Recaigo en las noticias como quien recae en las drogas. Son veneno que sólo se busca para que patee la lengua -el cerebro, el cuerpo entero- un rato y nos saque de un letargo ensordecedor.
Muy poético ¿no?
Si debo ser sincera, conmigo misma y con quien pueda leer esto allá afuera en el vasto mundo, debo reconocer que leo periódicos -digitales, claro- en busca del desastre, en busca de la semilla del caos que ha de explotar, según yo, a como de lugar.
¿Le sucede esto a alguien más? ¿O soy yo la única psicópata?
Me parece que leo noticias cuando estoy buscándole el talón a algún Aquiles en particular; cuando, con ánimos de destrucción, miro lo que me rodea, y no encuentro puntos débiles. Cualquier tabloide me va a dar la respuesta temporal que busco, uno que diga que el General Nosequién se pronunció en descontento, o que consiguieron al Diputado Cualquiercosa recibiendo dádivas bajo cuerda. Semillas de destrucción que, seamos de nuevo muy sinceros, no van a destruir nada -salvo nuestros nervios colectivos.
No vengan a decirme que, cuando están de mal humor, buscan leer el periódico para alegrarse.
En serio ¿alguien concuerda conmigo? ¿O tengo que culpar a las hormonas de unos desvaríos que saben a verdad pura?
En mi humilde opinión, el mundo es lo mismo que cuando comenzó, los hombres y mujeres somos los mismos, tenemos los mismos tumbaos, nos carcomen los mismos miedos, sólo que ahora somos más, muchísimos más, y el resuello mutuo nos causa un poco de histeria. Es decir, no hay noticia que no haya sido cuento viejo antes de nacer.
En momentos como hoy, cuando hay ganas de romper cosas, mejor salir al aire libre, poner unos cuantos metros cuadrados entre tú y todo lo demás. Mejor buscar la manera de respirar tranquilos el aire limpio -donde se pueda.
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13 agosto, 2016
Opinión N° 8: La Histeria y los Tabloides
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30 julio, 2016
Opinión N° 6: ¡A-zú-car!
Me pasó algo curioso hoy.
No que a nadie le importe, pero igual lo cuento, por si a alguien le suena interesante.
Una pista: No tiene nada que ver con Celia Cruz.
Sucedió que me encontraba en un terminal de autobuses del interior, a eso de las ocho de la mañana. Mi pareja (este ciudadano) y yo nos habíamos llevado un desayuno abundante y delicioso cuyas particularidades me ahorraré (porque si comienzo a escribir sobre comida me dará hambre y, pues... no quiero). Al terminar de comer, mis ojos buscaron instintivamente entre las chucherías del kiosko, buscando algo que apeteciera a mi paladar.
Primera nota importante: Hambre, lo que se llama hambre, no tenía. (ver el artículo de antier sobre algo parecido, pero no igual).
Finalmente mis ojos encontraron algo: Brownies. Y con punto de venta disponible. La gloria, pues, o algo muy parecido a ella.
Me acerqué como quien no quiere la cosa y pregunté "señora, ¿a cuánto los brownies?". Ella respondió, "550".
Rápido cálculo mental, seguido por recolección de memorias recientes sobre precios de cosas dulces, otro rápido cálculo mental. "Deme uno" concluí.
Segunda nota importante: Hace más o menos un mes que mi pareja y yo tomamos -robamos- las bolsitas de azúcar de cualquier panadería donde caigamos buscando café con leche porque se nos acabo el azúcar de la casa y, pues, no conseguimos (se agradece no juzgar). Eso quiere decir que, desde hace más o menos un mes, no bebo ni como nada que contenga azúcar refinada. Los precios de tortas, bizcochos, galletas, polvorosas, golfeados y afines, por el momento, son prohibitivos para mi bolsillo, así que nada, café con miel en mi casa, o café sin nada, punto, no se admiten quejas.
Pero hoy andaba de buen humor, y hace poco había cobrado algo, así que me dije, ¿por qué no?
Tercera nota importante: Estaba muy sabroso el brownie. No provocaba compartirlo -no lo hice.
