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13 agosto, 2016

Opinión N° 8: La Histeria y los Tabloides

Recaigo en las noticias como quien recae en las drogas. Son veneno que sólo se busca para que patee la lengua -el cerebro, el cuerpo entero- un rato y nos saque de un letargo ensordecedor.

Muy poético ¿no?

Si debo ser sincera, conmigo misma y con quien pueda leer esto allá afuera en el vasto mundo, debo reconocer que leo periódicos -digitales, claro- en busca del desastre, en busca de la semilla del caos que ha de explotar, según yo, a como de lugar.

¿Le sucede esto a alguien más? ¿O soy yo la única psicópata?

Me parece que leo noticias cuando estoy buscándole el talón a algún Aquiles en particular; cuando, con ánimos de destrucción, miro lo que me rodea, y no encuentro puntos débiles. Cualquier tabloide me va a dar la respuesta temporal que busco, uno que diga que el General Nosequién se pronunció en descontento, o que consiguieron al Diputado Cualquiercosa recibiendo dádivas bajo cuerda. Semillas de destrucción que, seamos de nuevo muy sinceros, no van a destruir nada -salvo nuestros nervios colectivos.

No vengan a decirme que, cuando están de mal humor, buscan leer el periódico para alegrarse.



En serio ¿alguien concuerda conmigo? ¿O tengo que culpar a las hormonas de unos desvaríos que saben a verdad pura?

En mi humilde opinión, el mundo es lo mismo que cuando comenzó, los hombres y mujeres somos los mismos, tenemos los mismos tumbaos, nos carcomen los mismos miedos, sólo que ahora somos más, muchísimos más, y el resuello mutuo nos causa un poco de histeria. Es decir, no hay noticia que no haya sido cuento viejo antes de nacer.

En momentos como hoy, cuando hay ganas de romper cosas, mejor salir al aire libre, poner unos cuantos metros cuadrados entre tú y todo lo demás. Mejor buscar la manera de respirar tranquilos el aire limpio -donde se pueda.

10 agosto, 2016

Opinión N° 7: El Miedo y Yo

Tuve una larga conversación, hace unos meses, con uno de mis hermanos. Está a punto de comenzar la universidad. Su rostro y sus gestos trajeron a mi memoria mi propia emocionada y ciega personita cuando, a los diecinueve años, me fui de la casa para conocer otros horizontes.

El punto culminante de la conversación entre mi hermano y yo fue una semilla de idea que quise plantar en su cerebro, y ojalá lo haya logrado. Le dije: tienes dos opciones, tienes fe en dios o tienes fe en ti mismo, pero debes tener fe en algo.

No sé a ciencia cierta si esa semilla germinó. Mi intención no era alejarlo del ateísmo ni convertirlo en un devoto espectador de milagros, sólo quería que aprendiera lo que es la fe. Hoy, meses después, me doy cuenta que tuve dos razones reales para hacerlo. La primera es la certeza de que, a lo largo de su vida, caerán noches lúgubres sobre su razonamiento, y no podrá ver luz al final del túnel –a todos nos pasa, ¿cierto? De lo contrario, no existirían los templos ni los sacerdotes ni los gurús ni los derviches ni la meditación. La segunda, más inconsciente, es que yo misma necesitaba conversar sobre la fe. No podía preguntarle a mi hermano ¿a quién le rezas tú?, porque me respondería que no cree en dios, y yo no sabría explicarle que eso no tiene nada que ver. No puedo preguntarle a mi madre a quién le reza, porque ella es Católica y yo llevo años trabajando en una profunda limpieza iconográfica mental, es decir, yo forjo mis propios ídolos. Algo me dice que, si le preguntara, su respuesta se parecería mucho a la mía.  

La fe tiene la propiedad de funcionar como una vela. 

Anoche sucedió algo muy particular. En la ciudad/pueblo donde vivo con mi pareja, mis muchos gatos, y mi bebé por nacer, hubo una ola de saqueos. Comenzó a las once de la noche del día anterior, se escuchaba revuelo mas no desorden. 

Luego, durante el día, pude observar algunas turbas corriendo hacia camiones cargados de huevos o de pollo, la policía y la guardia nacional rondaban las calles tratando de dispersar a los grupos violentos, seguí de cerca las noticias sobre galpones y panaderías asoladas por grandes grupos de gente, ya no personas sino masas ¿enardecidas? ¿enaltecidas? ¿azuzadas? ¿organizadas? Creo que no lo sabré jamás.

El hecho es que el día pasó lento y tenso por la ventana. Cada quien se había encerrado en su casa antes del anochecer. No se escuchó nada más en las noticias. A eso de las diez, mientras me preparaba una avena, tuve que bajar el volumen de la música porque escuchaba ruidos inconexos desde afuera. Voces, gritos, disparos bajando por las calles como un río. A pesar de haber estado entre paredes, con las puertas bajo llave, con las ventanas cerradas, las luces exteriores apagadas; a pesar de haber estado en un “sitio seguro” sentí un miedo nuevo, recién sacado del paquete.

Durante mis años de universidad participé en distintos eventos políticos, más por curiosidad que por afinidad, debo admitir –aún hoy no siento afinidad por ningún bando político, así como no la siento por ningún grupo religioso. Más de una vez estuve expuesta a un peligro más o menos controlado, compuesto por gas lacrimógeno, perdigones, gente desaforada en las calles, todo coronado por una falta de sentido de auto preservación. Descubrí que cuando los padres le dicen a uno “cuídate”, realmente lo piden, casi que lo imploran, porque saben que uno no está muy claro en lo que eso significa.

Anoche, sentada en una improvisada butaca dentro de mi cocina, esperando que cesaran los tiros, aprendí una o dos cosas sobre la auto preservación que mis años de correrías callejeras no pudieron nunca enseñarme: uno no teme por sí, sino por lo que ama. La fe, esa velita, no está, sino que se enciende cuando hace falta. La fe en mi misma, en ese momento, no iba a salvar ni a mi pareja ni a mi bebé en caso de que alguien quisiera, por el motivo que fuese, hacernos daño.

Tras mucho hablar, mucho moverme, mucho comer avena –sin azúcar- compulsivamente hasta que, una hora y pico después, cesaron los gritos, entendí por qué la primera lección que mi madre decidió darme fue el rezo. A la hora de la chiquita, como diría ella misma, es lo único que se puede hacer: rezar para que no pase nada malo.

Mi hermano no vive aquí, él no sabe lo que es ni un atraco ni un saqueo; él va a la universidad en un país con otros bemoles –todos los tienen. Sólo quisiera que, a la hora de la chiquita, elija siempre auto preservación y nunca el pánico.

¿A quién le rezo yo? Eso no es problema de nadie.

¿A quién le rezas tú? Es una pregunta irrelevante.


Anoche aprendí a encender velas por alguien distinto a mí. Me quedan algunos meses para terminar de comprender lo que eso significa. Por ahora entiendo que no es cobardía, como lo llamaba antes, sino sensatez.     

