Se nos va la vida señores.
Se nos va la vida y no entendemos por qué cae la lluvia, y por qué ladran los perros, y por qué tememos a la oscuridad.
Y entender esas cosas no hace que la vida no se nos vaya, pero logramos quitarle un gran mordisco antes de que termine de apagarse la luz.
En estos momentos cae una lluvia torrencial, se me moja el piso que limpié hoy, se empapa la ropa tendida recién lavada, se ensucia de barro la perra que bañé ayer. Y me siento tentada a pensar que es a propósito. Miro al cielo y cierro el puño y pregunto "¿qué hice yo, entonces? ¿qué me quieres decir?".
Claro... Nadie responde, porque nadie está tratando de decirme nada. Llovió y eso es todo. Llovió cuando no me lo esperaba y se perdió el trabajo que había hecho. Y no es culpa de nadie. Pero... a que a veces es difícil perdonar al cielo, aunque él no tenga la culpa...
Mejor tomarse un cafecito caliente, y ver las gotas caer de las sábanas limpias al piso, del techo a la grama; ver a la perra sonreir y menear la cola como un parabrisas sobre el barro, dejar que la tarde pase y la luz destiña y que hoy se convierta en ayer. No más preguntas existenciales para las que nadie tiene respuesta, no más temer a que se acabe el tiempo, porque el tiempo, señores, es la misma eternidad.
Mostrando entradas con la etiqueta ética. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ética. Mostrar todas las entradas
29 octubre, 2017
La luna me está mirando, yo no sé lo que me ve.
Etiquetas:
Cultura,
ética,
familia,
Feminismo,
lenguaje,
libro,
Literatura,
moral,
mujer,
Mujeres,
naturaleza,
Niños,
religión,
social,
sociedad,
sociocultural,
Venezuela,
viaje,
Vida
02 septiembre, 2016
Opinión Nº 9: El Ser y su Denominación
Todos tenemos situaciones/personas/cosas con las que se nos hace dificil lidiar. Para algunos serán los niños, para otros, los animales; para otros, incluso, pueden llegar a ser familiares problemáticos que, al aparecer, causan el repliegue del ánimo a las profundidades cavernosas del ser.
O sea, hacen que se nos enfríe el guarapo.
Para mí, esta situación la crean los sustantivos. No todos, por supuesto -¿se imaginan? tremendo caso psiquiátrico-, pero suficientes para que redactar una lista exhaustiva me tome algunos meses.
Antes de aclarar, un ejemplo: Una vez escuché a un amigo, dolido por equis conducta, llamar puta a una mujer. Confieso que sentí muchas ganas de que dejara de ser mi amigo, pero comprendí a tiempo que el ego herido busca herir para no morir de pena. El caso es que puta es uno de esos sustantivos que me hace rechinar los dientes, no por algun resquemor feminista particular -creo en la igualdad, no en el predominio. Tampoco creo necesaria a estas alturas una igualación ficticia creada por leyes o movimientos sociales. Ya estamos todos de pie sobre el mismo pedestal- sino por las siguientes razones:
1. Puta es una denominación creada exclusivamente para herir. Cuando se llamó silla a la silla nadie quiso herir sus sentimientos.
2. Puta se refiere a una condición abstracta que puede incluir a todas y cualquier conducta femenina que hiera el ego masculino.
3. Puta no se refiere ya a aquella mujer que ejerce la profesón de la prostitución, de hecho, hay palabras màs respetables para referirse a ellas.
4. El apelativo puta golpea directamente en la intimidad del alma con el duro látigo del juicio, por demás precipitado e injusto, de recordarle a una sus momentos de mayor intimidad, sobre lo cuales nadie tiene por qué andar opinando. No importa que no sea a mí a quien se refieran así, supongo que puede llamarse solidaridad de género, pero para mi es solidaridad de raza.
