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17 julio, 2016

Ya está bueno ya.

Salgamos un rato de aquí ¿les parece?

Observemos desde la ventana del tren todos esos periódicos, revistas, comentarios que revisamos a lo largo del día, donde encontramos sólo tormentos; mira cómo se van alejando esas personas que toleramos a fuerza de mucho morder la propia lengua; siente cómo cambia el aire de olor, de textura, de grosor. Ya lo cotidiano quedó envuelto en la bruma de la distancia, ya no se distingue, ya no puede hacerte ruido.

Este tres va a llevarte donde quieres estar, donde sueñas cada día con estar.

Mientras esperas, cómodo, relajado, sin dolor de cabeza, sin cuentas por pagar, sin papeles por entregar, acompañado, si quieres, de tus seres queridos, o en solitario, como te sientas mejor; mientras esperas, descansa. Relaja los músculos, suelta la mandíbula, afloja el ceño, despierta la mirada.

El paisaje cambia cada tanto. Puedes observarlo, puedes tomar nota, puedes dibujarlo o tomar fotografías. Puedes conversar con otros pasajeros, puedes comer lo que te ofrecen en el kiosko. En el tren existe la cortesía de lo gratuito, existe la amabilidad de la distancia, existe el respeto del silencio.

Pronto se hará de noche y te asignarán un vagón para dormir; puedes estar sólo o acompañado; puedes ver películas o escuchar música. Las camas son grandes, son cómodas, son mullidas y suaves; el movimiento del tren te sirve de arrullo.

La mañana siguiente encontrarás un desayuno servido: puedes comer lo que quieras y cuanto quieras, no va a costarte más, nadie va a quedar fallo porque comas doble, el tren está preparado para que todos se sacien. Pronto podrás bajar, turistear un poco por los al rededores, darte un buen baño en la playa, mojarte los pies en el helado cauce de un río, respirar las neblinas de la montaña. Pronto podrás caminar descalzo sobre tierra firme, lavarte la cara en un lago cundido de cisnes, colgarte de las ramas de un árbol en compañía de monos y guacamayas.

Falta aún para llegar al destino. Mientras estés en el tren, todo va sobre ruedas. Por llegar, no te preocupes, te aseguramos que vas a hacerlo. Mientras tanto, relájate, suelta el ceño, baja los hombros, baja la guardia, disfruta el viaje.


04 enero, 2014

Sobre Feminismo

Por D. Salazar

La primera prueba de que el feminismo, como inclinación socio-político-activista, no vale mucho, es que no se puede decir algo como esto sin molestar a alguien.

Hermético ¿no?

Me explico.

Es difícil escribir sobre la homosexualidad sin declararse a favor o en contra. Es igual de difícil hablar de las drogas, del aborto o de la eutanasia sin hacer lo mismo. Sucede con todos los temas tabú. Cuando uno se declara a favor o en contra de algo, inevitablemente va a haber alguien –a veces mucha gente- que se declare a favor o en contra de ti. Y luego habrá disturbios en tu ciudad, los vecinos te querrán fuera del edificio porque las turbas enardecidas no los dejan ver la novela…

La diferencia es que ni la homosexualidad, ni las drogas, ni el aborto, ni la eutanasia son inclinaciones socio-político-activistas.

Cuando se trabaja para impulsar un proyecto, léase, el feminismo, es importante convencer, no condenar. Por lo tanto, si alguien sale por la calle diciendo que el feminismo no vale mucho no deberían tirarle piedras, ¿a que no? –dice la autora con cara de no romper un plato- más bien deberían llevarse a esa persona a tomar un café y contarle sobre las bondades de su inclinación.

El feminismo suele condenar a otros, tildándolos de machistas aferrados al sistema patriarcal que mantiene a las mujeres bajo el férreo yugo de cualquier cosa… Para que no te condenen, tienes que acompañarlos en su condena o, en el mejor de los casos, mantener una distancia prudencial.

Muy medieval y todo.

Las condenas son para los jueces. Los jueces son seres sobrehumanos e imparciales que no pueden tomar parte en las actividades que juzgan.