Otra cosa que descubrí anoche, y quizá no sea la última, es que, si no hubiese sentido miedo, hubiese salido a la calle a ver más de cerca. 

No sé qué extraer de eso.

30 julio, 2016

Opinión N° 6: ¡A-zú-car!

Me pasó algo curioso hoy.

No que a nadie le importe, pero igual lo cuento, por si a alguien le suena interesante.

Una pista: No tiene nada que ver con Celia Cruz.



Sucedió que me encontraba en un terminal de autobuses del interior, a eso de las ocho de la mañana. Mi pareja (este ciudadano) y yo nos habíamos llevado un desayuno abundante y delicioso cuyas particularidades me ahorraré (porque si comienzo a escribir sobre comida me dará hambre y, pues... no quiero). Al terminar de comer, mis ojos buscaron instintivamente entre las chucherías del kiosko, buscando algo que apeteciera a mi paladar.

Primera nota importante: Hambre, lo que se llama hambre, no tenía. (ver el artículo de antier sobre algo parecido, pero no igual).

Finalmente mis ojos encontraron algo: Brownies. Y con punto de venta disponible. La gloria, pues, o algo muy parecido a ella.

Me acerqué como quien no quiere la cosa y pregunté "señora, ¿a cuánto los brownies?". Ella respondió, "550".

Rápido cálculo mental, seguido por recolección de memorias recientes sobre precios de cosas dulces, otro rápido cálculo mental. "Deme uno" concluí.

Segunda nota importante: Hace más o menos un mes que mi pareja y yo tomamos -robamos- las bolsitas de azúcar de cualquier panadería donde caigamos buscando café con leche porque se nos acabo el azúcar de la casa y, pues, no conseguimos (se agradece no juzgar). Eso quiere decir que, desde hace más o menos un mes, no bebo ni como nada que contenga azúcar refinada. Los precios de tortas, bizcochos, galletas, polvorosas, golfeados y afines, por el momento, son prohibitivos para mi bolsillo, así que nada, café con miel en mi casa, o café sin nada, punto, no se admiten quejas.

Pero hoy andaba de buen humor, y hace poco había cobrado algo, así que me dije, ¿por qué no?

Tercera nota importante: Estaba muy sabroso el brownie. No provocaba compartirlo -no lo hice.

Ahora paso a la fase curiosa de la experiencia.

Durante el resto del día no cesé de buscar dulce donde quiera que fuese. A pesar de haberme acostumbrado a tomar café sin azúcar en la calle para poder sustraer -robar- las bolsitas de azúcar, no pude evitar utilizar una para endulzar un café que no lo requería. No contenta con eso, la vista de un pan con chocolate que un amigo (este ciudadano) estaba comiendo, me hacía agua la boca, me ponía inquieta y lograba que mi vista -de nuevo y con menos dinero que esa mañana- buscara desesperada algo de ¡dulce-dulce-dulce, loqueseaaaaaaaaaaa!

En el siglo XIX hubiese parado en un sanatorio.

Cuarta nota importante: Hacía mucho tiempo que esto no me sucedía. Ni mi barriga ni mi boca buscaban comer dulce a como de lugar desde mucho antes que se acabara el azúcar en mi casa; podía pasar impávida junto a los chocolates con sobreprecio que antes acostumbraba a comer a diario. No sentía ni cosquillas.

Y no quiero implicar, querido lector, que aquel brownie mañanero tuviese alguna droga. En lo absoluto. Pero sí admito que estaba dulcísimo. De hecho, eso fue una de las razones que hicieron que lo devorara en menos de dos minutos (eso y que llamaban ¡Los Teques! ¡Los Teques! ¡Pasaje en mano! desde la puerta de embarque).

Hay un gran movimiento de información que busca crear conciencia en las personas acerca de disminuir el consumo de azúcares refinados en la dieta diaria. No voy a ahondar, no soy dietista, nutricionista ni nada parecido -y, francamente, no tengo moral tampoco. Leí un artículo interesante aquí, lo comparto para quien se sienta interesado en el asunto.

Hubo una época durante mi infancia en la cual tomaba dos refrescos de lata diarios. Luego vino otra marcada por desayunos de chocolate, nescafé y cigarrillos. Finalmente llegó una larga época de gastritis que marcó el cambio que mi pobre y golpeado metabolismo necesitaba.

Quinta y última nota importante: Del pasado reciente agradezco profundamente dos cosas. La primera es que aprendí a valorar algo tan simple como una arepa con mantequilla y queso rallado. La segunda es que aprendí a distinguir entre el hambre y las ganas de comer -no es bueno dejar que se junten, no lo hagan. Complacer ganas de comer vacías es el equivalente de comprarle un perrito nuevo a tu hijo cada vez que se le muere el anterior por falta de cuidados, no va a terminar bien.

El azúcar de esta mañana aún me tiene el cerebro picado, traté de matar las ansias con una guayaba, y más o menos ha funcionado.

La opinión, finalmente, que quiero expresar es la siguiente: Me alegro mucho de que falte todo aquello que no es necesario, así nos damos cuenta y lo dejamos de extrañar.

17 julio, 2016

Ya está bueno ya.

Salgamos un rato de aquí ¿les parece?

Observemos desde la ventana del tren todos esos periódicos, revistas, comentarios que revisamos a lo largo del día, donde encontramos sólo tormentos; mira cómo se van alejando esas personas que toleramos a fuerza de mucho morder la propia lengua; siente cómo cambia el aire de olor, de textura, de grosor. Ya lo cotidiano quedó envuelto en la bruma de la distancia, ya no se distingue, ya no puede hacerte ruido.

Este tres va a llevarte donde quieres estar, donde sueñas cada día con estar.

Mientras esperas, cómodo, relajado, sin dolor de cabeza, sin cuentas por pagar, sin papeles por entregar, acompañado, si quieres, de tus seres queridos, o en solitario, como te sientas mejor; mientras esperas, descansa. Relaja los músculos, suelta la mandíbula, afloja el ceño, despierta la mirada.

El paisaje cambia cada tanto. Puedes observarlo, puedes tomar nota, puedes dibujarlo o tomar fotografías. Puedes conversar con otros pasajeros, puedes comer lo que te ofrecen en el kiosko. En el tren existe la cortesía de lo gratuito, existe la amabilidad de la distancia, existe el respeto del silencio.

Pronto se hará de noche y te asignarán un vagón para dormir; puedes estar sólo o acompañado; puedes ver películas o escuchar música. Las camas son grandes, son cómodas, son mullidas y suaves; el movimiento del tren te sirve de arrullo.