Bien, ese es un ejemplo de sustantivo que me hiela. Recuerdo de mis clases de religión en el colegio que dios dio a Eva la potestad de nombrar a los seres que habitaban el Edén. En algún momento de la Historia hemos relegado esa potestad a instituciones y ya no a personas. Hemos permitido que el sustantivo marque un estatus social, las palabras cargan estigmas que, a veces, pesan durante generaciones y se convierten en pequeños gérmenes de rebeldía y revolución infantil; pueden buscar a todas aquellas mujeres que dicen ser "nietas de las brujas a las que no pudieron quemar". ¿Alguien más escucha la carga de odio en esa frase?
La brujería es una forma despectiva de llamar a las prácticas nacidas del conocimiento de la naturaleza y sus interacciones, o sea, lo que antes hacían los shamanes, las curanderas, los sacerdotes y sacerdotizas de grandes templos. Llamar bruja/brujo a alguien es estigmatizarlo a la representación de cierto papel social que lleva consigo una cierta lejanía despectiva. Lo que quiero decir es que a las comadres no les gustaría verte charlando con el brujo del pueblo en el mercado. Generalmente nadie se acerca a la bruja Rufina fuera de las salas de consulta. De paso, nadie admite abiertamente recurrir a brujos/brujas para curarse de ciertos males espirituales. Pero, ¡a que todos lo hemos hecho!
Ahora que lo pienso, quizá no es el sustantivo, sino la sociedad lo que me hace rechinar los dientes.
Están también los sustantivos que se refieren a cargos: a la mayoría de las personas se les caen los pantalones cuando son nombrados jefes de algo. Salen, celebran con una botella que su nuevo sueldo pagará en su momento -mentira-, invitan a sus familiares, todos brindan con sonrisas en la cara, lo felicitan, lo llaman ¡jefe!, y resulta que el sustantivo jefe, en este caso en particular, se refiere a tener a dos o tres personas por debajo, veintisiete por arriba, no tener derecho de tomar sus propias decisiones con respecto al trabajo sobre el cual, se supone, ejerce la jefatura, y de paso incluye, a parte del trabajo que ya tenía antes, el trabajo de estar pendiente del trabajo de los demás, y el trabajo de rendir cuentas al de arriba sobre el trabajo de los demás y el propio. A final de cuentas resulta que el jefe llega a su casa más cansado que antes.
Pequeñas víboras engañosas, aquellas que nombran a las cosas por lo que no son sino por lo que quieren que parezcan.
Y ¿qué se hace? Si hay médicos allá afuera que lo que hacen convertir a la enfermedad en su negocio, hay abogados que, en lugar de defender -abogar por- acusan para exclusivo provecho propio, hay maestros que nunca se preocuparon por aprender, hay esposos que no tienen nada que ver con sus esposas ni con sus casas ni con sus hijos, hay concubinos que se llaman esposos pero nunca quisieron amarrarse al anillo...
Mucha razón tenía aquel que dijo que esto de escribir es una enfermedad nerviosa.
Como pueden ver, soy amante de la claridad, y cualquier sustantivo con el que me apelen me lo tomo muy en serio, al punto de cavilar durante horas qué será lo que qiso decir esa persona cuando, cone sa expresión en el rostro, en vez de llamar pies a los apéndices que me sirven para caminar, los llamó patas, o cuando se habla de bicho en lugar de animal, o cuando se habla de muerto en lugar de fantasma, o cuando se dice "no tengo real" en lugar de "no tengo plata" o de "no tengo dinero". La diferencia entre real, plata, dinero y cobres radica en quiénes son tus padres, y en realmente cuánto dinero cargas en el bolsillo o en la cuenta bancaria.
¡Tantos detalles para analizar!
Las palabras no son tan simples, como pueden ver. Es por eso que los sustantivos me ponen en amargas situaciones, porque ¿cómo explicar a quien no sepa, a quien cargue la mente en blanco de tanta palabrería inutil, que dios es un sustantivo que se le puso, gracias al devenir histórico, a una serie de hechos inexplicables que nos recuerdan que somos unas viles creaturas en este vasto universo? O mejor, ¿cómo explicarle a un niño qué es un bachaquero, qué un escuálido y qué un chavista sin ensuciarle la cabeza con opiniones personales, rabias pasadas, resentimientos, o simples vacíos de conocimiento?