Probablemente dirán “bueno, pero no todos los activistas del feminismo son así, no puedes condenar una inclinación por las taras de quienes la apoyan… A fin de cuentas no eres juez”. Y tendrán razón.

Pero…

La segunda prueba de que el feminismo no vale mucho como activismo es que se desvía de la razón principal de su existencia.

Me explico.

El feminismo nace como propuesta de liberación femenina, principalmente buscando igualdad en derechos sociales y políticos, tratando de restituir la dignidad femenina, perdida desde los tiempos del oscurantismo católico apostólico.

Se aplaude sin duda.

Ahora, desde que las mujeres conseguimos igualdad social la lucha de los feministas se ha trastocado y a veces pareciera buscar escandalizar o poner a la mujer por encima del hombre.

Tampoco es la idea.

Yo soy persona. La cualidad de ser hombre o mujer es, en primer lugar, independiente de mi voluntad; y, en segundo lugar, no es ni malo ni bueno, sólo es.

Como personas todos tenemos igual dignidad. Todos los derechos, deberes, estatus político-cívico-militares que existen en el planeta están basados sobre la dignidad de ser persona, no sobre lo bonito que se ve el uniforme sobre mi cuerpo o el cargo frente a mi apellido en un carnet.

Es decir, buscar diferenciar al hombre y la mujer, a estas alturas del partido, no tiene sentido. Buscar decir que “las mujeres tienen derecho a…”, sí, está muy bien, pero somos las personas las que tenemos derecho a. Se puede estudiar lo que nos hace distintos para después contar los chistes malos de tu preferencia, pero no se puede diferenciar para hacernos parecer unos mejores que los otros.

Todos somos inevitablemente iguales.

Ahora veo fuera de la ventana a un grupo de activistas mujeres en topless haciendo escándalo y gritando “¡Retrógrada! ¡¿Qué pasa con las mutilaciones de clítoris y los matrimonios arreglados y los abortos y las violaciones?!”.

Y yo, calmada, les invito a tomar un café y les explico que, por supuesto, hay gente que hace cosas horribles, y deberían dejar de hacerlas; pero yo, pequeña persona en el mundo, creo que la respuesta no está en quemar sostenes a favor del feminismo, sino en entender la igualdad.

Ya por el segundo café les explicaría que la tercera razón por la que me parece que el feminismo no tiene punto es que las reglas sociales son siempre autoimpuestas.

Aprovechando el silencio que crea la frase dejada al aire, les diría que la cultura, con el paso de los años, bañada por filosofía y religión, ha creado las reglas por las cuales nos desenvolvemos.

Ejemplo: si las mujeres de medio oriente usan velo es porque su evolución social así lo ha dictaminado. Esa evolución social está basada en innumerables factores que se escapan de todo control. En otras palabras, si las mujeres de medio oriente usan velo es porque quieren usarlo.

Llegará el día, quizá, es posible, en el que se cansen de andar con la cara tapada, pero eso depende exclusivamente de ellas.

No puede imponerse valores de sociedades foráneas, sólo pueden irse absorbiendo poco a poco.

Es decir, las mujeres que usan velo verán a las occidentales y dirán “ay, qué bonitas se ven todas con sus caras destapadas, ¡yo también quiero!” y así, a la capitalista, absorberán una nueva costumbre, distinta de las anteriores. Algunas dejarán de utilizar el velo, otras lo seguirán usando, y todas hablarán mal las unas de las otras, y aprenderán a convivir con sus diferencias.

Condenar a una mujer de retrógrada y subyugada por utilizar un velo, por no querer abortar tras haber sufrido una violación, por permitir que a su hija la mutilen como sucedió con ella, no es la respuesta.

No somos jueces, sino gente convencida de que las personas son, en primer lugar, personas, y como tal somos todos, inevitablemente, iguales.