La mañana siguiente encontrarás un desayuno servido: puedes comer lo que quieras y cuanto quieras, no va a costarte más, nadie va a quedar fallo porque comas doble, el tren está preparado para que todos se sacien. Pronto podrás bajar, turistear un poco por los al rededores, darte un buen baño en la playa, mojarte los pies en el helado cauce de un río, respirar las neblinas de la montaña. Pronto podrás caminar descalzo sobre tierra firme, lavarte la cara en un lago cundido de cisnes, colgarte de las ramas de un árbol en compañía de monos y guacamayas.

Falta aún para llegar al destino. Mientras estés en el tren, todo va sobre ruedas. Por llegar, no te preocupes, te aseguramos que vas a hacerlo. Mientras tanto, relájate, suelta el ceño, baja los hombros, baja la guardia, disfruta el viaje.


12 julio, 2016

El Embarazo en Venezuela (Pt. 3)

También existen casos idílicos. Algo entre ir a pie y tener carro.

Digamos que ella está por la mitad del embarazo, ambos trabajan, pero a ella está comenzando a pesarle la barriga y el ánimo. No alcanza para comprar productos regulados en sitios sin cola, tampoco alcanza la paciencia para hacer doce horas de cola sin seguridad del resultado. Ambos van juntos al mercado y compran lo que alcance.

Por la noche, mientras él pone la ropa en remojo, ella cocina algunos vegetales y tuesta el pan. Le canta una canción alegre al ser que le habita la panza, que se mueve como un pescado. Ignora -ella, el bebé no conoce el concepto de ignorar- el hecho de que la comida no le va a quitar el hambre, hace caso omiso de que mañana va a estar ahí, igualita, pero el dinero va a ser menos; se contenta con tratar a la Paciencia como íntimas amigas, cantar y esperar.

A veces el mundo ayuda. A veces el mundo estorba. Siempre hay que saber esperar.

09 julio, 2016

El Embarazo en Venezuela (Pt. 1)

No vengo a hablar sobre la dificultad de conseguir pañales ni a arengar sobre la escasez de leche. Me interesa comentar los efectos de ese sexto sentido, esas antenitas que se nos desarrollan a las mujeres cuando quedamos embarazadas, esa sensibilidad de espíritu, mente y materia que nos hace conocer lo incognoscible y presentir hasta lo más velado de la consciencia ajena.

(Y, antes de que lo pregunten; no, no estoy hablando de los ataques de celos aleatorios que inevitablemente cobrarán algunas victimas).

Consideremos a una Venezolana de a pie. Asumamos que es el día de su cédula para la compra de productos regulados; asumamos también que tiene algunos contactos estratégicos para no perder -o perder menos- tiempo. Ella sale ese día antes que amanezca, aprovechando que el fresquito de la madrugada y la soledad de las calles le hacen bien al ánimo, se consigue con sus primas en la esquina y agarra el bus vacío. Se quedan las tres en el hipermercado, ella feliz comentando la barriga y sus efectos, todas despliegan sus sillitas de aluminio y charlan hasta darle la bienvenida al sol. Correrán tres pacíficas horas de parloteo y fraternales enlaces; luego el sol comenzará a apretar, aunque ellas cargan parasoles el calor aumenta, al caldearse la calle se caldea la cola y, en algún momento previo al mediodía, revienta el primer disgusto. Si la cava no ha llegado, si no hay señales de que llegue, si amenaza el día con que la carga no llegue nunca, el disgusto pica y se extiende. Ella lo asume, tranquila porque está acompañada y porque sabe que con embarazadas nadie se mete, pero sí presiente con claridad que, si no abren la puerta pronto, si no hay señales aunque sea leves de abastecimiento del local, el disgusto se va a convertir en otra cosa, y hay otra gente que realmente no respeta nada.

Asumamos que, con el sol en lo más alto del cielo, llega la cava sin contratiempos y abastece el local. Ella, que está entre los cien primeros, entra sin empujones, consigue un paquete de pañales, una harina y un champú -asumamos que es un buen día. Se retira con sus primas y se toma una tizana. Sube en un autobús atiborrado de seres humanos a quienes tratan como cerdos camino al matadero (excepto que a los cerdos no les cobran), va de pie, el conductor va elevado en otras instancias del espíritu, o en otras instancias de la mente -o sea, en el camino no está su atención, sólo la necesaria para no chocar de frente contra algún objeto inanimado. La música va alta, el sudor gotea que gotea, brazo contra brazo, camisetas empapadas, vaporones de alientos con hambre, y ella que todo lo ve y lo escucha aunque nadie le diga nada, ella que sabe el cansancio que traen todos porque se parece al suyo, ella que conoce el azoramiento del conductor y no le transmite ningún buen sentimiento, ella que sabe, porque lo ha visto, que así se muere la gente, por altas velocidades y malos temperamentos, ella que sabe que, en el peor de los casos, perdería una vida que le importa más -seamos sinceros- que la de cualquier otra persona en ese autobús. Respira para desacelerar el corazón, que no ha comido y una tizana poco espacio ocupa en el estómago. Por lo menos sabe que, si se desmaya, no caerá al piso, no hay suficiente espacio. Las bolsas pesan, las primas la ayudan, pero igual anda ensimismada, como ánima en pena buscando su tumba a las tres de la tarde, siente clarito las ondas de calor que emana el pavimento, la acarician como lenguas de fuego. Al llegar -al fin- a la casa se consigue con su marido echado viendo televisión y tomando una cerveza, fresco, despreocupado, desconectado.

¿Se imaginan el desenlace?

Y después dicen que son los cachos la primera causa de divorcio en el país.




11 junio, 2016

Opinión Nº 2: ¿Qué Símbolos Patrios?

Antes de dar mi opinión (sí, otra, me gustó el asunto), haré eco de una mucho más ilustrada. A continuación un video de Renny Ottolina, a modo de preámbulo.


No fue sólo la mágica atracción de sus lentes. Yo no sabía nada de este señor antes de ver este video -aún no sé nada de este señor, pero no es sólo una buena voz, también es una buena mente-; al verlo dije, momento, párense todos, esto no es cualquier cosa.

No mucha gente habla de símbolos, recientemente se escucha el término "guerra simbólica" (explicación del término aquí: Guerra Simbólica según Fernando Buen Abad, para el que quiera profundizar). Hasta donde he entendido, y no soy ninguna luminaria, la guerra simbólica tiene que ver con los elementos, expresados con palabras en los medios de comunicación, que conforman la sociedad; ejemplo: "arbeit macht frei", grito de guerra número uno, que creó una sociedad basada en el trabajo; Deus, Patria e Familia, grito de guerra número dos, de Salazar de Oliveira en Portugal, parecido a muchos otros derechistas, que llevó a la sociedad hacia la espiritualidad católica y sus símbolos; en fin, valores primordiales que el Estado, en su calidad de garante de la seguridad -presente, futura, emocional, espiritual, alimentaria, todo pues, porque nosotros como que no nos podemos garantizar nada por nosotros mismos- promueve. No es un simple slogan, no es un "Yes, we can", es un mensaje repetitivo, constante, omnipresente, accionado por una maquinaria bien aceitada en pro del "progreso", sea lo que sea que eso signifique, acompañado por noticias que apoyan la necesidad del valor promovido (no hay comida, así que hay que sembrar, por ejemplo, y no hay medio de comunicación ni chismosa de barrio que te diga lo contrario).