¿Cómo explicarle a una mente inocente dónde está parada sin estrujarle el corazón de puro susto?
O sea, hacen que se nos enfríe el guarapo.
Para mí, esta situación la crean los sustantivos. No todos, por supuesto -¿se imaginan? tremendo caso psiquiátrico-, pero suficientes para que redactar una lista exhaustiva me tome algunos meses.
Antes de aclarar, un ejemplo: Una vez escuché a un amigo, dolido por equis conducta, llamar puta a una mujer. Confieso que sentí muchas ganas de que dejara de ser mi amigo, pero comprendí a tiempo que el ego herido busca herir para no morir de pena. El caso es que puta es uno de esos sustantivos que me hace rechinar los dientes, no por algun resquemor feminista particular -creo en la igualdad, no en el predominio. Tampoco creo necesaria a estas alturas una igualación ficticia creada por leyes o movimientos sociales. Ya estamos todos de pie sobre el mismo pedestal- sino por las siguientes razones:
1. Puta es una denominación creada exclusivamente para herir. Cuando se llamó silla a la silla nadie quiso herir sus sentimientos.
2. Puta se refiere a una condición abstracta que puede incluir a todas y cualquier conducta femenina que hiera el ego masculino.
3. Puta no se refiere ya a aquella mujer que ejerce la profesón de la prostitución, de hecho, hay palabras màs respetables para referirse a ellas.
4. El apelativo puta golpea directamente en la intimidad del alma con el duro látigo del juicio, por demás precipitado e injusto, de recordarle a una sus momentos de mayor intimidad, sobre lo cuales nadie tiene por qué andar opinando. No importa que no sea a mí a quien se refieran así, supongo que puede llamarse solidaridad de género, pero para mi es solidaridad de raza.
Bien, ese es un ejemplo de sustantivo que me hiela. Recuerdo de mis clases de religión en el colegio que dios dio a Eva la potestad de nombrar a los seres que habitaban el Edén. En algún momento de la Historia hemos relegado esa potestad a instituciones y ya no a personas. Hemos permitido que el sustantivo marque un estatus social, las palabras cargan estigmas que, a veces, pesan durante generaciones y se convierten en pequeños gérmenes de rebeldía y revolución infantil; pueden buscar a todas aquellas mujeres que dicen ser "nietas de las brujas a las que no pudieron quemar". ¿Alguien más escucha la carga de odio en esa frase?
La brujería es una forma despectiva de llamar a las prácticas nacidas del conocimiento de la naturaleza y sus interacciones, o sea, lo que antes hacían los shamanes, las curanderas, los sacerdotes y sacerdotizas de grandes templos. Llamar bruja/brujo a alguien es estigmatizarlo a la representación de cierto papel social que lleva consigo una cierta lejanía despectiva. Lo que quiero decir es que a las comadres no les gustaría verte charlando con el brujo del pueblo en el mercado. Generalmente nadie se acerca a la bruja Rufina fuera de las salas de consulta. De paso, nadie admite abiertamente recurrir a brujos/brujas para curarse de ciertos males espirituales. Pero, ¡a que todos lo hemos hecho!
Ahora que lo pienso, quizá no es el sustantivo, sino la sociedad lo que me hace rechinar los dientes.
Están también los sustantivos que se refieren a cargos: a la mayoría de las personas se les caen los pantalones cuando son nombrados jefes de algo. Salen, celebran con una botella que su nuevo sueldo pagará en su momento -mentira-, invitan a sus familiares, todos brindan con sonrisas en la cara, lo felicitan, lo llaman ¡jefe!, y resulta que el sustantivo jefe, en este caso en particular, se refiere a tener a dos o tres personas por debajo, veintisiete por arriba, no tener derecho de tomar sus propias decisiones con respecto al trabajo sobre el cual, se supone, ejerce la jefatura, y de paso incluye, a parte del trabajo que ya tenía antes, el trabajo de estar pendiente del trabajo de los demás, y el trabajo de rendir cuentas al de arriba sobre el trabajo de los demás y el propio. A final de cuentas resulta que el jefe llega a su casa más cansado que antes.
