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29 octubre, 2017

La luna me está mirando, yo no sé lo que me ve.

Se nos va la vida señores.

Se nos va la vida y no entendemos por qué cae la lluvia, y por qué ladran los perros, y por qué tememos a la oscuridad.

Y entender esas cosas no hace que la vida no se nos vaya, pero logramos quitarle un gran mordisco antes de que termine de apagarse la luz.

En estos momentos cae una lluvia torrencial, se me moja el piso que limpié hoy, se empapa la ropa tendida recién lavada, se ensucia de barro la perra que bañé ayer. Y me siento tentada a pensar que es a propósito. Miro al cielo y cierro el puño y pregunto "¿qué hice yo, entonces? ¿qué me quieres decir?".


Claro... Nadie responde, porque nadie está tratando de decirme nada. Llovió y eso es todo. Llovió cuando no me lo esperaba y se perdió el trabajo que había hecho. Y no es culpa de nadie. Pero... a que a veces es difícil perdonar al cielo, aunque él no tenga la culpa...

Mejor tomarse un cafecito caliente, y ver las gotas caer de las sábanas limpias al piso, del techo a la grama; ver a la perra sonreir y menear la cola como un parabrisas sobre el barro, dejar que la tarde pase y la luz destiña y que hoy se convierta en ayer. No más preguntas existenciales para las que nadie tiene respuesta, no más temer a que se acabe el tiempo, porque el tiempo, señores, es la misma eternidad.

28 julio, 2016

Opinión N° 5: Cuestión de Entonación

-    Mamá, tengo hambre… Pero no es hambre, sólo, tú sabes, hambre.


La mamá de Caicara entiende, perfectamente, aunque no sabría explicarle a alguna amiga lo que su hija quiere decir con esa inflexión distinta que sostiene el verdadero sentido de esa hambre que tiene.


Acabo de devorar en dos horas el libro Ni tan Chéveres, ni tan Iguales, de la escritora Venezolana Gisela Kozak Rovero, gracias a un afortunado infortunio vial. Ante mi humilde criterio, ese libro es un buen análisis socio-lingüístico (uy, qué palabrota) de la sociedad venezolana, con la salvedad de que los Caraqueños (y me disculpan la generalización) suelen caracterizar al resto de los venezolanos según su propia idiosincrasia. Quiero decir, no todo el país puede entenderse bajo la lupa capitalina, aunque ello no le resta mucha verdad a todo lo que la autora asevera.


Pero éste no es un artículo sobre un buen libro –aunque sí, que sirva de recomendación-, sino sobre la inflexión en el hambre de Caicara.


En este rincón del mundo tenemos una particularidad: todo lo que somos proviene de retazos y pedazos encontrados en un barco hundido, a cuyos tripulantes desconocemos salvo por leyendas construidas sobre leyendas acuñadas por recuerdos orales de leyendas aún más difusas. Nuestros basamentos socio-culturales provienen del sueño de un sueño, y eso me parece maravilloso.


Pongo un ejemplo: hablamos español –¡Castizo!, grita mi abuela desde su descanso eterno. El Español no se inventó aquí, los académicos de la lengua no han permitido que sea modificado aquí, y ni siquiera es el idioma exclusivo que hablaron nuestros primeros pobladores, porque de exclusivo en la colonia no había nada. El idioma nos quedó gracias a un mandato legal justificado por la necesidad de demostración de poder sobre un territorio, pero aquí había –y hay, si queremos ser sinceros- docenas de lenguas indígenas, docenas de lenguas africanas y por lo menos seis lenguas europeas. Tomando en cuenta que la colonización finalizó –de facto- con la nacionalización del petróleo –quien no me crea, dese una vuelta por la arquitectura del boom petrolero en la costa oriental del Lago de Maracaibo- es desde hace muy poco que nos dejaron quietos para pensar en las palabras que utilizamos diariamente, derivadas, dicho sea de paso, de esa gran mezcolanza previa.


Pongo un segundo ejemplo: los africanos traídos a la fuerza por los colonizadores eran cuidadosamente repartidos en distintos barcos y entre distintos dueños, de manera que la cohesión tribal se perdiera en el viaje. El dueño del galeón pensaba “ni de broma los junto, porque se me alzan”. Al llegar a tierra, no había más de dos africanos de la misma tribu en el mismo sector, es decir que, con su libertad también se les fue al mar su ley, su idioma, su rango y puesto social, sus dioses protectores y su estructura general de la vida. Lo que quedó en este lado del mundo fue una serie de individuos desorganizados añorando un pasado, buscando un pasado, mirando hacia atrás, con la mirada hacia el océano infinito.


