Recaigo en las noticias como quien recae en las drogas. Son veneno que sólo se busca para que patee la lengua -el cerebro, el cuerpo entero- un rato y nos saque de un letargo ensordecedor.
Muy poético ¿no?
Si debo ser sincera, conmigo misma y con quien pueda leer esto allá afuera en el vasto mundo, debo reconocer que leo periódicos -digitales, claro- en busca del desastre, en busca de la semilla del caos que ha de explotar, según yo, a como de lugar.
¿Le sucede esto a alguien más? ¿O soy yo la única psicópata?
Me parece que leo noticias cuando estoy buscándole el talón a algún Aquiles en particular; cuando, con ánimos de destrucción, miro lo que me rodea, y no encuentro puntos débiles. Cualquier tabloide me va a dar la respuesta temporal que busco, uno que diga que el General Nosequién se pronunció en descontento, o que consiguieron al Diputado Cualquiercosa recibiendo dádivas bajo cuerda. Semillas de destrucción que, seamos de nuevo muy sinceros, no van a destruir nada -salvo nuestros nervios colectivos.
No vengan a decirme que, cuando están de mal humor, buscan leer el periódico para alegrarse.
En serio ¿alguien concuerda conmigo? ¿O tengo que culpar a las hormonas de unos desvaríos que saben a verdad pura?
En mi humilde opinión, el mundo es lo mismo que cuando comenzó, los hombres y mujeres somos los mismos, tenemos los mismos tumbaos, nos carcomen los mismos miedos, sólo que ahora somos más, muchísimos más, y el resuello mutuo nos causa un poco de histeria. Es decir, no hay noticia que no haya sido cuento viejo antes de nacer.
En momentos como hoy, cuando hay ganas de romper cosas, mejor salir al aire libre, poner unos cuantos metros cuadrados entre tú y todo lo demás. Mejor buscar la manera de respirar tranquilos el aire limpio -donde se pueda.
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13 agosto, 2016
Opinión N° 8: La Histeria y los Tabloides
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10 agosto, 2016
Opinión N° 7: El Miedo y Yo
Tuve una larga conversación, hace unos meses, con uno de mis
hermanos. Está a punto de comenzar la universidad. Su rostro y sus gestos
trajeron a mi memoria mi propia emocionada y ciega personita cuando, a los
diecinueve años, me fui de la casa para conocer otros horizontes.
El punto culminante de la conversación entre mi hermano y yo
fue una semilla de idea que quise plantar en su cerebro, y ojalá lo haya
logrado. Le dije: tienes dos opciones, tienes fe en dios o tienes fe en ti
mismo, pero debes tener fe en algo.
No sé a ciencia cierta si esa semilla germinó. Mi intención
no era alejarlo del ateísmo ni convertirlo en un devoto espectador de milagros,
sólo quería que aprendiera lo que es la fe. Hoy, meses después, me doy cuenta
que tuve dos razones reales para hacerlo. La primera es la certeza de que, a lo
largo de su vida, caerán noches lúgubres sobre su razonamiento, y no podrá ver
luz al final del túnel –a todos nos pasa, ¿cierto? De lo contrario, no
existirían los templos ni los sacerdotes ni los gurús ni los derviches ni la
meditación. La segunda, más inconsciente, es que yo misma necesitaba conversar
sobre la fe. No podía preguntarle a mi hermano ¿a quién le rezas tú?, porque me
respondería que no cree en dios, y yo no sabría explicarle que eso no tiene
nada que ver. No puedo preguntarle a mi madre a quién le reza, porque ella es
Católica y yo llevo años trabajando en una profunda limpieza iconográfica
mental, es decir, yo forjo mis propios ídolos. Algo me dice que, si le
preguntara, su respuesta se parecería mucho a la mía.
La fe tiene la propiedad de funcionar como una vela.
Anoche
sucedió algo muy particular. En la ciudad/pueblo donde vivo con mi pareja, mis
muchos gatos, y mi bebé por nacer, hubo una ola de saqueos. Comenzó a las once
de la noche del día anterior, se escuchaba revuelo mas no desorden.
