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29 octubre, 2017

La luna me está mirando, yo no sé lo que me ve.

Se nos va la vida señores.

Se nos va la vida y no entendemos por qué cae la lluvia, y por qué ladran los perros, y por qué tememos a la oscuridad.

Y entender esas cosas no hace que la vida no se nos vaya, pero logramos quitarle un gran mordisco antes de que termine de apagarse la luz.

En estos momentos cae una lluvia torrencial, se me moja el piso que limpié hoy, se empapa la ropa tendida recién lavada, se ensucia de barro la perra que bañé ayer. Y me siento tentada a pensar que es a propósito. Miro al cielo y cierro el puño y pregunto "¿qué hice yo, entonces? ¿qué me quieres decir?".


Claro... Nadie responde, porque nadie está tratando de decirme nada. Llovió y eso es todo. Llovió cuando no me lo esperaba y se perdió el trabajo que había hecho. Y no es culpa de nadie. Pero... a que a veces es difícil perdonar al cielo, aunque él no tenga la culpa...

Mejor tomarse un cafecito caliente, y ver las gotas caer de las sábanas limpias al piso, del techo a la grama; ver a la perra sonreir y menear la cola como un parabrisas sobre el barro, dejar que la tarde pase y la luz destiña y que hoy se convierta en ayer. No más preguntas existenciales para las que nadie tiene respuesta, no más temer a que se acabe el tiempo, porque el tiempo, señores, es la misma eternidad.

02 septiembre, 2016

Opinión Nº 9: El Ser y su Denominación

Todos tenemos situaciones/personas/cosas con las que se nos hace dificil lidiar. Para algunos serán los niños, para otros, los animales; para otros, incluso, pueden llegar a ser familiares problemáticos que, al aparecer, causan el repliegue del ánimo a las profundidades cavernosas del ser.

O sea, hacen que se nos enfríe el guarapo.

Para mí, esta situación la crean los sustantivos. No todos, por supuesto -¿se imaginan? tremendo caso psiquiátrico-, pero suficientes para que redactar una lista exhaustiva me tome algunos meses.

Antes de aclarar, un ejemplo: Una vez escuché a un amigo, dolido por equis conducta, llamar puta a una mujer. Confieso que sentí  muchas ganas de que dejara de ser mi amigo, pero comprendí a tiempo que el ego herido busca herir para no morir de pena. El caso es que puta es uno de esos sustantivos que me hace rechinar los dientes, no por algun resquemor feminista particular -creo en la igualdad, no en el predominio. Tampoco creo necesaria a estas alturas una igualación ficticia creada por leyes o movimientos sociales. Ya estamos todos de pie sobre el mismo pedestal- sino por las siguientes razones:
1. Puta es una denominación creada exclusivamente para herir. Cuando se llamó silla a la silla nadie quiso herir sus sentimientos.
2. Puta se refiere a una condición abstracta que puede incluir a todas y cualquier conducta femenina que hiera el ego masculino.
3. Puta no se refiere ya a aquella mujer que ejerce la profesón de la prostitución, de hecho, hay palabras màs respetables para referirse a ellas.
4. El apelativo puta golpea directamente en la intimidad del alma con el duro látigo del juicio, por demás precipitado e injusto, de recordarle a una sus momentos de mayor intimidad, sobre lo cuales nadie tiene por qué andar opinando. No importa que no sea a mí a quien se refieran así, supongo que puede llamarse solidaridad de género, pero para mi es solidaridad de raza.

Bien, ese es un ejemplo de sustantivo que me hiela. Recuerdo de mis clases de religión en el colegio que dios dio a Eva la potestad de nombrar a los seres que habitaban el Edén. En algún momento de la Historia hemos relegado esa potestad a instituciones y ya no a personas. Hemos permitido que el sustantivo marque un estatus social, las palabras cargan estigmas que, a veces, pesan durante generaciones y se convierten en pequeños gérmenes de rebeldía y revolución infantil; pueden buscar a todas aquellas mujeres que dicen ser "nietas de las brujas a las que no pudieron quemar". ¿Alguien más escucha la carga de odio en esa frase?