Cuando Ottolina habla del valor simbólico del Bolívar, propone una campaña que lo acompañe en su ascenso a un nivel superior de uso de tan clave apellido. Estoy de acuerdo con todo lo que dice en este video. Cada vez que tengo que utilizar, por decir, quinientos Libertadores de la patria para pagar un chocolate medio derretido me da cierto remordimiento cultural, me imagino al pobre Bolívar multiplicado por quinientos, pequeños clones vivitos y coleando, en fila para ser canjeados por productos de primera, segunda o tercera necesidad; un cuarto especial en cada casa para guardar a los clones de Bolívar que vayas obteniendo con el sudor de tu frente.

El hecho es que Bolívar es el nombre de una persona, y no puedes cambiar a una persona por comida, ¿cierto? Ni por cigarrillos, ni por una entrada al cine- "Toma, te cambio a la tía Rosa por Avengers original en BluRay".

Bolívar es un símbolo, y se devalúa y se devalúa y se devalúa... Antes de arreglar la economía habría que hacerle caso a Ottolina, digo yo -no que nadie tenga que hacerme caso, claro, yo soy una retahíla de tinta electrónica en pantallas ajenas.

Pero la verdad es que este humilde artículo no comenzó por Bolívar, sino por otro símbolo primordial: La Bandera.


No hablo del tricolor nacional, sino del terminal de pasajeros, y de esto hablo porque me toca en lo profundo y lo cotidiano. No es una queja, sino una denuncia.

Supongo que no todo el mundo lo conoce -dichosos aquellos- sino por reportes de noticias en diciembre y semana santa, cuando La Bandera parece bollito mal amarrado. Allí llegan y de allí salen todos los autobuses de occidente a la capital.

¿Por qué hago eco de Renny Ottolina y lo lanzo en la misma ensalada que el Términal La Bandera?

Porque, quien lo ve, con el piso negro de grasa, lleno de vendedores ambulantes y loquitos que piden dinero y te lo devuelven porque es muy poco, o porque tú lo necesitas más; con cúmulos -no cubos- de basura mosqueada y húmeda en los rincones, con filas de gente que puede aguantar de pie en el sol todas las horas necesarias -porque no hay opción B para salir de Caracas-, con autobuseros que aman, adoran, desfallecen por la música a todo volúmen muy a pesar de los pasajeros...

Lo diré de manera menos poética: llamar a un Terminal de Pasajeros como un símbolo patrio equivale a ponerle una placa a la poceta con el nombre de tu mamá. Todos los días se pisotea a la Bandera, se le escupe encima, se la llena de basura, se la utiliza de plataforma para quitarle dinero de más a la gente... Y lo único que puedo hacer, en vez de quejarme con mi familia de que aquí no se puede, que aquí no hay cultura, que el problema con el Venezolano es equis... Es hacer eco de voces instruidas, a ver si ayudo a que se escuchen por allá, donde hay quien sí puede hacer algo.

Si no la quieren limpiar, si no quieren poner controles reales a los choferes que habilitan o se llevan viejitos de pie agarrados del techo y ensardinados entre las butacas, por lo menos cámbienle el nombre.

Opinión N°1 : No me Importa (y a ustedes tampoco)

Confieso que esto de compartir me resulta muy difícil. Desde una galleta hasta mis opiniones, temo quedar corta o con hambre porque conozco bien mi -muy humana- voracidad.

Un día leí una de estas frases espirituales de Rumi, Osho, Dalai Lama o quien sea; parafraseando, decía algo como "utilizar tu fuego para encender la vela de otro, no lo disminuye, sino que aumenta la luz" (muy muy libre parafraseo, pero en esencia, eso es).

Ese pensamiento no se aplica para galletas, pero para opiniones se me ocurre que sí. Hace muchas lunas que escribí la primera entrada de este blog, y también las sucesivas, la verdad es que no sé si opino igual que entonces, o si mi manera de ver las cosas -el punto de encaje- ha cambiado lo suficiente como para tener que borrar esas entradas y pretender que nunca existieron (como el resto de los pasados indeseables que nos esforzamos tanto TANTO en esconder hasta de nosotros mismos). La verdad es que, a parte de egoísta con las galletas, soy un poco floja con eso de barrer bajo la alfombra -si anda alguien mirando bajo mis alfombras, le pasa por metiche el encontrar tanto sucio.

En fin, que quiero intentar eso de compartir luces, por un lado porque me mantiene las manos ocupadas y la culpa por no ser una prolifiquísima -ajá- escritora, en el mínimo; por la otra porque... ¿por qué no? Hay gente mucho más irresponsable allá afuera, publicando pensamientos muchísimo más incendiarios -o de plano más horribles e inhumanos.

Así que, ¿por qué no?

Mis ficciones están en otro lado, en otras páginas, en cuadernos, en hojas sueltas, pero sobretodo en mi cabeza, lentamente digiriéndose. Descubrí que escribir ficción es como tragarse una gema y  translucirla por los poros. Yo soy una persona de velocidades vertiginosas -vertiginosas velocidades-, no cultivo una paciencia acorde a la ficción en blogs, rápido, certero, como lanzar dardos en un bar. Mis cuentos son de lento digerir.

Una de las cosas que me frena a la hora de opinar es el qué dirán (¡JÁ! Como si alguien conocido me leyera). Por ejemplo, opinaría que estoy harta de las noticias. No tengo televisión, no quiero tener televisión, no compro periódicos, no leo los periódicos que circulan gratis, no uso Facebook, no sigo a nadie en Instagram que hable de noticias, actualidades, política ni amarguras afines. Me repele el asunto. Admito que, cada vez que enciendo la laptop con la intención de hacer algo útil con mi existencia, termino en uno de tres portales de noticias, o en los tres si el trabajo por hacer es largo, por puro gusto de no empezar lo que debo empezar (qué animales raros que somos los humanos. Los gatos no se lamen las patas cuando lo que quieren es cazar y tienen a la presa al punto). Usaré el blog para no ver noticias.

Así que, resumiendo, opinión número Uno: La "situación actual del país", como todo el mundo la llama, es sólo eso, el PRESENTE, un tiempo verbal, maravilla de maravillas, que tiene a todo el mundo de cabeza. No me importa si la gente está en paz con su pasado, o tiene el futuro asegurado, si te molesta el presente estás mal,  muy mal, porque ese es el único tiempo verbal en el que las cosas se hacen. Hacia atrás se recuerdan, hacia adelante se planean, pero hacer hacer, eso es ya. Las noticias de "la situación actual del país" cambian según quien las dice, según el cuentacuentos, mercader, detrás de los encabezados, que bastante ficción mezclan con la supuesta crónica, y aderezan con verbos en condicional que nadie entiende, lo que hacen es confundir. El que quiera saber la "situación actual del país" que salga a la calle y mire al rededor. Si no están robando a nadie, respire, todo está bien. Si ninguno de sus vecinos está en los huesos, pasando hambre, pidiendo dinero con la mano extendida, respire, todo está bien. Si en su cocina hay comida, respire, vivirá un día más.