Luego,
durante el día, pude observar algunas turbas corriendo hacia camiones cargados
de huevos o de pollo, la policía y la guardia nacional rondaban las calles
tratando de dispersar a los grupos violentos, seguí de cerca las noticias sobre
galpones y panaderías asoladas por grandes grupos de gente, ya no personas sino
masas ¿enardecidas? ¿enaltecidas? ¿azuzadas? ¿organizadas? Creo que no lo sabré
jamás.
El hecho es que el día pasó lento y tenso por la ventana.
Cada quien se había encerrado en su casa antes del anochecer. No se escuchó
nada más en las noticias. A eso de las diez, mientras me preparaba una avena,
tuve que bajar el volumen de la música porque escuchaba ruidos inconexos desde
afuera. Voces, gritos, disparos bajando por las calles como un río. A pesar de
haber estado entre paredes, con las puertas bajo llave, con las ventanas
cerradas, las luces exteriores apagadas; a pesar de haber estado en un “sitio
seguro” sentí un miedo nuevo, recién sacado del paquete.
Durante mis años de universidad participé en distintos
eventos políticos, más por curiosidad que por afinidad, debo admitir –aún hoy
no siento afinidad por ningún bando
político, así como no la siento por ningún grupo religioso. Más de una vez
estuve expuesta a un peligro más o menos controlado, compuesto por gas
lacrimógeno, perdigones, gente desaforada en las calles, todo coronado por una
falta de sentido de auto preservación. Descubrí que cuando los padres le dicen
a uno “cuídate”, realmente lo piden, casi que lo imploran, porque saben que uno
no está muy claro en lo que eso significa.
Anoche, sentada en una improvisada butaca dentro de mi
cocina, esperando que cesaran los tiros, aprendí una o dos cosas sobre la auto
preservación que mis años de correrías callejeras no pudieron nunca enseñarme:
uno no teme por sí, sino por lo que ama. La fe, esa velita, no está, sino que
se enciende cuando hace falta. La fe en mi misma, en ese momento, no iba a
salvar ni a mi pareja ni a mi bebé en caso de que alguien quisiera, por el
motivo que fuese, hacernos daño.
Tras mucho hablar, mucho moverme, mucho comer avena –sin azúcar-
compulsivamente hasta que, una hora y pico después, cesaron los gritos, entendí
por qué la primera lección que mi madre decidió darme fue el rezo. A la hora de
la chiquita, como diría ella misma, es lo único que se puede hacer: rezar para
que no pase nada malo.
Mi hermano no vive aquí, él no sabe lo que es ni un atraco
ni un saqueo; él va a la universidad en un país con otros bemoles –todos los
tienen. Sólo quisiera que, a la hora de la chiquita, elija siempre auto preservación
y nunca el pánico.
¿A quién le rezo yo? Eso no es problema de nadie.
¿A quién le rezas tú? Es una pregunta irrelevante.
Anoche aprendí a encender velas por alguien distinto a mí.
Me quedan algunos meses para terminar de comprender lo que eso significa. Por ahora entiendo que no es cobardía, como lo llamaba antes, sino sensatez.
Otra cosa que descubrí anoche, y quizá no sea la última, es que, si no hubiese sentido miedo, hubiese salido a la calle a ver más de cerca.
No sé qué extraer de eso.
30 julio, 2016
Opinión N° 6: ¡A-zú-car!
Me pasó algo curioso hoy.
No que a nadie le importe, pero igual lo cuento, por si a alguien le suena interesante.
Una pista: No tiene nada que ver con Celia Cruz.
Sucedió que me encontraba en un terminal de autobuses del interior, a eso de las ocho de la mañana. Mi pareja (este ciudadano) y yo nos habíamos llevado un desayuno abundante y delicioso cuyas particularidades me ahorraré (porque si comienzo a escribir sobre comida me dará hambre y, pues... no quiero). Al terminar de comer, mis ojos buscaron instintivamente entre las chucherías del kiosko, buscando algo que apeteciera a mi paladar.
Primera nota importante: Hambre, lo que se llama hambre, no tenía. (ver el artículo de antier sobre algo parecido, pero no igual).
Finalmente mis ojos encontraron algo: Brownies. Y con punto de venta disponible. La gloria, pues, o algo muy parecido a ella.
Me acerqué como quien no quiere la cosa y pregunté "señora, ¿a cuánto los brownies?". Ella respondió, "550".