Todos los Cuentos son Verdad .5

D. Salazar

Estás trabajando con niños. Todos son más o menos iguales, unas personitas lindas, cómicas y bulliciosas. Algunos llaman más tu atención que otros, entre ellos una niña de unos cinco años, de pelo oscuro y ojos azules, delgada y de altura promedio. Le ofreces un dulce y ella te da las gracias con mirada huidiza, notas que su mirada es triste, no es propia de un niño común.

Cuando llega la hora de que busquen a los niños, te fijas en la cara de los adultos por seguridad. La mayoría de ellos son señoras en ropa de hacer diligencias, hay dos señoras de servicio y algunos padres con traje de oficina.

Notas que a la niña de los ojos tristones la va a buscar su papá, que es un hombre joven y bien parecido. Se despide de tu compañera de trabajo con cordialidad y se lleva a su hija cargada sobre el brazo izquierdo.

Tu compañera de trabajo te dice en voz baja que esa niña le da mucha lástima. Que le pasó algo horrible. Una mañana el papá la despertó para ir al colegio y se fue a trabajar. Ella se quedó esperando a que su mamá fuera al cuarto a vestirla y luego le diera el desayuno. Pero la mamá se estaba tardando mucho, así que la fue a buscar al cuarto, donde la encontró acostada aún. La niña intentó despertarla pero no pudo, así que se quedó acostada a su lado esperando que despertara. Cuando el papá volvió del trabajo por la tarde, la niña seguía ahí. La mamá había muerto por un accidente cerebro vascular.

Lo primero que piensas es “no necesitaba saber esto”.

¿Y qué haces con eso?

Pues lo escribes a ver si le das sentido, o por lo menos te lo sacas del sistema.

La tragedia humana, aunque la veamos todos los días en la televisión, no la conseguimos muy seguido en nuestro rodar, caminar o volar por la vida. No sabemos lo agradecidos que estamos de no ser parte de ella hasta que nos la tropezamos. El hecho de que sea una niña el personaje principal de este cuento lo hace terriblemente peor.

Si hubieras visto esta historia en una película, o la hubieses leído en el periódico, te habrías curado en salud detrás del velo de la ficción. La realidad nunca es tan fea como la ficción, piensas. Pero eso no es necesariamente cierto.

La delgada línea que separa la ficción de la realidad es la cercanía. Mientras más de cerca te toca un evento, mientras su fuente sea más fidedigna, estás más o menos convencido de su veracidad. Tocar la mano de un mendigo sucio y enfermo de la piel es diez mil veces más intenso que ver al mismo mendigo a diez metros de distancia. Pasar caminando al lado de un perro muerto es diez mil veces más intenso que pasarlo manejando por la autopista. Darle un caramelo a una niña que durmió junto al cadáver de su madre es un millón de veces más profundo que leer lo mismo en un libro. Eso, o somos unos alienados que sienten más empatía hacia lo que ve en la televisión que por lo que sucede en su entorno día a día; es decir, mientras más lejos más me importa.

Luego piensas “qué loco que me haya enterado de esto de esta manera”.

Las probabilidades de que te encuentres con una tragedia de primera mano, tan de cerca, son muy pocas. Sin embargo, te tocó, en todos los sentidos. De manera fortuita conociste a la niña, de manera involuntaria te enteraste de su historia. Y sientes que estabas mejor no conociéndola.

Sería incluso macabro pensar que este puede ser un cuento inventado. Su compañera de trabajo tendría que ser muy retorcida para inventarse algo tan doloroso. El padre de la niña tampoco podría haberse inventado una historia tan ruinosa y convertirla en rumor; ¿para qué? ¿Para parecer interesante? ¿Para encubrir una historia peor? Demasiado loco y demasiado desesperado.

Si el padre fuese un loco y un desesperado, piensas, su hija también tendría los ojos tristes, pero sería distinto.

Las emociones humanas siempre consiguen una forma de expresarse. Algunas personas se pintan el cabello rojo chupeta, otros se tatúan, otros se visten de manera particular, otros se compran un carro azul. Pero, cuando el ser humano aún no tiene las herramientas para expresarse, cuando está muy joven, las emociones se traslucen, inevitablemente, por la piel, con matices demasiado sutiles para expresarlos. Las emociones se expresan con extrema pureza. Los niños, generalmente, no saben mentir, a menos que lo hagan involuntariamente.