La brujería es una forma despectiva de llamar a las prácticas nacidas del conocimiento de la naturaleza y sus interacciones, o sea, lo que antes hacían  los shamanes, las curanderas, los sacerdotes y sacerdotizas de grandes templos. Llamar bruja/brujo a alguien es estigmatizarlo a la representación de cierto papel social que lleva consigo una cierta lejanía despectiva. Lo que quiero decir es que a las comadres no les gustaría verte charlando con el brujo del pueblo en el mercado. Generalmente nadie se acerca a la bruja Rufina fuera de las salas de consulta. De paso, nadie admite abiertamente recurrir a brujos/brujas para curarse de ciertos males espirituales. Pero, ¡a que todos lo hemos hecho!



Ahora que lo pienso, quizá no es el sustantivo, sino la sociedad lo que me hace rechinar los dientes.

Están también los sustantivos que se refieren a cargos: a la mayoría de las personas se les caen los pantalones cuando son nombrados jefes de algo. Salen, celebran con una botella que su nuevo sueldo pagará en su momento -mentira-, invitan a sus familiares, todos brindan con sonrisas en la cara, lo felicitan, lo llaman ¡jefe!, y resulta que el sustantivo jefe, en este caso en particular, se refiere a tener a dos o tres personas por debajo, veintisiete por arriba, no tener derecho de tomar sus propias decisiones con respecto al trabajo sobre el cual, se supone, ejerce la jefatura, y de paso incluye, a parte del trabajo que ya tenía antes, el trabajo de estar pendiente del trabajo de los demás, y el trabajo de rendir cuentas al de arriba sobre el trabajo de los demás y el propio. A final de cuentas resulta que el jefe llega a su casa más cansado que antes.

Pequeñas víboras engañosas, aquellas que nombran a las cosas por lo que no son sino por lo que quieren que parezcan.

Y ¿qué se hace? Si hay médicos allá afuera que lo que hacen convertir a la enfermedad en su negocio, hay abogados que, en lugar de defender -abogar por- acusan para exclusivo provecho propio, hay maestros que nunca se preocuparon por aprender, hay esposos que no tienen nada que ver con sus esposas ni con sus casas ni con sus hijos, hay concubinos que se llaman esposos pero nunca quisieron amarrarse al anillo...

Mucha razón tenía aquel que dijo que esto de escribir es una enfermedad nerviosa.

Como pueden ver, soy amante de la claridad, y cualquier sustantivo con el que me apelen me lo tomo muy en serio, al punto de cavilar durante horas qué será lo que qiso decir esa persona cuando, cone sa expresión en el rostro, en vez de llamar pies a los apéndices que me sirven para caminar, los llamó patas, o cuando se habla de bicho en lugar de animal, o cuando se habla de muerto en lugar de fantasma, o cuando se dice "no tengo real" en lugar de "no tengo plata" o de "no tengo dinero". La diferencia entre real, plata, dinero y cobres radica en quiénes son tus padres, y en realmente cuánto dinero cargas en el bolsillo o en la cuenta bancaria.

¡Tantos detalles para analizar!

Las palabras no son tan simples, como pueden ver. Es por eso que los sustantivos me ponen en amargas situaciones, porque ¿cómo explicar a quien no sepa, a quien cargue la mente en blanco de tanta palabrería inutil, que dios es un sustantivo que se le puso, gracias al devenir histórico, a una serie de hechos inexplicables que nos recuerdan que somos unas viles creaturas en este vasto universo? O mejor, ¿cómo explicarle a un niño qué es un bachaquero, qué un escuálido y qué un chavista sin ensuciarle la cabeza con opiniones personales, rabias pasadas, resentimientos, o simples vacíos de conocimiento?

¿Cómo explicarle a una mente inocente dónde está parada sin estrujarle el corazón de puro susto?


09 julio, 2016

El Embarazo en Venezuela (Pt. 1)

No vengo a hablar sobre la dificultad de conseguir pañales ni a arengar sobre la escasez de leche. Me interesa comentar los efectos de ese sexto sentido, esas antenitas que se nos desarrollan a las mujeres cuando quedamos embarazadas, esa sensibilidad de espíritu, mente y materia que nos hace conocer lo incognoscible y presentir hasta lo más velado de la consciencia ajena.

(Y, antes de que lo pregunten; no, no estoy hablando de los ataques de celos aleatorios que inevitablemente cobrarán algunas victimas).