Resulta que esa es la "situación actual", lo que está sucediendo aquí y ahora con usted, con sus seres queridos, con sus vecinos. Poco debería interesarnos una debacle económica que no podemos solucionar; la política está, siempre ha estado y estará siempre (para ella siempre es presente) plagada de información falsa, de promesas falsas, de lenguas viperinas, de dobles intenciones. Parte de la razón por la cual nos aguantamos actitudes que tildamos de atropello, es porque nos las vemos venir, claritas como agua de río, nos conocemos bien. Quien no lo sepa, no pasó por elecciones de delegado de salón en bachillerato si quiera. ¿Para qué amargarse por situaciones fuera de tu control, cuando puedes reír de los amargados?


¿Que estamos mal como colectivo? Mucho.

¿Quejarse y amargarse ayuda? Para nada. Ya que no estamos en posición de solucionar la situación macro, aunque sea (manquesea) no dañes tu situación micro. No llenes los oídos de tu familia con insultos impotentes lanzados hacia gente que no está ahí. No ordenes la economía nacional desde tu sofá, nadie te está preguntando. No destruyas si no tienes la intención y los medios para construir sobre las ruinas.

Mucho ayuda el que poco estorba. Si quiere ser útil, menos quejas y mejor ejemplo.

Y bien, aquí una de esas opiniones mías que cuesta compartir, una lucecita que ojalá prenda un candelero, para que dejemos de quejarnos y de irnos, y comencemos a mover el trasero aquí, en casa, desde el principio.

04 enero, 2014

Sobre Feminismo

Por D. Salazar

La primera prueba de que el feminismo, como inclinación socio-político-activista, no vale mucho, es que no se puede decir algo como esto sin molestar a alguien.

Hermético ¿no?

Me explico.

Es difícil escribir sobre la homosexualidad sin declararse a favor o en contra. Es igual de difícil hablar de las drogas, del aborto o de la eutanasia sin hacer lo mismo. Sucede con todos los temas tabú. Cuando uno se declara a favor o en contra de algo, inevitablemente va a haber alguien –a veces mucha gente- que se declare a favor o en contra de ti. Y luego habrá disturbios en tu ciudad, los vecinos te querrán fuera del edificio porque las turbas enardecidas no los dejan ver la novela…

La diferencia es que ni la homosexualidad, ni las drogas, ni el aborto, ni la eutanasia son inclinaciones socio-político-activistas.

Cuando se trabaja para impulsar un proyecto, léase, el feminismo, es importante convencer, no condenar. Por lo tanto, si alguien sale por la calle diciendo que el feminismo no vale mucho no deberían tirarle piedras, ¿a que no? –dice la autora con cara de no romper un plato- más bien deberían llevarse a esa persona a tomar un café y contarle sobre las bondades de su inclinación.

El feminismo suele condenar a otros, tildándolos de machistas aferrados al sistema patriarcal que mantiene a las mujeres bajo el férreo yugo de cualquier cosa… Para que no te condenen, tienes que acompañarlos en su condena o, en el mejor de los casos, mantener una distancia prudencial.

Muy medieval y todo.

Las condenas son para los jueces. Los jueces son seres sobrehumanos e imparciales que no pueden tomar parte en las actividades que juzgan.

Probablemente dirán “bueno, pero no todos los activistas del feminismo son así, no puedes condenar una inclinación por las taras de quienes la apoyan… A fin de cuentas no eres juez”. Y tendrán razón.

Pero…

La segunda prueba de que el feminismo no vale mucho como activismo es que se desvía de la razón principal de su existencia.

Me explico.

El feminismo nace como propuesta de liberación femenina, principalmente buscando igualdad en derechos sociales y políticos, tratando de restituir la dignidad femenina, perdida desde los tiempos del oscurantismo católico apostólico.

Se aplaude sin duda.

Ahora, desde que las mujeres conseguimos igualdad social la lucha de los feministas se ha trastocado y a veces pareciera buscar escandalizar o poner a la mujer por encima del hombre.

Tampoco es la idea.

Yo soy persona. La cualidad de ser hombre o mujer es, en primer lugar, independiente de mi voluntad; y, en segundo lugar, no es ni malo ni bueno, sólo es.

Como personas todos tenemos igual dignidad. Todos los derechos, deberes, estatus político-cívico-militares que existen en el planeta están basados sobre la dignidad de ser persona, no sobre lo bonito que se ve el uniforme sobre mi cuerpo o el cargo frente a mi apellido en un carnet.

Es decir, buscar diferenciar al hombre y la mujer, a estas alturas del partido, no tiene sentido. Buscar decir que “las mujeres tienen derecho a…”, sí, está muy bien, pero somos las personas las que tenemos derecho a. Se puede estudiar lo que nos hace distintos para después contar los chistes malos de tu preferencia, pero no se puede diferenciar para hacernos parecer unos mejores que los otros.

Todos somos inevitablemente iguales.

Ahora veo fuera de la ventana a un grupo de activistas mujeres en topless haciendo escándalo y gritando “¡Retrógrada! ¡¿Qué pasa con las mutilaciones de clítoris y los matrimonios arreglados y los abortos y las violaciones?!”.

Y yo, calmada, les invito a tomar un café y les explico que, por supuesto, hay gente que hace cosas horribles, y deberían dejar de hacerlas; pero yo, pequeña persona en el mundo, creo que la respuesta no está en quemar sostenes a favor del feminismo, sino en entender la igualdad.

Ya por el segundo café les explicaría que la tercera razón por la que me parece que el feminismo no tiene punto es que las reglas sociales son siempre autoimpuestas.

Aprovechando el silencio que crea la frase dejada al aire, les diría que la cultura, con el paso de los años, bañada por filosofía y religión, ha creado las reglas por las cuales nos desenvolvemos.

Ejemplo: si las mujeres de medio oriente usan velo es porque su evolución social así lo ha dictaminado. Esa evolución social está basada en innumerables factores que se escapan de todo control. En otras palabras, si las mujeres de medio oriente usan velo es porque quieren usarlo.

Llegará el día, quizá, es posible, en el que se cansen de andar con la cara tapada, pero eso depende exclusivamente de ellas.

No puede imponerse valores de sociedades foráneas, sólo pueden irse absorbiendo poco a poco.