Pequeñas víboras engañosas, aquellas que nombran a las cosas por lo que no son sino por lo que quieren que parezcan.
Y ¿qué se hace? Si hay médicos allá afuera que lo que hacen convertir a la enfermedad en su negocio, hay abogados que, en lugar de defender -abogar por- acusan para exclusivo provecho propio, hay maestros que nunca se preocuparon por aprender, hay esposos que no tienen nada que ver con sus esposas ni con sus casas ni con sus hijos, hay concubinos que se llaman esposos pero nunca quisieron amarrarse al anillo...
Mucha razón tenía aquel que dijo que esto de escribir es una enfermedad nerviosa.
Como pueden ver, soy amante de la claridad, y cualquier sustantivo con el que me apelen me lo tomo muy en serio, al punto de cavilar durante horas qué será lo que qiso decir esa persona cuando, cone sa expresión en el rostro, en vez de llamar pies a los apéndices que me sirven para caminar, los llamó patas, o cuando se habla de bicho en lugar de animal, o cuando se habla de muerto en lugar de fantasma, o cuando se dice "no tengo real" en lugar de "no tengo plata" o de "no tengo dinero". La diferencia entre real, plata, dinero y cobres radica en quiénes son tus padres, y en realmente cuánto dinero cargas en el bolsillo o en la cuenta bancaria.
¡Tantos detalles para analizar!
Las palabras no son tan simples, como pueden ver. Es por eso que los sustantivos me ponen en amargas situaciones, porque ¿cómo explicar a quien no sepa, a quien cargue la mente en blanco de tanta palabrería inutil, que dios es un sustantivo que se le puso, gracias al devenir histórico, a una serie de hechos inexplicables que nos recuerdan que somos unas viles creaturas en este vasto universo? O mejor, ¿cómo explicarle a un niño qué es un bachaquero, qué un escuálido y qué un chavista sin ensuciarle la cabeza con opiniones personales, rabias pasadas, resentimientos, o simples vacíos de conocimiento?
¿Cómo explicarle a una mente inocente dónde está parada sin estrujarle el corazón de puro susto?
10 agosto, 2016
Opinión N° 7: El Miedo y Yo
Tuve una larga conversación, hace unos meses, con uno de mis
hermanos. Está a punto de comenzar la universidad. Su rostro y sus gestos
trajeron a mi memoria mi propia emocionada y ciega personita cuando, a los
diecinueve años, me fui de la casa para conocer otros horizontes.
El punto culminante de la conversación entre mi hermano y yo
fue una semilla de idea que quise plantar en su cerebro, y ojalá lo haya
logrado. Le dije: tienes dos opciones, tienes fe en dios o tienes fe en ti
mismo, pero debes tener fe en algo.
No sé a ciencia cierta si esa semilla germinó. Mi intención
no era alejarlo del ateísmo ni convertirlo en un devoto espectador de milagros,
sólo quería que aprendiera lo que es la fe. Hoy, meses después, me doy cuenta
que tuve dos razones reales para hacerlo. La primera es la certeza de que, a lo
largo de su vida, caerán noches lúgubres sobre su razonamiento, y no podrá ver
luz al final del túnel –a todos nos pasa, ¿cierto? De lo contrario, no
existirían los templos ni los sacerdotes ni los gurús ni los derviches ni la
meditación. La segunda, más inconsciente, es que yo misma necesitaba conversar
sobre la fe. No podía preguntarle a mi hermano ¿a quién le rezas tú?, porque me
respondería que no cree en dios, y yo no sabría explicarle que eso no tiene
nada que ver. No puedo preguntarle a mi madre a quién le reza, porque ella es
Católica y yo llevo años trabajando en una profunda limpieza iconográfica
mental, es decir, yo forjo mis propios ídolos. Algo me dice que, si le
preguntara, su respuesta se parecería mucho a la mía.
La fe tiene la propiedad de funcionar como una vela.
Anoche
sucedió algo muy particular. En la ciudad/pueblo donde vivo con mi pareja, mis
muchos gatos, y mi bebé por nacer, hubo una ola de saqueos. Comenzó a las once
de la noche del día anterior, se escuchaba revuelo mas no desorden.