Consideremos a una Venezolana de a pie. Asumamos que es el día de su cédula para la compra de productos regulados; asumamos también que tiene algunos contactos estratégicos para no perder -o perder menos- tiempo. Ella sale ese día antes que amanezca, aprovechando que el fresquito de la madrugada y la soledad de las calles le hacen bien al ánimo, se consigue con sus primas en la esquina y agarra el bus vacío. Se quedan las tres en el hipermercado, ella feliz comentando la barriga y sus efectos, todas despliegan sus sillitas de aluminio y charlan hasta darle la bienvenida al sol. Correrán tres pacíficas horas de parloteo y fraternales enlaces; luego el sol comenzará a apretar, aunque ellas cargan parasoles el calor aumenta, al caldearse la calle se caldea la cola y, en algún momento previo al mediodía, revienta el primer disgusto. Si la cava no ha llegado, si no hay señales de que llegue, si amenaza el día con que la carga no llegue nunca, el disgusto pica y se extiende. Ella lo asume, tranquila porque está acompañada y porque sabe que con embarazadas nadie se mete, pero sí presiente con claridad que, si no abren la puerta pronto, si no hay señales aunque sea leves de abastecimiento del local, el disgusto se va a convertir en otra cosa, y hay otra gente que realmente no respeta nada.

Asumamos que, con el sol en lo más alto del cielo, llega la cava sin contratiempos y abastece el local. Ella, que está entre los cien primeros, entra sin empujones, consigue un paquete de pañales, una harina y un champú -asumamos que es un buen día. Se retira con sus primas y se toma una tizana. Sube en un autobús atiborrado de seres humanos a quienes tratan como cerdos camino al matadero (excepto que a los cerdos no les cobran), va de pie, el conductor va elevado en otras instancias del espíritu, o en otras instancias de la mente -o sea, en el camino no está su atención, sólo la necesaria para no chocar de frente contra algún objeto inanimado. La música va alta, el sudor gotea que gotea, brazo contra brazo, camisetas empapadas, vaporones de alientos con hambre, y ella que todo lo ve y lo escucha aunque nadie le diga nada, ella que sabe el cansancio que traen todos porque se parece al suyo, ella que conoce el azoramiento del conductor y no le transmite ningún buen sentimiento, ella que sabe, porque lo ha visto, que así se muere la gente, por altas velocidades y malos temperamentos, ella que sabe que, en el peor de los casos, perdería una vida que le importa más -seamos sinceros- que la de cualquier otra persona en ese autobús. Respira para desacelerar el corazón, que no ha comido y una tizana poco espacio ocupa en el estómago. Por lo menos sabe que, si se desmaya, no caerá al piso, no hay suficiente espacio. Las bolsas pesan, las primas la ayudan, pero igual anda ensimismada, como ánima en pena buscando su tumba a las tres de la tarde, siente clarito las ondas de calor que emana el pavimento, la acarician como lenguas de fuego. Al llegar -al fin- a la casa se consigue con su marido echado viendo televisión y tomando una cerveza, fresco, despreocupado, desconectado.

¿Se imaginan el desenlace?

Y después dicen que son los cachos la primera causa de divorcio en el país.




04 enero, 2014

Sobre Feminismo

Por D. Salazar

La primera prueba de que el feminismo, como inclinación socio-político-activista, no vale mucho, es que no se puede decir algo como esto sin molestar a alguien.

Hermético ¿no?

Me explico.

Es difícil escribir sobre la homosexualidad sin declararse a favor o en contra. Es igual de difícil hablar de las drogas, del aborto o de la eutanasia sin hacer lo mismo. Sucede con todos los temas tabú. Cuando uno se declara a favor o en contra de algo, inevitablemente va a haber alguien –a veces mucha gente- que se declare a favor o en contra de ti. Y luego habrá disturbios en tu ciudad, los vecinos te querrán fuera del edificio porque las turbas enardecidas no los dejan ver la novela…

La diferencia es que ni la homosexualidad, ni las drogas, ni el aborto, ni la eutanasia son inclinaciones socio-político-activistas.

Cuando se trabaja para impulsar un proyecto, léase, el feminismo, es importante convencer, no condenar. Por lo tanto, si alguien sale por la calle diciendo que el feminismo no vale mucho no deberían tirarle piedras, ¿a que no? –dice la autora con cara de no romper un plato- más bien deberían llevarse a esa persona a tomar un café y contarle sobre las bondades de su inclinación.