Es decir, las mujeres que usan velo verán a las occidentales y dirán “ay, qué bonitas se ven todas con sus caras destapadas, ¡yo también quiero!” y así, a la capitalista, absorberán una nueva costumbre, distinta de las anteriores. Algunas dejarán de utilizar el velo, otras lo seguirán usando, y todas hablarán mal las unas de las otras, y aprenderán a convivir con sus diferencias.

Condenar a una mujer de retrógrada y subyugada por utilizar un velo, por no querer abortar tras haber sufrido una violación, por permitir que a su hija la mutilen como sucedió con ella, no es la respuesta.

No somos jueces, sino gente convencida de que las personas son, en primer lugar, personas, y como tal somos todos, inevitablemente, iguales.

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D. Salazar

Estás trabajando con niños. Todos son más o menos iguales, unas personitas lindas, cómicas y bulliciosas. Algunos llaman más tu atención que otros, entre ellos una niña de unos cinco años, de pelo oscuro y ojos azules, delgada y de altura promedio. Le ofreces un dulce y ella te da las gracias con mirada huidiza, notas que su mirada es triste, no es propia de un niño común.

Cuando llega la hora de que busquen a los niños, te fijas en la cara de los adultos por seguridad. La mayoría de ellos son señoras en ropa de hacer diligencias, hay dos señoras de servicio y algunos padres con traje de oficina.

Notas que a la niña de los ojos tristones la va a buscar su papá, que es un hombre joven y bien parecido. Se despide de tu compañera de trabajo con cordialidad y se lleva a su hija cargada sobre el brazo izquierdo.

Tu compañera de trabajo te dice en voz baja que esa niña le da mucha lástima. Que le pasó algo horrible. Una mañana el papá la despertó para ir al colegio y se fue a trabajar. Ella se quedó esperando a que su mamá fuera al cuarto a vestirla y luego le diera el desayuno. Pero la mamá se estaba tardando mucho, así que la fue a buscar al cuarto, donde la encontró acostada aún. La niña intentó despertarla pero no pudo, así que se quedó acostada a su lado esperando que despertara. Cuando el papá volvió del trabajo por la tarde, la niña seguía ahí. La mamá había muerto por un accidente cerebro vascular.

Lo primero que piensas es “no necesitaba saber esto”.

¿Y qué haces con eso?

Pues lo escribes a ver si le das sentido, o por lo menos te lo sacas del sistema.

La tragedia humana, aunque la veamos todos los días en la televisión, no la conseguimos muy seguido en nuestro rodar, caminar o volar por la vida. No sabemos lo agradecidos que estamos de no ser parte de ella hasta que nos la tropezamos. El hecho de que sea una niña el personaje principal de este cuento lo hace terriblemente peor.

Si hubieras visto esta historia en una película, o la hubieses leído en el periódico, te habrías curado en salud detrás del velo de la ficción. La realidad nunca es tan fea como la ficción, piensas. Pero eso no es necesariamente cierto.

La delgada línea que separa la ficción de la realidad es la cercanía. Mientras más de cerca te toca un evento, mientras su fuente sea más fidedigna, estás más o menos convencido de su veracidad. Tocar la mano de un mendigo sucio y enfermo de la piel es diez mil veces más intenso que ver al mismo mendigo a diez metros de distancia. Pasar caminando al lado de un perro muerto es diez mil veces más intenso que pasarlo manejando por la autopista. Darle un caramelo a una niña que durmió junto al cadáver de su madre es un millón de veces más profundo que leer lo mismo en un libro. Eso, o somos unos alienados que sienten más empatía hacia lo que ve en la televisión que por lo que sucede en su entorno día a día; es decir, mientras más lejos más me importa.

Luego piensas “qué loco que me haya enterado de esto de esta manera”.

Las probabilidades de que te encuentres con una tragedia de primera mano, tan de cerca, son muy pocas. Sin embargo, te tocó, en todos los sentidos. De manera fortuita conociste a la niña, de manera involuntaria te enteraste de su historia. Y sientes que estabas mejor no conociéndola.

Sería incluso macabro pensar que este puede ser un cuento inventado. Su compañera de trabajo tendría que ser muy retorcida para inventarse algo tan doloroso. El padre de la niña tampoco podría haberse inventado una historia tan ruinosa y convertirla en rumor; ¿para qué? ¿Para parecer interesante? ¿Para encubrir una historia peor? Demasiado loco y demasiado desesperado.

Si el padre fuese un loco y un desesperado, piensas, su hija también tendría los ojos tristes, pero sería distinto.

Las emociones humanas siempre consiguen una forma de expresarse. Algunas personas se pintan el cabello rojo chupeta, otros se tatúan, otros se visten de manera particular, otros se compran un carro azul. Pero, cuando el ser humano aún no tiene las herramientas para expresarse, cuando está muy joven, las emociones se traslucen, inevitablemente, por la piel, con matices demasiado sutiles para expresarlos. Las emociones se expresan con extrema pureza. Los niños, generalmente, no saben mentir, a menos que lo hagan involuntariamente.

O sea que la niña de ojos tristes, con sus cinco años, ya tiene un cuento que contar. Aunque dé lástima que sea tan triste, los cuentos siempre son verdad.

Todos los Cuentos son Verdad .4

Por D. Salazar

Imagínate que te consigues conmigo en la calle. Estás en un sitio y me pides la cédula. Reconoces mi nombre por el internet y te da curiosidad. Tu curiosidad nace sólo de recordar mi nombre de algún lado. Te envalentonas y me preguntas sobre mí.

Te enteras que soy sólo una abogada. No digo más que eso.

Hay millones y millones de abogados en este mundo. Proliferan como puntitos oscuros sobre el mapa, indicando “aquí hay un abogado”. Quiero decir que es una profesión sumamente común, nada que llame la atención. No es “astrólogo” ni “ingeniero en diamantes”.

Sin embargo, conoces el nombre de esa persona común y has leído alguno de sus artículos, en los que menciona temas que no tienen nada que ver con el derecho.

Esto, piensas, podría restarme credibilidad como articulista, ya que estoy aseverando cosas sin un título que me califique para ello; es decir, estoy hablando, técnicamente, sin saber. No soy ninguna experta, en la escuela de derecho no enseñan sobre proyecciones junguianas, desviaciones conductuales, análisis de la personalidad ni redacción periodística.

Sin embargo, si me estoy tomando el tiempo de escribir estos artículos es porque algo en ellos se me hace interesante y digno de compartir. O eso, o soy una mente brillante y demente que asocia conceptos con recuerdos, escribe lo que resulte de la combinación y los publica en espera de que alguien diga “¡oh! ¡Es una genio!”.

La segunda, aunque técnicamente posible, es improbable (…).

Por mi tono de escritura y los términos que utilizo, te parece que estoy convencida, es decir, que considero cierto todo lo que digo.

Una de dos, o sé de lo que hablo, o no sé de lo que hablo.