Luego,
durante el día, pude observar algunas turbas corriendo hacia camiones cargados
de huevos o de pollo, la policía y la guardia nacional rondaban las calles
tratando de dispersar a los grupos violentos, seguí de cerca las noticias sobre
galpones y panaderías asoladas por grandes grupos de gente, ya no personas sino
masas ¿enardecidas? ¿enaltecidas? ¿azuzadas? ¿organizadas? Creo que no lo sabré
jamás.
El hecho es que el día pasó lento y tenso por la ventana.
Cada quien se había encerrado en su casa antes del anochecer. No se escuchó
nada más en las noticias. A eso de las diez, mientras me preparaba una avena,
tuve que bajar el volumen de la música porque escuchaba ruidos inconexos desde
afuera. Voces, gritos, disparos bajando por las calles como un río. A pesar de
haber estado entre paredes, con las puertas bajo llave, con las ventanas
cerradas, las luces exteriores apagadas; a pesar de haber estado en un “sitio
seguro” sentí un miedo nuevo, recién sacado del paquete.
Durante mis años de universidad participé en distintos
eventos políticos, más por curiosidad que por afinidad, debo admitir –aún hoy
no siento afinidad por ningún bando
político, así como no la siento por ningún grupo religioso. Más de una vez
estuve expuesta a un peligro más o menos controlado, compuesto por gas
lacrimógeno, perdigones, gente desaforada en las calles, todo coronado por una
falta de sentido de auto preservación. Descubrí que cuando los padres le dicen
a uno “cuídate”, realmente lo piden, casi que lo imploran, porque saben que uno
no está muy claro en lo que eso significa.
Anoche, sentada en una improvisada butaca dentro de mi
cocina, esperando que cesaran los tiros, aprendí una o dos cosas sobre la auto
preservación que mis años de correrías callejeras no pudieron nunca enseñarme:
uno no teme por sí, sino por lo que ama. La fe, esa velita, no está, sino que
se enciende cuando hace falta. La fe en mi misma, en ese momento, no iba a
salvar ni a mi pareja ni a mi bebé en caso de que alguien quisiera, por el
motivo que fuese, hacernos daño.
Tras mucho hablar, mucho moverme, mucho comer avena –sin azúcar-
compulsivamente hasta que, una hora y pico después, cesaron los gritos, entendí
por qué la primera lección que mi madre decidió darme fue el rezo. A la hora de
la chiquita, como diría ella misma, es lo único que se puede hacer: rezar para
que no pase nada malo.
Mi hermano no vive aquí, él no sabe lo que es ni un atraco
ni un saqueo; él va a la universidad en un país con otros bemoles –todos los
tienen. Sólo quisiera que, a la hora de la chiquita, elija siempre auto preservación
y nunca el pánico.
¿A quién le rezo yo? Eso no es problema de nadie.
¿A quién le rezas tú? Es una pregunta irrelevante.
Anoche aprendí a encender velas por alguien distinto a mí.
Me quedan algunos meses para terminar de comprender lo que eso significa. Por ahora entiendo que no es cobardía, como lo llamaba antes, sino sensatez.
Otra cosa que descubrí anoche, y quizá no sea la última, es que, si no hubiese sentido miedo, hubiese salido a la calle a ver más de cerca.
No sé qué extraer de eso.
09 julio, 2016
El Embarazo en Venezuela (Pt. 1)
No vengo a hablar sobre la dificultad de conseguir pañales ni a arengar sobre la escasez de leche. Me interesa comentar los efectos de ese sexto sentido, esas antenitas que se nos desarrollan a las mujeres cuando quedamos embarazadas, esa sensibilidad de espíritu, mente y materia que nos hace conocer lo incognoscible y presentir hasta lo más velado de la consciencia ajena.
(Y, antes de que lo pregunten; no, no estoy hablando de los ataques de celos aleatorios que inevitablemente cobrarán algunas victimas).