El feminismo suele condenar a otros, tildándolos de machistas aferrados al sistema patriarcal que mantiene a las mujeres bajo el férreo yugo de cualquier cosa… Para que no te condenen, tienes que acompañarlos en su condena o, en el mejor de los casos, mantener una distancia prudencial.

Muy medieval y todo.

Las condenas son para los jueces. Los jueces son seres sobrehumanos e imparciales que no pueden tomar parte en las actividades que juzgan.

Probablemente dirán “bueno, pero no todos los activistas del feminismo son así, no puedes condenar una inclinación por las taras de quienes la apoyan… A fin de cuentas no eres juez”. Y tendrán razón.

Pero…

La segunda prueba de que el feminismo no vale mucho como activismo es que se desvía de la razón principal de su existencia.

Me explico.

El feminismo nace como propuesta de liberación femenina, principalmente buscando igualdad en derechos sociales y políticos, tratando de restituir la dignidad femenina, perdida desde los tiempos del oscurantismo católico apostólico.

Se aplaude sin duda.

Ahora, desde que las mujeres conseguimos igualdad social la lucha de los feministas se ha trastocado y a veces pareciera buscar escandalizar o poner a la mujer por encima del hombre.

Tampoco es la idea.

Yo soy persona. La cualidad de ser hombre o mujer es, en primer lugar, independiente de mi voluntad; y, en segundo lugar, no es ni malo ni bueno, sólo es.

Como personas todos tenemos igual dignidad. Todos los derechos, deberes, estatus político-cívico-militares que existen en el planeta están basados sobre la dignidad de ser persona, no sobre lo bonito que se ve el uniforme sobre mi cuerpo o el cargo frente a mi apellido en un carnet.

Es decir, buscar diferenciar al hombre y la mujer, a estas alturas del partido, no tiene sentido. Buscar decir que “las mujeres tienen derecho a…”, sí, está muy bien, pero somos las personas las que tenemos derecho a. Se puede estudiar lo que nos hace distintos para después contar los chistes malos de tu preferencia, pero no se puede diferenciar para hacernos parecer unos mejores que los otros.

Todos somos inevitablemente iguales.

Ahora veo fuera de la ventana a un grupo de activistas mujeres en topless haciendo escándalo y gritando “¡Retrógrada! ¡¿Qué pasa con las mutilaciones de clítoris y los matrimonios arreglados y los abortos y las violaciones?!”.

Y yo, calmada, les invito a tomar un café y les explico que, por supuesto, hay gente que hace cosas horribles, y deberían dejar de hacerlas; pero yo, pequeña persona en el mundo, creo que la respuesta no está en quemar sostenes a favor del feminismo, sino en entender la igualdad.

Ya por el segundo café les explicaría que la tercera razón por la que me parece que el feminismo no tiene punto es que las reglas sociales son siempre autoimpuestas.

Aprovechando el silencio que crea la frase dejada al aire, les diría que la cultura, con el paso de los años, bañada por filosofía y religión, ha creado las reglas por las cuales nos desenvolvemos.

Ejemplo: si las mujeres de medio oriente usan velo es porque su evolución social así lo ha dictaminado. Esa evolución social está basada en innumerables factores que se escapan de todo control. En otras palabras, si las mujeres de medio oriente usan velo es porque quieren usarlo.

Llegará el día, quizá, es posible, en el que se cansen de andar con la cara tapada, pero eso depende exclusivamente de ellas.

No puede imponerse valores de sociedades foráneas, sólo pueden irse absorbiendo poco a poco.

Es decir, las mujeres que usan velo verán a las occidentales y dirán “ay, qué bonitas se ven todas con sus caras destapadas, ¡yo también quiero!” y así, a la capitalista, absorberán una nueva costumbre, distinta de las anteriores. Algunas dejarán de utilizar el velo, otras lo seguirán usando, y todas hablarán mal las unas de las otras, y aprenderán a convivir con sus diferencias.

Condenar a una mujer de retrógrada y subyugada por utilizar un velo, por no querer abortar tras haber sufrido una violación, por permitir que a su hija la mutilen como sucedió con ella, no es la respuesta.

No somos jueces, sino gente convencida de que las personas son, en primer lugar, personas, y como tal somos todos, inevitablemente, iguales.