O sea que la niña de ojos tristes, con sus cinco años, ya tiene un cuento que contar. Aunque dé lástima que sea tan triste, los cuentos siempre son verdad.

Todos los Cuentos son Verdad .4

Por D. Salazar

Imagínate que te consigues conmigo en la calle. Estás en un sitio y me pides la cédula. Reconoces mi nombre por el internet y te da curiosidad. Tu curiosidad nace sólo de recordar mi nombre de algún lado. Te envalentonas y me preguntas sobre mí.

Te enteras que soy sólo una abogada. No digo más que eso.

Hay millones y millones de abogados en este mundo. Proliferan como puntitos oscuros sobre el mapa, indicando “aquí hay un abogado”. Quiero decir que es una profesión sumamente común, nada que llame la atención. No es “astrólogo” ni “ingeniero en diamantes”.

Sin embargo, conoces el nombre de esa persona común y has leído alguno de sus artículos, en los que menciona temas que no tienen nada que ver con el derecho.

Esto, piensas, podría restarme credibilidad como articulista, ya que estoy aseverando cosas sin un título que me califique para ello; es decir, estoy hablando, técnicamente, sin saber. No soy ninguna experta, en la escuela de derecho no enseñan sobre proyecciones junguianas, desviaciones conductuales, análisis de la personalidad ni redacción periodística.

Sin embargo, si me estoy tomando el tiempo de escribir estos artículos es porque algo en ellos se me hace interesante y digno de compartir. O eso, o soy una mente brillante y demente que asocia conceptos con recuerdos, escribe lo que resulte de la combinación y los publica en espera de que alguien diga “¡oh! ¡Es una genio!”.

La segunda, aunque técnicamente posible, es improbable (…).

Por mi tono de escritura y los términos que utilizo, te parece que estoy convencida, es decir, que considero cierto todo lo que digo.

Una de dos, o sé de lo que hablo, o no sé de lo que hablo.

Al final, decides que seguirás leyendo mis artículos, porque son muy buenos e interesantes, y estarás pendiente por si, al final, hay algo que no te cuadre. Mi cuento también debería ser verdad, ¿no?

Todos los Cuentos son Verdad .3

Por D. Salazar

Estás en hora pico en una zona turbulenta de la ciudad. Tienes que llegar a un sitio antes de que lo cierren y consideras que la forma más rápida de hacerlo es ir en taxi. Paras cualquier carro que pase cerca deseando con fervor que sea eficiente, te subes al asiento trasero sin siquiera preguntar. Dices a dónde vas y te quedas en tu asiento, con los músculos tensos y un ojo en la hora.

Inmediatamente notas algo distinto sobre el carro, sin saber exactamente qué es. El interior está tapizado de ocre viejo, la tela es acolchonada y suave, el tablero da la impresión de ser de madera oscura y la radio es de las que solo sintonizan am. Está impecable e impregnado del olor a ambientador de cereza. Hay una caja de cleenex en el espacio entre los asientos delanteros, perfectamente derecha.

De la caja de cleenex tu mirada vaga hacia la mano sobre la palanca sincrónica, la cual lleva un guante de cuero negro con varios broches de metal que cubre sólo la muñeca, dejando los dedos libres para maniobrar. Buscas la otra mano que descansa sobre el volante y corroboras que también está enguantada, en el trayecto te fijaste en el perfil del hombre.

Calculas que tendrá más de cincuenta, a juzgar por su piel ajada y caída. Su cabello está cortado milimétricamente y calvea en la coronilla. Se le ve recién afeitado. Luego notas por el retrovisor que lleva la mirada fija en el camino, no distrae la vista con anuncios, no la deja descansar sobre un transeúnte mientras el semáforo está en rojo, ni la ves desviada hacia su celular, el cual no ves por ningún lado. Lleva un breve bigote amarilloso y los labios bajo él están serenamente cerrados. Viste una guayabera beige y un pantalón verde botella. Su ropa, aunque vieja a juzgar por su color desvaído, está pulcramente planchada, todos los botones están en su sitio y las solapas de su camisa apuntan al lugar correcto.