Consideremos a una Venezolana de a pie. Asumamos que es el día de su cédula para la compra de productos regulados; asumamos también que tiene algunos contactos estratégicos para no perder -o perder menos- tiempo. Ella sale ese día antes que amanezca, aprovechando que el fresquito de la madrugada y la soledad de las calles le hacen bien al ánimo, se consigue con sus primas en la esquina y agarra el bus vacío. Se quedan las tres en el hipermercado, ella feliz comentando la barriga y sus efectos, todas despliegan sus sillitas de aluminio y charlan hasta darle la bienvenida al sol. Correrán tres pacíficas horas de parloteo y fraternales enlaces; luego el sol comenzará a apretar, aunque ellas cargan parasoles el calor aumenta, al caldearse la calle se caldea la cola y, en algún momento previo al mediodía, revienta el primer disgusto. Si la cava no ha llegado, si no hay señales de que llegue, si amenaza el día con que la carga no llegue nunca, el disgusto pica y se extiende. Ella lo asume, tranquila porque está acompañada y porque sabe que con embarazadas nadie se mete, pero sí presiente con claridad que, si no abren la puerta pronto, si no hay señales aunque sea leves de abastecimiento del local, el disgusto se va a convertir en otra cosa, y hay otra gente que realmente no respeta nada.
Asumamos que, con el sol en lo más alto del cielo, llega la cava sin contratiempos y abastece el local. Ella, que está entre los cien primeros, entra sin empujones, consigue un paquete de pañales, una harina y un champú -asumamos que es un buen día. Se retira con sus primas y se toma una tizana. Sube en un autobús atiborrado de seres humanos a quienes tratan como cerdos camino al matadero (excepto que a los cerdos no les cobran), va de pie, el conductor va elevado en otras instancias del espíritu, o en otras instancias de la mente -o sea, en el camino no está su atención, sólo la necesaria para no chocar de frente contra algún objeto inanimado. La música va alta, el sudor gotea que gotea, brazo contra brazo, camisetas empapadas, vaporones de alientos con hambre, y ella que todo lo ve y lo escucha aunque nadie le diga nada, ella que sabe el cansancio que traen todos porque se parece al suyo, ella que conoce el azoramiento del conductor y no le transmite ningún buen sentimiento, ella que sabe, porque lo ha visto, que así se muere la gente, por altas velocidades y malos temperamentos, ella que sabe que, en el peor de los casos, perdería una vida que le importa más -seamos sinceros- que la de cualquier otra persona en ese autobús. Respira para desacelerar el corazón, que no ha comido y una tizana poco espacio ocupa en el estómago. Por lo menos sabe que, si se desmaya, no caerá al piso, no hay suficiente espacio. Las bolsas pesan, las primas la ayudan, pero igual anda ensimismada, como ánima en pena buscando su tumba a las tres de la tarde, siente clarito las ondas de calor que emana el pavimento, la acarician como lenguas de fuego. Al llegar -al fin- a la casa se consigue con su marido echado viendo televisión y tomando una cerveza, fresco, despreocupado, desconectado.
¿Se imaginan el desenlace?
Y después dicen que son los cachos la primera causa de divorcio en el país.
(Y, antes de que lo pregunten; no, no estoy hablando de los ataques de celos aleatorios que inevitablemente cobrarán algunas victimas).
Consideremos a una Venezolana de a pie. Asumamos que es el día de su cédula para la compra de productos regulados; asumamos también que tiene algunos contactos estratégicos para no perder -o perder menos- tiempo. Ella sale ese día antes que amanezca, aprovechando que el fresquito de la madrugada y la soledad de las calles le hacen bien al ánimo, se consigue con sus primas en la esquina y agarra el bus vacío. Se quedan las tres en el hipermercado, ella feliz comentando la barriga y sus efectos, todas despliegan sus sillitas de aluminio y charlan hasta darle la bienvenida al sol. Correrán tres pacíficas horas de parloteo y fraternales enlaces; luego el sol comenzará a apretar, aunque ellas cargan parasoles el calor aumenta, al caldearse la calle se caldea la cola y, en algún momento previo al mediodía, revienta el primer disgusto. Si la cava no ha llegado, si no hay señales de que llegue, si amenaza el día con que la carga no llegue nunca, el disgusto pica y se extiende. Ella lo asume, tranquila porque está acompañada y porque sabe que con embarazadas nadie se mete, pero sí presiente con claridad que, si no abren la puerta pronto, si no hay señales aunque sea leves de abastecimiento del local, el disgusto se va a convertir en otra cosa, y hay otra gente que realmente no respeta nada.