Ahora paso a la fase curiosa de la experiencia.
Durante el resto del día no cesé de buscar dulce donde quiera que fuese. A pesar de haberme acostumbrado a tomar café sin azúcar en la calle para poder sustraer -robar- las bolsitas de azúcar, no pude evitar utilizar una para endulzar un café que no lo requería. No contenta con eso, la vista de un pan con chocolate que un amigo (este ciudadano) estaba comiendo, me hacía agua la boca, me ponía inquieta y lograba que mi vista -de nuevo y con menos dinero que esa mañana- buscara desesperada algo de ¡dulce-dulce-dulce, loqueseaaaaaaaaaaa!
En el siglo XIX hubiese parado en un sanatorio.
Cuarta nota importante: Hacía mucho tiempo que esto no me sucedía. Ni mi barriga ni mi boca buscaban comer dulce a como de lugar desde mucho antes que se acabara el azúcar en mi casa; podía pasar impávida junto a los chocolates con sobreprecio que antes acostumbraba a comer a diario. No sentía ni cosquillas.
Y no quiero implicar, querido lector, que aquel brownie mañanero tuviese alguna droga. En lo absoluto. Pero sí admito que estaba dulcísimo. De hecho, eso fue una de las razones que hicieron que lo devorara en menos de dos minutos (eso y que llamaban ¡Los Teques! ¡Los Teques! ¡Pasaje en mano! desde la puerta de embarque).
Hay un gran movimiento de información que busca crear conciencia en las personas acerca de disminuir el consumo de azúcares refinados en la dieta diaria. No voy a ahondar, no soy dietista, nutricionista ni nada parecido -y, francamente, no tengo moral tampoco. Leí un artículo interesante aquí, lo comparto para quien se sienta interesado en el asunto.
Hubo una época durante mi infancia en la cual tomaba dos refrescos de lata diarios. Luego vino otra marcada por desayunos de chocolate, nescafé y cigarrillos. Finalmente llegó una larga época de gastritis que marcó el cambio que mi pobre y golpeado metabolismo necesitaba.
Quinta y última nota importante: Del pasado reciente agradezco profundamente dos cosas. La primera es que aprendí a valorar algo tan simple como una arepa con mantequilla y queso rallado. La segunda es que aprendí a distinguir entre el hambre y las ganas de comer -no es bueno dejar que se junten, no lo hagan. Complacer ganas de comer vacías es el equivalente de comprarle un perrito nuevo a tu hijo cada vez que se le muere el anterior por falta de cuidados, no va a terminar bien.
El azúcar de esta mañana aún me tiene el cerebro picado, traté de matar las ansias con una guayaba, y más o menos ha funcionado.
La opinión, finalmente, que quiero expresar es la siguiente: Me alegro mucho de que falte todo aquello que no es necesario, así nos damos cuenta y lo dejamos de extrañar.
No que a nadie le importe, pero igual lo cuento, por si a alguien le suena interesante.
Sucedió que me encontraba en un terminal de autobuses del interior, a eso de las ocho de la mañana. Mi pareja (este ciudadano) y yo nos habíamos llevado un desayuno abundante y delicioso cuyas particularidades me ahorraré (porque si comienzo a escribir sobre comida me dará hambre y, pues... no quiero). Al terminar de comer, mis ojos buscaron instintivamente entre las chucherías del kiosko, buscando algo que apeteciera a mi paladar.
Primera nota importante: Hambre, lo que se llama hambre, no tenía. (ver el artículo de antier sobre algo parecido, pero no igual).
Finalmente mis ojos encontraron algo: Brownies. Y con punto de venta disponible. La gloria, pues, o algo muy parecido a ella.
Me acerqué como quien no quiere la cosa y pregunté "señora, ¿a cuánto los brownies?". Ella respondió, "550".
Rápido cálculo mental, seguido por recolección de memorias recientes sobre precios de cosas dulces, otro rápido cálculo mental. "Deme uno" concluí.