A veces nos encontramos con personas particulares en nuestro rodar, caminar o volar por la vida, que nos cuentan todo sin decir una palabra. Nos llaman a leer entre líneas. Esas personas nos dejan pensando en ellas durante horas, meses e incluso años.

¿Y qué haces con eso?

Escribes un artículo a ver si puedes, analizando, entenderlas un poquito más.

Detallando al tipo, lo único que se puede ver es perfección. Normalmente las personas llevamos siempre algún detallito: una arruga, una factura con la marca de la suela de un zapato tirada en la alfombra del asiento trasero, un poquito de polvo en el tablero... Este señor no llevaba nada. Lo detallaste perfectamente y no conseguiste nada.

Eso no es normal.

¿Qué pasa ahí entonces? ¿Quién es este señor con tal necesidad de pulcritud? ¿Qué lo hace ser así?

Las personas somos un conjunto de muchas cosas, como un rompe cabeza compuesto por millones de piezas, estamos formados por incontables influencias, impulsos e interacciones extendidas a lo largo de toda nuestra vida. Lo que sea que nos forma, es inconmensurable. Por lo tanto, cualquier intento de entender a este señor, que obviamente no anda pendiente de si lo entienden o no lo entienden, es un trabajo titánico.

Si intentas darle forma, empezarías por pensar que su necesidad –no puede llamarse de otra manera a tanto cuidado- de pulcritud viene de algún tipo de repulsión especialmente fuerte en él. Si una persona les tiene mucho, mucho miedo a las culebras y vive en el campo, lo más probable es que bañe la casa en creolina y tabaco una vez por semana. Si una persona le tiene mucho, mucho miedo a las alturas, lo más probable es que nunca viva en un piso catorce. Si una persona le tiene mucho, mucho asco al sucio, lo más probable es que se encargue de mantenerlo a raya limpiando su alrededor y aseándose constantemente.

Hay emociones que desarrollan en las personas ciertos hábitos de disciplina, la convierten en necesidad vital. El miedo, la adicción, el asco, el desprecio, son emociones fortísimas que acarrean conductas especiales, dirigidas a mantener alejado o cercano al objeto que las causa.

El empeño que ponemos en las tareas que efectuamos generalmente denotan su importancia.
Si este taxista pone tanto empeño en mantener todo limpio es porque, para él, es sumamente importante. O eso, o es una brillante y sociopática mente, con excesiva consciencia sobre la imagen que proyecta hacia los demás y desea esconder su verdadero ser a toda costa.

Pero este detalle que lograste armar sobre este señor, es sólo un fragmento mínimo del cuento. Su silencio es elocuente y, a la vez, misterioso. Es por ello que pasaste tanto tiempo leyendo entre líneas.

Al final llegaste a tiempo al sitio, el tipo fue eficiente en su trabajo y a ti se te olvidó el estrés mientras estuviste dentro de su ambiente. Como no dijo ni una palabra, no puedes dudar de ella. El tipo te contó su cuento sin siquiera decirte su nombre. No importa lo que conjetures, los cuentos siempre son verdad.

Todos los Cuentos son Verdad .2

Por D. Salazar

Vas a un sitio por trabajo, con el tiempo bastante holgado, y andas con pocas ganas de usar el transporte público. Detienes un Chevrolet azul rey con una seña del brazo y éste se orilla. El taxista baja la ventanilla, le dices el sitio, él te dice el precio y subes a la parte trasera.

Y desde ese momento el tipo no para de hablar.

A veces, nos enteramos de cosas de manera involuntaria. Hay gente que nos conseguimos en nuestro caminar, rodar o volar por el mundo que disfruta mucho contando sus cuentos.
El taxista es un hombre cuarentón de cabello y ojos oscuros, es todo lo que puedes ver desde tu posición, eso y un anillo de matrimonio en la mano que lleva el volante. Sus ojos, ocupados en el camino, te miran de vez en cuando por el retrovisor, mientras te cuenta su historia.