Asumamos que, con el sol en lo más alto del cielo, llega la cava sin contratiempos y abastece el local. Ella, que está entre los cien primeros, entra sin empujones, consigue un paquete de pañales, una harina y un champú -asumamos que es un buen día. Se retira con sus primas y se toma una tizana. Sube en un autobús atiborrado de seres humanos a quienes tratan como cerdos camino al matadero (excepto que a los cerdos no les cobran), va de pie, el conductor va elevado en otras instancias del espíritu, o en otras instancias de la mente -o sea, en el camino no está su atención, sólo la necesaria para no chocar de frente contra algún objeto inanimado. La música va alta, el sudor gotea que gotea, brazo contra brazo, camisetas empapadas, vaporones de alientos con hambre, y ella que todo lo ve y lo escucha aunque nadie le diga nada, ella que sabe el cansancio que traen todos porque se parece al suyo, ella que conoce el azoramiento del conductor y no le transmite ningún buen sentimiento, ella que sabe, porque lo ha visto, que así se muere la gente, por altas velocidades y malos temperamentos, ella que sabe que, en el peor de los casos, perdería una vida que le importa más -seamos sinceros- que la de cualquier otra persona en ese autobús. Respira para desacelerar el corazón, que no ha comido y una tizana poco espacio ocupa en el estómago. Por lo menos sabe que, si se desmaya, no caerá al piso, no hay suficiente espacio. Las bolsas pesan, las primas la ayudan, pero igual anda ensimismada, como ánima en pena buscando su tumba a las tres de la tarde, siente clarito las ondas de calor que emana el pavimento, la acarician como lenguas de fuego. Al llegar -al fin- a la casa se consigue con su marido echado viendo televisión y tomando una cerveza, fresco, despreocupado, desconectado.
¿Se imaginan el desenlace?
Y después dicen que son los cachos la primera causa de divorcio en el país.
17 octubre, 2015
El Monóculo 01-. Digestión de Anna Karenina
No llevo mucho; hasta ahora sólo me he enterado de que el
tal Oblonsky tuvo una aventura con la institutriz y su esposa se enteró gracias
a una esquela[1]. No dice
de dónde la sacó. De paso digo, el tal Oblonsky me cae bastante mal, no por
haberle sido infiel a su esposa, de infidelidades está hecho el ser humano,
sino por su manera de justificarlo. Se dice a sí mismo que es un joven de
treinta y cuatro, bien parecido, mientras que su esposa, un año menor que él,
está envejecida y no despierta en él el amor[2].
Dolly, la esposa, tampoco me cae demasiado bien. Mientras
Oblonsky se pasea por la casa acometiendo sus obligaciones matinales (¡oh!,
obligaciones), es decir, dejarse afeitar y lavar por su peluquero, en su
habitación, dejarse vestir por el mayordomo, tomar el café, el desayuno, otro
café mientras lee el periódico y revisar cómo van sus opiniones políticas según
las noticias de su partido político... Como decía, mientras
Oblonsky hace esto, Daria (Dolly) saca sus peroles del clóset para ver cómo hace para
guardarlos y transportarlos, junto con sus cinco hijos, a casa de su mamá. Es
hasta gracioso, porque no se decide sino que rumia y rumia posibilidades y excusas,
excusas y posibilidades para no irse, para irse, para vengarse, para perdonar,
para todas las direcciones al mismo tiempo, como un globo de agua estrellado en
la pared.
Luego el cínico de Oblonsky (cínico pero sincero, porque
según sus propios pensamientos no va a ir a prometerle amor a quien amor no
levanta) reúne (por fin) las fuerzas morales para tocarle la puerta a la esposa.
Llama a lo ocurrido un “momento de seducción”[3].