Segunda nota importante: Hace más o menos un mes que mi pareja y yo tomamos -robamos- las bolsitas de azúcar de cualquier panadería donde caigamos buscando café con leche porque se nos acabo el azúcar de la casa y, pues, no conseguimos (se agradece no juzgar). Eso quiere decir que, desde hace más o menos un mes, no bebo ni como nada que contenga azúcar refinada. Los precios de tortas, bizcochos, galletas, polvorosas, golfeados y afines, por el momento, son prohibitivos para mi bolsillo, así que nada, café con miel en mi casa, o café sin nada, punto, no se admiten quejas.
Pero hoy andaba de buen humor, y hace poco había cobrado algo, así que me dije, ¿por qué no?
Tercera nota importante: Estaba muy sabroso el brownie. No provocaba compartirlo -no lo hice.
Ahora paso a la fase curiosa de la experiencia.
Durante el resto del día no cesé de buscar dulce donde quiera que fuese. A pesar de haberme acostumbrado a tomar café sin azúcar en la calle para poder sustraer -robar- las bolsitas de azúcar, no pude evitar utilizar una para endulzar un café que no lo requería. No contenta con eso, la vista de un pan con chocolate que un amigo (este ciudadano) estaba comiendo, me hacía agua la boca, me ponía inquieta y lograba que mi vista -de nuevo y con menos dinero que esa mañana- buscara desesperada algo de ¡dulce-dulce-dulce, loqueseaaaaaaaaaaa!
En el siglo XIX hubiese parado en un sanatorio.
Cuarta nota importante: Hacía mucho tiempo que esto no me sucedía. Ni mi barriga ni mi boca buscaban comer dulce a como de lugar desde mucho antes que se acabara el azúcar en mi casa; podía pasar impávida junto a los chocolates con sobreprecio que antes acostumbraba a comer a diario. No sentía ni cosquillas.
Y no quiero implicar, querido lector, que aquel brownie mañanero tuviese alguna droga. En lo absoluto. Pero sí admito que estaba dulcísimo. De hecho, eso fue una de las razones que hicieron que lo devorara en menos de dos minutos (eso y que llamaban ¡Los Teques! ¡Los Teques! ¡Pasaje en mano! desde la puerta de embarque).
Hay un gran movimiento de información que busca crear conciencia en las personas acerca de disminuir el consumo de azúcares refinados en la dieta diaria. No voy a ahondar, no soy dietista, nutricionista ni nada parecido -y, francamente, no tengo moral tampoco. Leí un artículo interesante aquí, lo comparto para quien se sienta interesado en el asunto.
Hubo una época durante mi infancia en la cual tomaba dos refrescos de lata diarios. Luego vino otra marcada por desayunos de chocolate, nescafé y cigarrillos. Finalmente llegó una larga época de gastritis que marcó el cambio que mi pobre y golpeado metabolismo necesitaba.
Quinta y última nota importante: Del pasado reciente agradezco profundamente dos cosas. La primera es que aprendí a valorar algo tan simple como una arepa con mantequilla y queso rallado. La segunda es que aprendí a distinguir entre el hambre y las ganas de comer -no es bueno dejar que se junten, no lo hagan. Complacer ganas de comer vacías es el equivalente de comprarle un perrito nuevo a tu hijo cada vez que se le muere el anterior por falta de cuidados, no va a terminar bien.
El azúcar de esta mañana aún me tiene el cerebro picado, traté de matar las ansias con una guayaba, y más o menos ha funcionado.
La opinión, finalmente, que quiero expresar es la siguiente: Me alegro mucho de que falte todo aquello que no es necesario, así nos damos cuenta y lo dejamos de extrañar.
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09 julio, 2016
El Embarazo en Venezuela (Pt. 1)
No vengo a hablar sobre la dificultad de conseguir pañales ni a arengar sobre la escasez de leche. Me interesa comentar los efectos de ese sexto sentido, esas antenitas que se nos desarrollan a las mujeres cuando quedamos embarazadas, esa sensibilidad de espíritu, mente y materia que nos hace conocer lo incognoscible y presentir hasta lo más velado de la consciencia ajena.