Imagina que le prestas atención a lo que dice, en lugar de ensimismarte mirando a la ventana, y te enteras que el tipo conoce a la mitad de las personas que conocen a personas famosas, que se sabe chismes de todas ellas, e incluso chismes del edificio donde trabajas. Te enteras de que tiene casa propia, una profesión que no ejerce desde hace tres años, y un hijo super inteligente; que su esposa tiene una figura hermosísima todavía y él está agradecido de que se haya operado para que no perdiera la figura de modelo de ropa interior. Te enteras de que tiene rencillas con su anterior jefe porque lo despidió injustificadamente del trabajo, aunque conoció a su mujer gracias a que lo despidieron, ahora gana más dinero que antes y es su propio jefe.

Podría continuar por páginas y páginas.

Todo esto te lo cuenta con un toque de dejadez en la voz, un tono de “qué bien estaba antes” y un suspiro guardado en la garganta.

Te enterarías de detalles pormenorizados de todo, absolutamente todo lo que él quisiera contarte. Te enterarías de cosas que no estarían ahora ocupando espacio en tu cerebro si hubieras decidido no prestarle atención y sólo responder “mmm… sí, qué loco, ¿no?”.
Y dudarías en creerle una sola palabra.

En primer lugar, dudarías porque no te mira de frente. Cuando las personas no miran de frente tendemos a desconfiar. Podrías pensar “bueno, no hay forma de que lo haga, tiene que manejar” y le concederías el beneficio de la duda.

Pero luego te das cuenta de que, en segundo lugar, es poco probable que el tipo haya tenido la oportunidad de conocer a las quince personas de la farándula que dice que conoce, y es menos probable aún que los chismes que cuenta sobre ellos sean verdad, entre otras razones porque le contaron que una famosa vedette que aparece desnuda por todas partes es evangélica fervorosa.

Algo no cuadra. Pero le sigues dando el beneficio de la duda, piensas que de casualidades se crean mundos y dices “ok, puede que todo sea verdad”.

Pero te sigue carcomiendo algo: ¿por qué, si lo máximo que le llegaste a preguntar fue “¿cuánto es?”, te dijo todas aquellas cosas?

Parece que no hay respuesta. Una de dos: o el tipo te está contando un cuento o inventándoselo.

La pregunta entonces quizá sea ¿cuál es la diferencia?

Si el taxista, en su día a día, disfruta de contar la historia de su vida a la primera oportunidad es porque la considera especial y digna de compartirse. A fin de cuentas es por eso que se cuentan cuentos. Tú, sin embargo, consideras que no hay nada fuera de lo común en ella, salvo los dudosos encuentros con la farándula, que de paso dan oportunidad de chismear. El taxista podría estar aprovechando la ocasión para ello y, de paso, hacer conversación sobre su vida, retocando algunos detalles para impresionar, para que su historia no suene a lugar común.

Todo apunta a que este cuento es un lugar común.

Sin duda alguna, todos tenemos derecho a retocar nuestra vida, a hacerle algunos arreglos para que suene mejor en los oídos del mundo. Esto revela, sin embargo, cierto aburrimiento, denotado por el suspiro en la garganta y la falta de emoción hacia el futuro de quien piensa “qué bien estaba antes”, porque implica “no estoy tan bien ahora”. Lo más probable es que la imagen que el taxista quería que te llevaras de él no haya sido la que quedó impresa en tu cerebro.

Esa es la diferencia entre contar un cuento e inventarse uno.

A fin de cuentas, aunque lo que el taxista te contó no haya sido verdad, saliste del carro conociendo su cuento, por eso digo que los cuentos siempre son verdad.