Rápido cálculo mental, seguido por recolección de memorias recientes sobre precios de cosas dulces, otro rápido cálculo mental. "Deme uno" concluí.
Segunda nota importante: Hace más o menos un mes que mi pareja y yo tomamos -robamos- las bolsitas de azúcar de cualquier panadería donde caigamos buscando café con leche porque se nos acabo el azúcar de la casa y, pues, no conseguimos (se agradece no juzgar). Eso quiere decir que, desde hace más o menos un mes, no bebo ni como nada que contenga azúcar refinada. Los precios de tortas, bizcochos, galletas, polvorosas, golfeados y afines, por el momento, son prohibitivos para mi bolsillo, así que nada, café con miel en mi casa, o café sin nada, punto, no se admiten quejas.
Pero hoy andaba de buen humor, y hace poco había cobrado algo, así que me dije, ¿por qué no?
Tercera nota importante: Estaba muy sabroso el brownie. No provocaba compartirlo -no lo hice.
Ahora paso a la fase curiosa de la experiencia.
Durante el resto del día no cesé de buscar dulce donde quiera que fuese. A pesar de haberme acostumbrado a tomar café sin azúcar en la calle para poder sustraer -robar- las bolsitas de azúcar, no pude evitar utilizar una para endulzar un café que no lo requería. No contenta con eso, la vista de un pan con chocolate que un amigo (este ciudadano) estaba comiendo, me hacía agua la boca, me ponía inquieta y lograba que mi vista -de nuevo y con menos dinero que esa mañana- buscara desesperada algo de ¡dulce-dulce-dulce, loqueseaaaaaaaaaaa!
En el siglo XIX hubiese parado en un sanatorio.
Cuarta nota importante: Hacía mucho tiempo que esto no me sucedía. Ni mi barriga ni mi boca buscaban comer dulce a como de lugar desde mucho antes que se acabara el azúcar en mi casa; podía pasar impávida junto a los chocolates con sobreprecio que antes acostumbraba a comer a diario. No sentía ni cosquillas.
Y no quiero implicar, querido lector, que aquel brownie mañanero tuviese alguna droga. En lo absoluto. Pero sí admito que estaba dulcísimo. De hecho, eso fue una de las razones que hicieron que lo devorara en menos de dos minutos (eso y que llamaban ¡Los Teques! ¡Los Teques! ¡Pasaje en mano! desde la puerta de embarque).
Hay un gran movimiento de información que busca crear conciencia en las personas acerca de disminuir el consumo de azúcares refinados en la dieta diaria. No voy a ahondar, no soy dietista, nutricionista ni nada parecido -y, francamente, no tengo moral tampoco. Leí un artículo interesante aquí, lo comparto para quien se sienta interesado en el asunto.
Hubo una época durante mi infancia en la cual tomaba dos refrescos de lata diarios. Luego vino otra marcada por desayunos de chocolate, nescafé y cigarrillos. Finalmente llegó una larga época de gastritis que marcó el cambio que mi pobre y golpeado metabolismo necesitaba.
Quinta y última nota importante: Del pasado reciente agradezco profundamente dos cosas. La primera es que aprendí a valorar algo tan simple como una arepa con mantequilla y queso rallado. La segunda es que aprendí a distinguir entre el hambre y las ganas de comer -no es bueno dejar que se junten, no lo hagan. Complacer ganas de comer vacías es el equivalente de comprarle un perrito nuevo a tu hijo cada vez que se le muere el anterior por falta de cuidados, no va a terminar bien.
El azúcar de esta mañana aún me tiene el cerebro picado, traté de matar las ansias con una guayaba, y más o menos ha funcionado.
La opinión, finalmente, que quiero expresar es la siguiente: Me alegro mucho de que falte todo aquello que no es necesario, así nos damos cuenta y lo dejamos de extrañar.
No que a nadie le importe, pero igual lo cuento, por si a alguien le suena interesante.
Sucedió que me encontraba en un terminal de autobuses del interior, a eso de las ocho de la mañana. Mi pareja (este ciudadano) y yo nos habíamos llevado un desayuno abundante y delicioso cuyas particularidades me ahorraré (porque si comienzo a escribir sobre comida me dará hambre y, pues... no quiero). Al terminar de comer, mis ojos buscaron instintivamente entre las chucherías del kiosko, buscando algo que apeteciera a mi paladar.