(Y, antes de que lo pregunten; no, no estoy hablando de los ataques de celos aleatorios que inevitablemente cobrarán algunas victimas).
Consideremos a una Venezolana de a pie. Asumamos que es el día de su cédula para la compra de productos regulados; asumamos también que tiene algunos contactos estratégicos para no perder -o perder menos- tiempo. Ella sale ese día antes que amanezca, aprovechando que el fresquito de la madrugada y la soledad de las calles le hacen bien al ánimo, se consigue con sus primas en la esquina y agarra el bus vacío. Se quedan las tres en el hipermercado, ella feliz comentando la barriga y sus efectos, todas despliegan sus sillitas de aluminio y charlan hasta darle la bienvenida al sol. Correrán tres pacíficas horas de parloteo y fraternales enlaces; luego el sol comenzará a apretar, aunque ellas cargan parasoles el calor aumenta, al caldearse la calle se caldea la cola y, en algún momento previo al mediodía, revienta el primer disgusto. Si la cava no ha llegado, si no hay señales de que llegue, si amenaza el día con que la carga no llegue nunca, el disgusto pica y se extiende. Ella lo asume, tranquila porque está acompañada y porque sabe que con embarazadas nadie se mete, pero sí presiente con claridad que, si no abren la puerta pronto, si no hay señales aunque sea leves de abastecimiento del local, el disgusto se va a convertir en otra cosa, y hay otra gente que realmente no respeta nada.
Asumamos que, con el sol en lo más alto del cielo, llega la cava sin contratiempos y abastece el local. Ella, que está entre los cien primeros, entra sin empujones, consigue un paquete de pañales, una harina y un champú -asumamos que es un buen día. Se retira con sus primas y se toma una tizana. Sube en un autobús atiborrado de seres humanos a quienes tratan como cerdos camino al matadero (excepto que a los cerdos no les cobran), va de pie, el conductor va elevado en otras instancias del espíritu, o en otras instancias de la mente -o sea, en el camino no está su atención, sólo la necesaria para no chocar de frente contra algún objeto inanimado. La música va alta, el sudor gotea que gotea, brazo contra brazo, camisetas empapadas, vaporones de alientos con hambre, y ella que todo lo ve y lo escucha aunque nadie le diga nada, ella que sabe el cansancio que traen todos porque se parece al suyo, ella que conoce el azoramiento del conductor y no le transmite ningún buen sentimiento, ella que sabe, porque lo ha visto, que así se muere la gente, por altas velocidades y malos temperamentos, ella que sabe que, en el peor de los casos, perdería una vida que le importa más -seamos sinceros- que la de cualquier otra persona en ese autobús. Respira para desacelerar el corazón, que no ha comido y una tizana poco espacio ocupa en el estómago. Por lo menos sabe que, si se desmaya, no caerá al piso, no hay suficiente espacio. Las bolsas pesan, las primas la ayudan, pero igual anda ensimismada, como ánima en pena buscando su tumba a las tres de la tarde, siente clarito las ondas de calor que emana el pavimento, la acarician como lenguas de fuego. Al llegar -al fin- a la casa se consigue con su marido echado viendo televisión y tomando una cerveza, fresco, despreocupado, desconectado.
¿Se imaginan el desenlace?
Y después dicen que son los cachos la primera causa de divorcio en el país.
(Y, antes de que lo pregunten; no, no estoy hablando de los ataques de celos aleatorios que inevitablemente cobrarán algunas victimas).