Al final, decides que seguirás leyendo mis artículos, porque son muy buenos e interesantes, y estarás pendiente por si, al final, hay algo que no te cuadre. Mi cuento también debería ser verdad, ¿no?

Todos los Cuentos son Verdad .3

Por D. Salazar

Estás en hora pico en una zona turbulenta de la ciudad. Tienes que llegar a un sitio antes de que lo cierren y consideras que la forma más rápida de hacerlo es ir en taxi. Paras cualquier carro que pase cerca deseando con fervor que sea eficiente, te subes al asiento trasero sin siquiera preguntar. Dices a dónde vas y te quedas en tu asiento, con los músculos tensos y un ojo en la hora.

Inmediatamente notas algo distinto sobre el carro, sin saber exactamente qué es. El interior está tapizado de ocre viejo, la tela es acolchonada y suave, el tablero da la impresión de ser de madera oscura y la radio es de las que solo sintonizan am. Está impecable e impregnado del olor a ambientador de cereza. Hay una caja de cleenex en el espacio entre los asientos delanteros, perfectamente derecha.

De la caja de cleenex tu mirada vaga hacia la mano sobre la palanca sincrónica, la cual lleva un guante de cuero negro con varios broches de metal que cubre sólo la muñeca, dejando los dedos libres para maniobrar. Buscas la otra mano que descansa sobre el volante y corroboras que también está enguantada, en el trayecto te fijaste en el perfil del hombre.

Calculas que tendrá más de cincuenta, a juzgar por su piel ajada y caída. Su cabello está cortado milimétricamente y calvea en la coronilla. Se le ve recién afeitado. Luego notas por el retrovisor que lleva la mirada fija en el camino, no distrae la vista con anuncios, no la deja descansar sobre un transeúnte mientras el semáforo está en rojo, ni la ves desviada hacia su celular, el cual no ves por ningún lado. Lleva un breve bigote amarilloso y los labios bajo él están serenamente cerrados. Viste una guayabera beige y un pantalón verde botella. Su ropa, aunque vieja a juzgar por su color desvaído, está pulcramente planchada, todos los botones están en su sitio y las solapas de su camisa apuntan al lugar correcto.

A veces nos encontramos con personas particulares en nuestro rodar, caminar o volar por la vida, que nos cuentan todo sin decir una palabra. Nos llaman a leer entre líneas. Esas personas nos dejan pensando en ellas durante horas, meses e incluso años.

¿Y qué haces con eso?

Escribes un artículo a ver si puedes, analizando, entenderlas un poquito más.

Detallando al tipo, lo único que se puede ver es perfección. Normalmente las personas llevamos siempre algún detallito: una arruga, una factura con la marca de la suela de un zapato tirada en la alfombra del asiento trasero, un poquito de polvo en el tablero... Este señor no llevaba nada. Lo detallaste perfectamente y no conseguiste nada.

Eso no es normal.

¿Qué pasa ahí entonces? ¿Quién es este señor con tal necesidad de pulcritud? ¿Qué lo hace ser así?

Las personas somos un conjunto de muchas cosas, como un rompe cabeza compuesto por millones de piezas, estamos formados por incontables influencias, impulsos e interacciones extendidas a lo largo de toda nuestra vida. Lo que sea que nos forma, es inconmensurable. Por lo tanto, cualquier intento de entender a este señor, que obviamente no anda pendiente de si lo entienden o no lo entienden, es un trabajo titánico.

Si intentas darle forma, empezarías por pensar que su necesidad –no puede llamarse de otra manera a tanto cuidado- de pulcritud viene de algún tipo de repulsión especialmente fuerte en él. Si una persona les tiene mucho, mucho miedo a las culebras y vive en el campo, lo más probable es que bañe la casa en creolina y tabaco una vez por semana. Si una persona le tiene mucho, mucho miedo a las alturas, lo más probable es que nunca viva en un piso catorce. Si una persona le tiene mucho, mucho asco al sucio, lo más probable es que se encargue de mantenerlo a raya limpiando su alrededor y aseándose constantemente.

Hay emociones que desarrollan en las personas ciertos hábitos de disciplina, la convierten en necesidad vital. El miedo, la adicción, el asco, el desprecio, son emociones fortísimas que acarrean conductas especiales, dirigidas a mantener alejado o cercano al objeto que las causa.

El empeño que ponemos en las tareas que efectuamos generalmente denotan su importancia.
Si este taxista pone tanto empeño en mantener todo limpio es porque, para él, es sumamente importante. O eso, o es una brillante y sociopática mente, con excesiva consciencia sobre la imagen que proyecta hacia los demás y desea esconder su verdadero ser a toda costa.

Pero este detalle que lograste armar sobre este señor, es sólo un fragmento mínimo del cuento. Su silencio es elocuente y, a la vez, misterioso. Es por ello que pasaste tanto tiempo leyendo entre líneas.

Al final llegaste a tiempo al sitio, el tipo fue eficiente en su trabajo y a ti se te olvidó el estrés mientras estuviste dentro de su ambiente. Como no dijo ni una palabra, no puedes dudar de ella. El tipo te contó su cuento sin siquiera decirte su nombre. No importa lo que conjetures, los cuentos siempre son verdad.

Todos los Cuentos son Verdad .2

Por D. Salazar

Vas a un sitio por trabajo, con el tiempo bastante holgado, y andas con pocas ganas de usar el transporte público. Detienes un Chevrolet azul rey con una seña del brazo y éste se orilla. El taxista baja la ventanilla, le dices el sitio, él te dice el precio y subes a la parte trasera.

Y desde ese momento el tipo no para de hablar.

A veces, nos enteramos de cosas de manera involuntaria. Hay gente que nos conseguimos en nuestro caminar, rodar o volar por el mundo que disfruta mucho contando sus cuentos.
El taxista es un hombre cuarentón de cabello y ojos oscuros, es todo lo que puedes ver desde tu posición, eso y un anillo de matrimonio en la mano que lleva el volante. Sus ojos, ocupados en el camino, te miran de vez en cuando por el retrovisor, mientras te cuenta su historia.

Imagina que le prestas atención a lo que dice, en lugar de ensimismarte mirando a la ventana, y te enteras que el tipo conoce a la mitad de las personas que conocen a personas famosas, que se sabe chismes de todas ellas, e incluso chismes del edificio donde trabajas. Te enteras de que tiene casa propia, una profesión que no ejerce desde hace tres años, y un hijo super inteligente; que su esposa tiene una figura hermosísima todavía y él está agradecido de que se haya operado para que no perdiera la figura de modelo de ropa interior. Te enteras de que tiene rencillas con su anterior jefe porque lo despidió injustificadamente del trabajo, aunque conoció a su mujer gracias a que lo despidieron, ahora gana más dinero que antes y es su propio jefe.

Podría continuar por páginas y páginas.

Todo esto te lo cuenta con un toque de dejadez en la voz, un tono de “qué bien estaba antes” y un suspiro guardado en la garganta.