Primera nota importante: Hambre, lo que se llama hambre, no tenía. (ver el artículo de antier sobre algo parecido, pero no igual).
Finalmente mis ojos encontraron algo: Brownies. Y con punto de venta disponible. La gloria, pues, o algo muy parecido a ella.
Me acerqué como quien no quiere la cosa y pregunté "señora, ¿a cuánto los brownies?". Ella respondió, "550".
Rápido cálculo mental, seguido por recolección de memorias recientes sobre precios de cosas dulces, otro rápido cálculo mental. "Deme uno" concluí.
Segunda nota importante: Hace más o menos un mes que mi pareja y yo tomamos -robamos- las bolsitas de azúcar de cualquier panadería donde caigamos buscando café con leche porque se nos acabo el azúcar de la casa y, pues, no conseguimos (se agradece no juzgar). Eso quiere decir que, desde hace más o menos un mes, no bebo ni como nada que contenga azúcar refinada. Los precios de tortas, bizcochos, galletas, polvorosas, golfeados y afines, por el momento, son prohibitivos para mi bolsillo, así que nada, café con miel en mi casa, o café sin nada, punto, no se admiten quejas.
Pero hoy andaba de buen humor, y hace poco había cobrado algo, así que me dije, ¿por qué no?
Tercera nota importante: Estaba muy sabroso el brownie. No provocaba compartirlo -no lo hice.
Ahora paso a la fase curiosa de la experiencia.
Durante el resto del día no cesé de buscar dulce donde quiera que fuese. A pesar de haberme acostumbrado a tomar café sin azúcar en la calle para poder sustraer -robar- las bolsitas de azúcar, no pude evitar utilizar una para endulzar un café que no lo requería. No contenta con eso, la vista de un pan con chocolate que un amigo (este ciudadano) estaba comiendo, me hacía agua la boca, me ponía inquieta y lograba que mi vista -de nuevo y con menos dinero que esa mañana- buscara desesperada algo de ¡dulce-dulce-dulce, loqueseaaaaaaaaaaa!
En el siglo XIX hubiese parado en un sanatorio.
Cuarta nota importante: Hacía mucho tiempo que esto no me sucedía. Ni mi barriga ni mi boca buscaban comer dulce a como de lugar desde mucho antes que se acabara el azúcar en mi casa; podía pasar impávida junto a los chocolates con sobreprecio que antes acostumbraba a comer a diario. No sentía ni cosquillas.
Y no quiero implicar, querido lector, que aquel brownie mañanero tuviese alguna droga. En lo absoluto. Pero sí admito que estaba dulcísimo. De hecho, eso fue una de las razones que hicieron que lo devorara en menos de dos minutos (eso y que llamaban ¡Los Teques! ¡Los Teques! ¡Pasaje en mano! desde la puerta de embarque).
Hay un gran movimiento de información que busca crear conciencia en las personas acerca de disminuir el consumo de azúcares refinados en la dieta diaria. No voy a ahondar, no soy dietista, nutricionista ni nada parecido -y, francamente, no tengo moral tampoco. Leí un artículo interesante aquí, lo comparto para quien se sienta interesado en el asunto.
Hubo una época durante mi infancia en la cual tomaba dos refrescos de lata diarios. Luego vino otra marcada por desayunos de chocolate, nescafé y cigarrillos. Finalmente llegó una larga época de gastritis que marcó el cambio que mi pobre y golpeado metabolismo necesitaba.
Quinta y última nota importante: Del pasado reciente agradezco profundamente dos cosas. La primera es que aprendí a valorar algo tan simple como una arepa con mantequilla y queso rallado. La segunda es que aprendí a distinguir entre el hambre y las ganas de comer -no es bueno dejar que se junten, no lo hagan. Complacer ganas de comer vacías es el equivalente de comprarle un perrito nuevo a tu hijo cada vez que se le muere el anterior por falta de cuidados, no va a terminar bien.
El azúcar de esta mañana aún me tiene el cerebro picado, traté de matar las ansias con una guayaba, y más o menos ha funcionado.
La opinión, finalmente, que quiero expresar es la siguiente: Me alegro mucho de que falte todo aquello que no es necesario, así nos damos cuenta y lo dejamos de extrañar.
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