Consideremos a una Venezolana de a pie. Asumamos que es el día de su cédula para la compra de productos regulados; asumamos también que tiene algunos contactos estratégicos para no perder -o perder menos- tiempo. Ella sale ese día antes que amanezca, aprovechando que el fresquito de la madrugada y la soledad de las calles le hacen bien al ánimo, se consigue con sus primas en la esquina y agarra el bus vacío. Se quedan las tres en el hipermercado, ella feliz comentando la barriga y sus efectos, todas despliegan sus sillitas de aluminio y charlan hasta darle la bienvenida al sol. Correrán tres pacíficas horas de parloteo y fraternales enlaces; luego el sol comenzará a apretar, aunque ellas cargan parasoles el calor aumenta, al caldearse la calle se caldea la cola y, en algún momento previo al mediodía, revienta el primer disgusto. Si la cava no ha llegado, si no hay señales de que llegue, si amenaza el día con que la carga no llegue nunca, el disgusto pica y se extiende. Ella lo asume, tranquila porque está acompañada y porque sabe que con embarazadas nadie se mete, pero sí presiente con claridad que, si no abren la puerta pronto, si no hay señales aunque sea leves de abastecimiento del local, el disgusto se va a convertir en otra cosa, y hay otra gente que realmente no respeta nada.
Asumamos que, con el sol en lo más alto del cielo, llega la cava sin contratiempos y abastece el local. Ella, que está entre los cien primeros, entra sin empujones, consigue un paquete de pañales, una harina y un champú -asumamos que es un buen día. Se retira con sus primas y se toma una tizana. Sube en un autobús atiborrado de seres humanos a quienes tratan como cerdos camino al matadero (excepto que a los cerdos no les cobran), va de pie, el conductor va elevado en otras instancias del espíritu, o en otras instancias de la mente -o sea, en el camino no está su atención, sólo la necesaria para no chocar de frente contra algún objeto inanimado. La música va alta, el sudor gotea que gotea, brazo contra brazo, camisetas empapadas, vaporones de alientos con hambre, y ella que todo lo ve y lo escucha aunque nadie le diga nada, ella que sabe el cansancio que traen todos porque se parece al suyo, ella que conoce el azoramiento del conductor y no le transmite ningún buen sentimiento, ella que sabe, porque lo ha visto, que así se muere la gente, por altas velocidades y malos temperamentos, ella que sabe que, en el peor de los casos, perdería una vida que le importa más -seamos sinceros- que la de cualquier otra persona en ese autobús. Respira para desacelerar el corazón, que no ha comido y una tizana poco espacio ocupa en el estómago. Por lo menos sabe que, si se desmaya, no caerá al piso, no hay suficiente espacio. Las bolsas pesan, las primas la ayudan, pero igual anda ensimismada, como ánima en pena buscando su tumba a las tres de la tarde, siente clarito las ondas de calor que emana el pavimento, la acarician como lenguas de fuego. Al llegar -al fin- a la casa se consigue con su marido echado viendo televisión y tomando una cerveza, fresco, despreocupado, desconectado.
¿Se imaginan el desenlace?
Y después dicen que son los cachos la primera causa de divorcio en el país.
11 junio, 2016
Opinión N°1 : No me Importa (y a ustedes tampoco)
Confieso que esto de compartir me resulta muy difícil. Desde una galleta hasta mis opiniones, temo quedar corta o con hambre porque conozco bien mi -muy humana- voracidad.
Un día leí una de estas frases espirituales de Rumi, Osho, Dalai Lama o quien sea; parafraseando, decía algo como "utilizar tu fuego para encender la vela de otro, no lo disminuye, sino que aumenta la luz" (muy muy libre parafraseo, pero en esencia, eso es).
Ese pensamiento no se aplica para galletas, pero para opiniones se me ocurre que sí. Hace muchas lunas que escribí la primera entrada de este blog, y también las sucesivas, la verdad es que no sé si opino igual que entonces, o si mi manera de ver las cosas -el punto de encaje- ha cambiado lo suficiente como para tener que borrar esas entradas y pretender que nunca existieron (como el resto de los pasados indeseables que nos esforzamos tanto TANTO en esconder hasta de nosotros mismos). La verdad es que, a parte de egoísta con las galletas, soy un poco floja con eso de barrer bajo la alfombra -si anda alguien mirando bajo mis alfombras, le pasa por metiche el encontrar tanto sucio.
En fin, que quiero intentar eso de compartir luces, por un lado porque me mantiene las manos ocupadas y la culpa por no ser una prolifiquísima -ajá- escritora, en el mínimo; por la otra porque... ¿por qué no? Hay gente mucho más irresponsable allá afuera, publicando pensamientos muchísimo más incendiarios -o de plano más horribles e inhumanos.
