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17 julio, 2016

Ya está bueno ya.

Salgamos un rato de aquí ¿les parece?

Observemos desde la ventana del tren todos esos periódicos, revistas, comentarios que revisamos a lo largo del día, donde encontramos sólo tormentos; mira cómo se van alejando esas personas que toleramos a fuerza de mucho morder la propia lengua; siente cómo cambia el aire de olor, de textura, de grosor. Ya lo cotidiano quedó envuelto en la bruma de la distancia, ya no se distingue, ya no puede hacerte ruido.

Este tres va a llevarte donde quieres estar, donde sueñas cada día con estar.

Mientras esperas, cómodo, relajado, sin dolor de cabeza, sin cuentas por pagar, sin papeles por entregar, acompañado, si quieres, de tus seres queridos, o en solitario, como te sientas mejor; mientras esperas, descansa. Relaja los músculos, suelta la mandíbula, afloja el ceño, despierta la mirada.

El paisaje cambia cada tanto. Puedes observarlo, puedes tomar nota, puedes dibujarlo o tomar fotografías. Puedes conversar con otros pasajeros, puedes comer lo que te ofrecen en el kiosko. En el tren existe la cortesía de lo gratuito, existe la amabilidad de la distancia, existe el respeto del silencio.

Pronto se hará de noche y te asignarán un vagón para dormir; puedes estar sólo o acompañado; puedes ver películas o escuchar música. Las camas son grandes, son cómodas, son mullidas y suaves; el movimiento del tren te sirve de arrullo.

La mañana siguiente encontrarás un desayuno servido: puedes comer lo que quieras y cuanto quieras, no va a costarte más, nadie va a quedar fallo porque comas doble, el tren está preparado para que todos se sacien. Pronto podrás bajar, turistear un poco por los al rededores, darte un buen baño en la playa, mojarte los pies en el helado cauce de un río, respirar las neblinas de la montaña. Pronto podrás caminar descalzo sobre tierra firme, lavarte la cara en un lago cundido de cisnes, colgarte de las ramas de un árbol en compañía de monos y guacamayas.

Falta aún para llegar al destino. Mientras estés en el tren, todo va sobre ruedas. Por llegar, no te preocupes, te aseguramos que vas a hacerlo. Mientras tanto, relájate, suelta el ceño, baja los hombros, baja la guardia, disfruta el viaje.


10 julio, 2016

El Embarazo en Venezuela (Pt. 2)

Ahora veamos un ejemplo de venezolana que, a pie, no anda mucho.

Asumamos que tiene algunos meses de embarazo, suficientes para que la barriga comience a cambiar su centro de gravedad. Asumamos que está felizmente casada, trabaja, tiene carro y no hace cola, sino que su mamá o alguna tía le hace el favor, señora de servicio de por medio, de conseguirle los productos regulados en aquellos lugares donde la regulación no alcanza. Esa misma señora de servicio le lava la ropa -suya y de su esposo- en casa de la mamá. Como quien dice, preocupaciones tiene muy pocas.

Ella llega a su oficina en la mañana, vistiendo algo que la ayuda a sobrellevar con gracia su incipiente gravidez, pero aún con tacones. Mientras trabaja y toma un té verde escucha a las secretarias conversando con los motorizados conversando con los mensajeros conversando con los vigilantes conversando con las señoras de la limpieza... Durante todo el día, seis horas de trabajo y dos de almuerzo, el tema es el mismo: lo que subió de precio, lo que ya no hay, lo que ya no alcanza; que a una le mataron al sobrino, que a la otra se le murió la tía por falta de atención hospitalaria, que a la de allá no le han pagado la pensión y lleva dos semanas comiendo pura sopa. Si conversa con sus colegas, también se repite un mismo son: el precio del dólar, se le metieron en la casa al tío para robarlo, secuestraron al cuñado de este para cobrar rescate, pilas con la camioneta que las andan cazando, mosca cuando abra y cierre las rejas del edificio, mire bien al que tiene al lado que usted no sabe, no confíe en nadie y menos ahora que va a traer una vida al mundo -pobrecito, él no pidió nacer...

Total que se queda las últimas dos horas dentro de su cubículo, engullendo chocolates a escondidas. Si llama a su mamá, la cantaleta es la misma; si llama al esposo, va a contestarle la secretaria -mosquita muerta al mejor estilo de Venevisión- la mordida de los celos no va a dejarla en paz hasta que arme un lío por cualquier cosa. Revisa por enésima vez la lista de los colegios para el bebé, cuyo sexo desconoce aún, y recuerda que tiene entrevista el viernes a ver si ella, y por consiguiente el niño, es aceptado.

Suspira y decide irse temprano. Llega a su casa adelantada y aprovecha para darse un baño y embadurnarse en cremas antiestrías, antienvejecimiento, antiengorde, anti todo. El esposo llega cansado, se hecha a ver las noticias. Todo lo que escuchó en boca de chisme durante el día se repite en el monitor. Mientras prepara una cena sencilla aventura un pensamiento en voz alta, "¿amor, y si nos vamos del país?".

La casa se prende en candela, porque ella cree que la plata crece en los árboles, aunque él no la saca desde hace meses, pero es que la situación no está para andar saliendo, y ya que estamos tampoco la toca desde hace meses, y ya sale ella con el tema otra vez, tú como que tienes un jujú con la secretaria, a no, es que el embarazo la está volviendo loca... El marido se va de la casa molesto y la deja con la cena en la mesa, la palabra en la boca y un bebé retorciéndose de disgusto en su vientre.

Y si llama a la mamá va a decirle que así son los hombres, que lo deje quieto, ya verá como se le pasa. Y ella pensará, sin decirlo, y a mí ¿cuándo se me va a pasar?