El resultado de esta situación, escuetamente ejemplificada, es que nuestros pilares están cundidos de comején. Constantemente intentamos construir sobre ellos, pero sólo tenemos éxito cuando reparamos el pilar fundamental.


Para retornar al inicio, la palabra hambre –para hacer el cuento largo, corto- viene de un latín digerido a lo largo de los siglos por los pueblos originarios de Europa. Y un Europeo haría un intento muy distinto de explicar esa inflexión de Caicara. Diría, quizá, como mi abuela Zuliana y, por ende, heredera de la semántica andaluza, “mamá, tengo apetito”, porque afirmar “tengo hambre” suena a desnutrición, hambruna, alerta de un pobre cuerpo que desfallecerá en breve si no se le administran los primeros auxilios. En fin, la niña tiene ganas de comer algo rico (de paso, rico es suntuoso, acomodado, acaudalado, aunque en este contexto signifique sabroso, divina coincidencia), pero su cuerpo está sano y, dado el caso, podría aguantar hasta la cena sin mayores consecuencias.


Explicamos, como herederos de tesoros inconexos, nuestros deseos y sentimientos utilizando un idioma que no nos pertenece, no son palabras nuestras. Un músico que crea una canción es libre de cambiarle las notas a su antojo y nadie va a decirle nada; al contrario, un músico que interpreta una canción ajena ¡cuidado! -¡Pilas!- con una modificación porque, depende de quién lo escuche, dirá que se equivocó o que le hizo un arreglo. Muy sutil y subjetivo el asunto. No puede una sociedad utilizar cómodamente un idioma ajeno. Tendemos a la mala ortografía, al uso incorrecto de las palabras (un vigilante de tienda me pidió permiso para visualizar mi bolso), a la inexacta colocación de los signos gramaticales (las casas generalmente “se venden”, así, entre comillas; no sé qué se hará realmente con la casa, debe ser un chiste interno). Tendemos también a los chistes de doble interpretación (pasó toda la tarde sembrando yuca) y a las inflexiones y muletillas que, generalmente, tienen perfecto sentido dentro de un grupo social reducido (va sié; ve qué molleja; sí, Luis; bicho, ¡Bicho!, biiiiicho; entre otras) pero para otros es una razón de levantamiento de ceja y risa nerviosa.


Explicamos, reitero, como Caicara, lo que realmente queremos con un tono y una cara más que con una palabra, utilizamos recursos de lo más primitivos y a la vez sutiles que escapan a cualquier texto escrito, por más habilidad que se tenga para la imitación del lenguaje coloquial, y eso me parece maravilloso. Lo considero un ejemplo de riqueza cultural de incalculable valor, porque pocas poblaciones pueden jactarse de una considerable diferencia entre un “Desgraciado” en un restaurante y un “dejgraciao” en el tráfico, o de poseer por lo menos cuatro acepciones distintas de la palabra “peo”.


En fin, como composición musical, nuestra jerga venezolana es mucho más colorida que su progenitora europea, y tiene todo el derecho de modificarse a su gusto.   


  

17 julio, 2016

Ya está bueno ya.

Salgamos un rato de aquí ¿les parece?

Observemos desde la ventana del tren todos esos periódicos, revistas, comentarios que revisamos a lo largo del día, donde encontramos sólo tormentos; mira cómo se van alejando esas personas que toleramos a fuerza de mucho morder la propia lengua; siente cómo cambia el aire de olor, de textura, de grosor. Ya lo cotidiano quedó envuelto en la bruma de la distancia, ya no se distingue, ya no puede hacerte ruido.

Este tres va a llevarte donde quieres estar, donde sueñas cada día con estar.

Mientras esperas, cómodo, relajado, sin dolor de cabeza, sin cuentas por pagar, sin papeles por entregar, acompañado, si quieres, de tus seres queridos, o en solitario, como te sientas mejor; mientras esperas, descansa. Relaja los músculos, suelta la mandíbula, afloja el ceño, despierta la mirada.