Así que, ¿por qué no?
Mis ficciones están en otro lado, en otras páginas, en cuadernos, en hojas sueltas, pero sobretodo en mi cabeza, lentamente digiriéndose. Descubrí que escribir ficción es como tragarse una gema y translucirla por los poros. Yo soy una persona de velocidades vertiginosas -vertiginosas velocidades-, no cultivo una paciencia acorde a la ficción en blogs, rápido, certero, como lanzar dardos en un bar. Mis cuentos son de lento digerir.
Una de las cosas que me frena a la hora de opinar es el qué dirán (¡JÁ! Como si alguien conocido me leyera). Por ejemplo, opinaría que estoy harta de las noticias. No tengo televisión, no quiero tener televisión, no compro periódicos, no leo los periódicos que circulan gratis, no uso Facebook, no sigo a nadie en Instagram que hable de noticias, actualidades, política ni amarguras afines. Me repele el asunto. Admito que, cada vez que enciendo la laptop con la intención de hacer algo útil con mi existencia, termino en uno de tres portales de noticias, o en los tres si el trabajo por hacer es largo, por puro gusto de no empezar lo que debo empezar (qué animales raros que somos los humanos. Los gatos no se lamen las patas cuando lo que quieren es cazar y tienen a la presa al punto). Usaré el blog para no ver noticias.
Así que, resumiendo, opinión número Uno: La "situación actual del país", como todo el mundo la llama, es sólo eso, el PRESENTE, un tiempo verbal, maravilla de maravillas, que tiene a todo el mundo de cabeza. No me importa si la gente está en paz con su pasado, o tiene el futuro asegurado, si te molesta el presente estás mal, muy mal, porque ese es el único tiempo verbal en el que las cosas se hacen. Hacia atrás se recuerdan, hacia adelante se planean, pero hacer hacer, eso es ya. Las noticias de "la situación actual del país" cambian según quien las dice, según el cuentacuentos, mercader, detrás de los encabezados, que bastante ficción mezclan con la supuesta crónica, y aderezan con verbos en condicional que nadie entiende, lo que hacen es confundir. El que quiera saber la "situación actual del país" que salga a la calle y mire al rededor. Si no están robando a nadie, respire, todo está bien. Si ninguno de sus vecinos está en los huesos, pasando hambre, pidiendo dinero con la mano extendida, respire, todo está bien. Si en su cocina hay comida, respire, vivirá un día más.
Resulta que esa es la "situación actual", lo que está sucediendo aquí y ahora con usted, con sus seres queridos, con sus vecinos. Poco debería interesarnos una debacle económica que no podemos solucionar; la política está, siempre ha estado y estará siempre (para ella siempre es presente) plagada de información falsa, de promesas falsas, de lenguas viperinas, de dobles intenciones. Parte de la razón por la cual nos aguantamos actitudes que tildamos de atropello, es porque nos las vemos venir, claritas como agua de río, nos conocemos bien. Quien no lo sepa, no pasó por elecciones de delegado de salón en bachillerato si quiera. ¿Para qué amargarse por situaciones fuera de tu control, cuando puedes reír de los amargados?
¿Que estamos mal como colectivo? Mucho.
¿Quejarse y amargarse ayuda? Para nada. Ya que no estamos en posición de solucionar la situación macro, aunque sea (manquesea) no dañes tu situación micro. No llenes los oídos de tu familia con insultos impotentes lanzados hacia gente que no está ahí. No ordenes la economía nacional desde tu sofá, nadie te está preguntando. No destruyas si no tienes la intención y los medios para construir sobre las ruinas.
Mucho ayuda el que poco estorba. Si quiere ser útil, menos quejas y mejor ejemplo.
Y bien, aquí una de esas opiniones mías que cuesta compartir, una lucecita que ojalá prenda un candelero, para que dejemos de quejarnos y de irnos, y comencemos a mover el trasero aquí, en casa, desde el principio.
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