminio y charlan hasta darle la bienvenida al sol. Correrán tres pacíficas horas de parloteo y fraternales enlaces; luego el sol comenzará a apretar, aunque ellas cargan parasoles el calor aumenta, al caldearse la calle se caldea la cola y, en algún momento previo al mediodía, revienta el primer disgusto. Si la cava no ha llegado, si no hay señales de que llegue, si amenaza el día con que la carga no llegue nunca, el disgusto pica y se extiende. Ella lo asume, tranquila porque está acompañada y porque sabe que con embarazadas nadie se mete, pero sí presiente con claridad que, si no abren la puerta pronto, si no hay señales aunque sea leves de abastecimiento del local, el disgusto se va a convertir en otra cosa, y hay otra gente que realmente no respeta nada.

Asumamos que, con el sol en lo más alto del cielo, llega la cava sin contratiempos y abastece el local. Ella, que está entre los cien primeros, entra sin empujones, consigue un paquete de pañales, una harina y un champú -asumamos que es un buen día. Se retira con sus primas y se toma una tizana. Sube en un autobús atiborrado de seres humanos a quienes tratan como cerdos camino al matadero (excepto que a los cerdos no les cobran), va de pie, el conductor va elevado en otras instancias del espíritu, o en otras instancias de la mente -o sea, en el camino no está su atención, sólo la necesaria para no chocar de frente contra algún objeto inanimado. La música va alta, el sudor gotea que gotea, brazo contra brazo, camisetas empapadas, vaporones de alientos con hambre, y ella que todo lo ve y lo escucha aunque nadie le diga nada, ella que sabe el cansancio que traen todos porque se parece al suyo, ella que conoce el azoramiento del conductor y no le transmite ningún buen sentimiento, ella que sabe, porque lo ha visto, que así se muere la gente, por altas velocidades y malos temperamentos, ella que sabe que, en el peor de los casos, perdería una vida que le importa más -seamos sinceros- que la de cualquier otra persona en ese autobús. Respira para desacelerar el corazón, que no ha comido y una tizana poco espacio ocupa en el estómago. Por lo menos sabe que, si se desmaya, no caerá al piso, no hay suficiente espacio. Las bolsas pesan, las primas la ayudan, pero igual anda ensimismada, como ánima en pena buscando su tumba a las tres de la tarde, siente clarito las ondas de calor que emana el pavimento, la acarician como lenguas de fuego. Al llegar -al fin- a la casa se consigue con su marido echado viendo televisión y tomando una cerveza, fresco, despreocupado, desconectado.

¿Se imaginan el desenlace?

Y después dicen que son los cachos la primera causa de divorcio en el país.




11 junio, 2016

Opinión Nº 2: ¿Qué Símbolos Patrios?

Antes de dar mi opinión (sí, otra, me gustó el asunto), haré eco de una mucho más ilustrada. A continuación un video de Renny Ottolina, a modo de preámbulo.


No fue sólo la mágica atracción de sus lentes. Yo no sabía nada de este señor antes de ver este video -aún no sé nada de este señor, pero no es sólo una buena voz, también es una buena mente-; al verlo dije, momento, párense todos, esto no es cualquier cosa.

No mucha gente habla de símbolos, recientemente se escucha el término "guerra simbólica" (explicación del término aquí: Guerra Simbólica según Fernando Buen Abad, para el que quiera profundizar). Hasta donde he entendido, y no soy ninguna luminaria, la guerra simbólica tiene que ver con los elementos, expresados con palabras en los medios de comunicación, que conforman la sociedad; ejemplo: "arbeit macht frei", grito de guerra número uno, que creó una sociedad basada en el trabajo; Deus, Patria e Familia, grito de guerra número dos, de Salazar de Oliveira en Portugal, parecido a muchos otros derechistas, que llevó a la sociedad hacia la espiritualidad católica y sus símbolos; en fin, valores primordiales que el Estado, en su calidad de garante de la seguridad -presente, futura, emocional, espiritual, alimentaria, todo pues, porque nosotros como que no nos podemos garantizar nada por nosotros mismos- promueve. No es un simple slogan, no es un "Yes, we can", es un mensaje repetitivo, constante, omnipresente, accionado por una maquinaria bien aceitada en pro del "progreso", sea lo que sea que eso signifique, acompañado por noticias que apoyan la necesidad del valor promovido (no hay comida, así que hay que sembrar, por ejemplo, y no hay medio de comunicación ni chismosa de barrio que te diga lo contrario).

Cuando Ottolina habla del valor simbólico del Bolívar, propone una campaña que lo acompañe en su ascenso a un nivel superior de uso de tan clave apellido. Estoy de acuerdo con todo lo que dice en este video. Cada vez que tengo que utilizar, por decir, quinientos Libertadores de la patria para pagar un chocolate medio derretido me da cierto remordimiento cultural, me imagino al pobre Bolívar multiplicado por quinientos, pequeños clones vivitos y coleando, en fila para ser canjeados por productos de primera, segunda o tercera necesidad; un cuarto especial en cada casa para guardar a los clones de Bolívar que vayas obteniendo con el sudor de tu frente.

El hecho es que Bolívar es el nombre de una persona, y no puedes cambiar a una persona por comida, ¿cierto? Ni por cigarrillos, ni por una entrada al cine- "Toma, te cambio a la tía Rosa por Avengers original en BluRay".

Bolívar es un símbolo, y se devalúa y se devalúa y se devalúa... Antes de arreglar la economía habría que hacerle caso a Ottolina, digo yo -no que nadie tenga que hacerme caso, claro, yo soy una retahíla de tinta electrónica en pantallas ajenas.

Pero la verdad es que este humilde artículo no comenzó por Bolívar, sino por otro símbolo primordial: La Bandera.


No hablo del tricolor nacional, sino del terminal de pasajeros, y de esto hablo porque me toca en lo profundo y lo cotidiano. No es una queja, sino una denuncia.

Supongo que no todo el mundo lo conoce -dichosos aquellos- sino por reportes de noticias en diciembre y semana santa, cuando La Bandera parece bollito mal amarrado. Allí llegan y de allí salen todos los autobuses de occidente a la capital.

¿Por qué hago eco de Renny Ottolina y lo lanzo en la misma ensalada que el Términal La Bandera?

Porque, quien lo ve, con el piso negro de grasa, lleno de vendedores ambulantes y loquitos que piden dinero y te lo devuelven porque es muy poco, o porque tú lo necesitas más; con cúmulos -no cubos- de basura mosqueada y húmeda en los rincones, con filas de gente que puede aguantar de pie en el sol todas las horas necesarias -porque no hay opción B para salir de Caracas-, con autobuseros que aman, adoran, desfallecen por la música a todo volúmen muy a pesar de los pasajeros...

Lo diré de manera menos poética: llamar a un Terminal de Pasajeros como un símbolo patrio equivale a ponerle una placa a la poceta con el nombre de tu mamá. Todos los días se pisotea a la Bandera, se le escupe encima, se la llena de basura, se la utiliza de plataforma para quitarle dinero de más a la gente... Y lo único que puedo hacer, en vez de quejarme con mi familia de que aquí no se puede, que aquí no hay cultura, que el problema con el Venezolano es equis... Es hacer eco de voces instruidas, a ver si ayudo a que se escuchen por allá, donde hay quien sí puede hacer algo.

Si no la quieren limpiar, si no quieren poner controles reales a los choferes que habilitan o se llevan viejitos de pie agarrados del techo y ensardinados entre las butacas, por lo menos cámbienle el nombre.