Al oírlo, me parece que Dolly le lanza algo… Ah sí, un grito (mejor una silla):
“¡Márchese! ¡Márchese de aquí!”. Una mujer Venezolana habría sido más precisa: le habría dicho a dónde, con qué vehículo, con qué equipaje y dónde lo llevaría
guardado.
Pero no, esto es la Rusia zarista, más decoro por favor. Daria, mientras sale a trompicones de su habitación
(la cual lleva tres días sin compartir con el marido) le grita a Oblonsky que
es un “Canalla”[4] y luego:
“Hoy me he de marchar; usted puede seguir viviendo aquí con su querida[5]”.
Esas palabras consternan a Oblonsky, quien se avergüenza de que su mujer sea
tan ordinaria[6], podrían
haberla escuchado los criados.
Toda esta situación me resulta graciosa por el contraste. No
entre ellos, sino entre la obra (de paso tremenda edición, en papel de biblia y
demás, como en los buenos tiempos) y lo que hay afuera de la ventana, hoy, que ya no es ocaso sino de noche, pero me sigue doliendo la espalda. Tolstoi
me está dibujando a su gente envuelta en una atmósfera de lo que se llama Steampunk, aunque no lo pretenda, ni eso exista en 1873, pero es enteramente
inevitable que vea -yo en mi cabecita loca- el reloj de pechera de Oblonsky con
Android (porque un aparato sin conexión a internet me resulta tan incomprensible como un salero lleno de agua). Así como es igual de inevitable que, al salir de su casa señorial de
techos altos y muchos metros cuadrados, se consiga con la Sociedad (invariable
desde siempre) y todo lo que ello implica: moral, ética, religión, política,
las cuatro patas del gato (la quinta es uno, que cree que tiene que opinar). Pero, aquí mi punto, señores, seguimos siendo inevitablemente iguales.
Es decir, Oblonsky y Daria podrían ser Maricarmen y
Yormaikel. Podría ella haberse enterado de los cachos, podría que
ninguno de los dos tuviera a dónde ir, porque viven en la casa de la suegra y
no hay pa’ donde. Ni ella lo bota porque no tiene derecho y lo sabe, y porque
el muchachero que carga encima no cabe en la casa de su mamá, ni él se va
porque no tiene por qué (¡Es su casa si es de su madre, nojod...!) ni la saca para que no fastidie porque se
siente culpable. Los hijos, por su puesto lo saben todo aunque nadie les haya
dicho nada, ni que fueran brutos, y andan por ahí sueltos sacando conclusiones
y desquitándose la impotencia infantil quién sabe con qué animalito callejero.
En vez de criados, Maricarmen y Yormaikel tienen panas que les hacen la segunda
con las compras, porque con tanto rollo romántico encima quién se va a calar una
cola en el supermercado (los niños de cualquier época usan pañales), y a él le da una pena que se enteren de las palabrotas
que su mujer se sabe, (¡dios!) que ni él estando borracho tiene tanta
imaginación.
Por descontado, ni Oblonsky, ni Daria -ni Maricarmen, ni Yormaikel- trabajan, sino que se encargan de asuntos y charlan con sus amigos -matan
tigres y buscan betas- (Creo que en ruso se dice igual).
A todas estas, están esperando a Anna Arkadievna (asumo que
esa es la Karenina, no he llegado hasta ahí), la hermana de Oblonsky que viene,
sino expresamente por lo menos como colateral, a ayudar con el asuntillo.
*Prodolzheniye sleduyet* ;)
[1] “¿Esquela?”
Le pregunté a gúguel. Él, siempre diligente, contestó: “Tarjeta en la que se
notifica la muerte de una persona y el lugar, día y hora del entierro”. También
“carta breve que generalmente se doblaba en forma de triángulo”. “Mmm…
Interesante” respondí.
[2] Hijo de
p…
[3] Momento
de *soblazneniya*, se dice en ruso. Lo aclaro por el cantao.
[4] Negodyay
(No, mi copia no está en ruso).
[5]
¿Lyubovnik? ¿Khozyayka? Gran diferencia.
[6]
Obychnyy. Vaya usted a saber cómo se pronuncia.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