Todos los Cuentos son Verdad .1

Por D. Salazar

Vas caminando por una de las transversales de Los Palos Grandes y pasas al lado de una señora alta, gruesa, imponente, de cabello corto y grisáceo, con los ojos pudorosamente bajos y una cartera beige aferrada bajo el brazo. Calculas que tiene unos ochenta años, pero no es una abuelita temblorosa. Camina con paso firme y sin mirar a los lados. No puedes evitar fijar tu mirada en ella. Cuando pasa de largo su imagen sigue grabada en tu mente.

¿Por qué?

Algo en ella te hizo click, hizo que tu mente tomara una foto y la observara por unos segundos, unos minutos, horas e incluso más.

Otro día, vas caminando por una de las transversales de Los Palos Grandes y pasas al lado de esa señora. Es la segunda vez que la ves. Cuando pasa de largo te envalentonas, das la vuelta sobre los talones y la alcanzas. “Señora…” le dices, y ella se voltea. Descubres que los ojos que llevaba fijos en su camino son de un azul celeste despampanante. Ella, con voz gutural te responde, “sí, diga…”y tú, con sinceridad, le dices que te parece una persona fuera de lo común, y quisieras conocer su historia.
Te enterarías de que es alemana, lleva más de cuarenta años viviendo en Venezuela, que tiene un trabajo fijo desde hace veinte y que vive por los alrededores. Todos los días sale a caminar, no tiene mascotas y le gusta mantener siempre el orden.

Hasta ahora tenemos una historia, dentro de todo, común. Sigues sin saber qué fue lo que despertó tu interés.

Así que sigues preguntando.

Y te enterarías entonces de que vivió en carne propia una invasión Europea en plena segunda guerra mundial. Que fue expulsada de la tierra que habitaba por soldados de un país, para luego ser recibida por soldados de otro, cruzando una frontera. Que tuvo que vivir hacinada en un apartamento en Austria siendo muy pequeña, y que comía lo que los soldados robaban de las panaderías. Sabrías que pasó varias noches en campos de concentración, que vio morir a una anciana que intentó llevarse joyas a escondidas de los guardias, y éstos le cayeron a golpes.

Sabrías que se mudó a Venezuela siendo adulta, con un grado de técnico y suficiente experiencia creando prótesis dentales, y trabajó, y trabajó y trabajó hasta tener casa propia, vehículo, independencia y una casa en la playa llamada “Mi Lucha”, la cual remodeló y renombró como “Nirvana”.

Y te enterarías de todo esto por su propia voz, que marca las eses, las erres y las ves con precisión milimétrica.

Parece de cuento.

Ahora, vemos a la señora de ochenta años y firme caminar bajo una nueva luz, más parecida a la que hizo que nuestro cerebro captara su imagen en primer lugar. Ahora la vemos más clara, con ojos más familiares. No es una persona “común”. Ya conocemos su cuento.

Hay cosas que ves en tu caminar, rodar o volar por el mundo, que nunca te dejan. Aunque no le hubieses preguntado nada a la señora la ibas a recordar por un tiempo, y lo más probable es que cuando camines por ese sitio de nuevo su imagen vuelva a tu cabeza, sin importar que lleves seis años sin recordarla.

Las personas traen cuentos consigo, experiencias que las envuelven como un halo. A cada uno de nosotros le atraen personas distintas, por distintas razones que nadie puede realmente explicarse.

Ahora piensa que, después de hablar con ella y enterarte de todas estas cosas, sigues tu camino. En el trayecto piensas “¡qué loco…! Todo eso no puede ser verdad. Qué probabilidad tengo de detener a una persona equis en la calle y que su historia sea tan… extraña e interesante.” Pero, de manera instintiva sabes que todo es verdad, que una historia así no se inventa en el momento; y que si se la hubiese inventado se habría equivocado en algo, algo no cuadraría.

Pero todo cuadra. A menos que la señora sea una brillante y psicopática mente, todo tiene que ser verdad.

Y después de que se sabe todo esto, ¿qué pasa?

Pues lo escribes en un artículo y lo publicas.

Lo importante del asunto es que, no importa cuán rara o poco probable parezcan las historias contadas por un extraño, los cuentos siempre son verdad.