Te enterarías de detalles pormenorizados de todo, absolutamente todo lo que él quisiera contarte. Te enterarías de cosas que no estarían ahora ocupando espacio en tu cerebro si hubieras decidido no prestarle atención y sólo responder “mmm… sí, qué loco, ¿no?”.
Y dudarías en creerle una sola palabra.

En primer lugar, dudarías porque no te mira de frente. Cuando las personas no miran de frente tendemos a desconfiar. Podrías pensar “bueno, no hay forma de que lo haga, tiene que manejar” y le concederías el beneficio de la duda.

Pero luego te das cuenta de que, en segundo lugar, es poco probable que el tipo haya tenido la oportunidad de conocer a las quince personas de la farándula que dice que conoce, y es menos probable aún que los chismes que cuenta sobre ellos sean verdad, entre otras razones porque le contaron que una famosa vedette que aparece desnuda por todas partes es evangélica fervorosa.

Algo no cuadra. Pero le sigues dando el beneficio de la duda, piensas que de casualidades se crean mundos y dices “ok, puede que todo sea verdad”.

Pero te sigue carcomiendo algo: ¿por qué, si lo máximo que le llegaste a preguntar fue “¿cuánto es?”, te dijo todas aquellas cosas?

Parece que no hay respuesta. Una de dos: o el tipo te está contando un cuento o inventándoselo.

La pregunta entonces quizá sea ¿cuál es la diferencia?

Si el taxista, en su día a día, disfruta de contar la historia de su vida a la primera oportunidad es porque la considera especial y digna de compartirse. A fin de cuentas es por eso que se cuentan cuentos. Tú, sin embargo, consideras que no hay nada fuera de lo común en ella, salvo los dudosos encuentros con la farándula, que de paso dan oportunidad de chismear. El taxista podría estar aprovechando la ocasión para ello y, de paso, hacer conversación sobre su vida, retocando algunos detalles para impresionar, para que su historia no suene a lugar común.

Todo apunta a que este cuento es un lugar común.

Sin duda alguna, todos tenemos derecho a retocar nuestra vida, a hacerle algunos arreglos para que suene mejor en los oídos del mundo. Esto revela, sin embargo, cierto aburrimiento, denotado por el suspiro en la garganta y la falta de emoción hacia el futuro de quien piensa “qué bien estaba antes”, porque implica “no estoy tan bien ahora”. Lo más probable es que la imagen que el taxista quería que te llevaras de él no haya sido la que quedó impresa en tu cerebro.

Esa es la diferencia entre contar un cuento e inventarse uno.

A fin de cuentas, aunque lo que el taxista te contó no haya sido verdad, saliste del carro conociendo su cuento, por eso digo que los cuentos siempre son verdad.

Todos los Cuentos son Verdad .1

Por D. Salazar

Vas caminando por una de las transversales de Los Palos Grandes y pasas al lado de una señora alta, gruesa, imponente, de cabello corto y grisáceo, con los ojos pudorosamente bajos y una cartera beige aferrada bajo el brazo. Calculas que tiene unos ochenta años, pero no es una abuelita temblorosa. Camina con paso firme y sin mirar a los lados. No puedes evitar fijar tu mirada en ella. Cuando pasa de largo su imagen sigue grabada en tu mente.

¿Por qué?

Algo en ella te hizo click, hizo que tu mente tomara una foto y la observara por unos segundos, unos minutos, horas e incluso más.

Otro día, vas caminando por una de las transversales de Los Palos Grandes y pasas al lado de esa señora. Es la segunda vez que la ves. Cuando pasa de largo te envalentonas, das la vuelta sobre los talones y la alcanzas. “Señora…” le dices, y ella se voltea. Descubres que los ojos que llevaba fijos en su camino son de un azul celeste despampanante. Ella, con voz gutural te responde, “sí, diga…”y tú, con sinceridad, le dices que te parece una persona fuera de lo común, y quisieras conocer su historia.
Te enterarías de que es alemana, lleva más de cuarenta años viviendo en Venezuela, que tiene un trabajo fijo desde hace veinte y que vive por los alrededores. Todos los días sale a caminar, no tiene mascotas y le gusta mantener siempre el orden.

Hasta ahora tenemos una historia, dentro de todo, común. Sigues sin saber qué fue lo que despertó tu interés.

Así que sigues preguntando.

Y te enterarías entonces de que vivió en carne propia una invasión Europea en plena segunda guerra mundial. Que fue expulsada de la tierra que habitaba por soldados de un país, para luego ser recibida por soldados de otro, cruzando una frontera. Que tuvo que vivir hacinada en un apartamento en Austria siendo muy pequeña, y que comía lo que los soldados robaban de las panaderías. Sabrías que pasó varias noches en campos de concentración, que vio morir a una anciana que intentó llevarse joyas a escondidas de los guardias, y éstos le cayeron a golpes.

Sabrías que se mudó a Venezuela siendo adulta, con un grado de técnico y suficiente experiencia creando prótesis dentales, y trabajó, y trabajó y trabajó hasta tener casa propia, vehículo, independencia y una casa en la playa llamada “Mi Lucha”, la cual remodeló y renombró como “Nirvana”.

Y te enterarías de todo esto por su propia voz, que marca las eses, las erres y las ves con precisión milimétrica.

Parece de cuento.

Ahora, vemos a la señora de ochenta años y firme caminar bajo una nueva luz, más parecida a la que hizo que nuestro cerebro captara su imagen en primer lugar. Ahora la vemos más clara, con ojos más familiares. No es una persona “común”. Ya conocemos su cuento.

Hay cosas que ves en tu caminar, rodar o volar por el mundo, que nunca te dejan. Aunque no le hubieses preguntado nada a la señora la ibas a recordar por un tiempo, y lo más probable es que cuando camines por ese sitio de nuevo su imagen vuelva a tu cabeza, sin importar que lleves seis años sin recordarla.

Las personas traen cuentos consigo, experiencias que las envuelven como un halo. A cada uno de nosotros le atraen personas distintas, por distintas razones que nadie puede realmente explicarse.

Ahora piensa que, después de hablar con ella y enterarte de todas estas cosas, sigues tu camino. En el trayecto piensas “¡qué loco…! Todo eso no puede ser verdad. Qué probabilidad tengo de detener a una persona equis en la calle y que su historia sea tan… extraña e interesante.” Pero, de manera instintiva sabes que todo es verdad, que una historia así no se inventa en el momento; y que si se la hubiese inventado se habría equivocado en algo, algo no cuadraría.

Pero todo cuadra. A menos que la señora sea una brillante y psicopática mente, todo tiene que ser verdad.

Y después de que se sabe todo esto, ¿qué pasa?

Pues lo escribes en un artículo y lo publicas.

Lo importante del asunto es que, no importa cuán rara o poco probable parezcan las historias contadas por un extraño, los cuentos siempre son verdad.