El paisaje cambia cada tanto. Puedes observarlo, puedes tomar nota, puedes dibujarlo o tomar fotografías. Puedes conversar con otros pasajeros, puedes comer lo que te ofrecen en el kiosko. En el tren existe la cortesía de lo gratuito, existe la amabilidad de la distancia, existe el respeto del silencio.

Pronto se hará de noche y te asignarán un vagón para dormir; puedes estar sólo o acompañado; puedes ver películas o escuchar música. Las camas son grandes, son cómodas, son mullidas y suaves; el movimiento del tren te sirve de arrullo.

La mañana siguiente encontrarás un desayuno servido: puedes comer lo que quieras y cuanto quieras, no va a costarte más, nadie va a quedar fallo porque comas doble, el tren está preparado para que todos se sacien. Pronto podrás bajar, turistear un poco por los al rededores, darte un buen baño en la playa, mojarte los pies en el helado cauce de un río, respirar las neblinas de la montaña. Pronto podrás caminar descalzo sobre tierra firme, lavarte la cara en un lago cundido de cisnes, colgarte de las ramas de un árbol en compañía de monos y guacamayas.

Falta aún para llegar al destino. Mientras estés en el tren, todo va sobre ruedas. Por llegar, no te preocupes, te aseguramos que vas a hacerlo. Mientras tanto, relájate, suelta el ceño, baja los hombros, baja la guardia, disfruta el viaje.


17 junio, 2016

Opinión N° 3: Pal Nolte

Pues sí, me voy de viaje.

(Yeeey)

Es curioso el sentimiento, y complejas las implicaciones. Intentaré ser explícita sin explayarme.

En primer lugar, viajo en avión y hacia el norte, y algo debe saber la CIA porque mi celular inteligente me está dando la temperatura y el clima de mi ciudad de destino, a pesar de que ni siquiera he llegado a la capital. Juro que no le conté a gúguel, no sé cómo se enteró.

No apruebo -para ser exacta, considero de muy mal gusto- que alguien recorra la alfombra roja del aeropuerto exclamando con sorna "al fin salgo desta mierd...". A gente así le digo: si usted vive en la mier, es problema suyo, pero no confunda su casa con mi tierra. Entiendo lo que quiere decir, y confieso que temo -paniqueo- al pensar en lo que me voy a conseguir allá afuera,  porque no es fácil vivir el contraste sin sufrir; contemplar impávida todas las cosas lindas que no somos, que no tenemos, que no sabemos lograr.

Luego me digo: contra la envidia, el orgullo. Acepto que mi deseo más sincero es agarrar todo lo limpio, ordenado, sosegado de la cultura del norte, guardarlo en la maleta y, al regreso, soltarlo todo, y que esos espíritus se apoderen de cada acera, de cada baño público cochino, de cada autobusero ostinado, de cada bachatero y reggaetonero, de cada flojo que espera que el mango le caiga de la mata para comer aunque tenga hambre, de cada mujer grosera con sus hijos... En fin, abriría una Caja de Pandora anglosajona y de clima templado en plena vorágine tropical.

(¿ah? ¿que ya eso se hizo antes? ¿en la conquista? No te creo...)

Al de la Caja lo castigaron los dioses, y bien feo.

No se puede arraigar un frailejón en Maracaibo, ni que le pongas aire acondicionado día y noche.

Lo que sí se puede es ver, absorber y aplicar. Apuesto el lado derecho de mi cerebro a que, de 100 que se quejan de la suciedad de un baño público, 98 no limpian por si mismos el baño de su casa. Lo hará la esposa, la señora de servicio, la mamá, pero no ellos.

A estas alturas, voy en un autobús -Romeo Santos mi eterno e indeseado anfitrión de viaje- hacia Caracas. Veo por la ventana cualquier cantidad de imágenes que borraría del paisaje si dios me pusiera a cargo del photoshop en este rincón de la matrix; son cosas tan simples como basura en las aceras -ojo, yo si barro en mi casa- o paredes deterioradas por el tiempo o por grafittis sin arte, cráteres en las calles que se convierten en charcos que se convierten en basureros que se convierten en mal olor...

Y luego llego a la Autopista, y veo esto:


Y digo: Venezuela es excelente, lo malo es uno.

Somos lo que somos, si nos queremos así, tal cual (ojo, querer es aceptar lo malo, no justificarlo y pretender que es bueno), empezaremos a ser mejores. Esa es mi teoría. Y dudo mucho que terminemos pareciéndonos a los de allá, sólo seremos mejores versiones de lo de aquí