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02 septiembre, 2016

Opinión Nº 9: El Ser y su Denominación

Todos tenemos situaciones/personas/cosas con las que se nos hace dificil lidiar. Para algunos serán los niños, para otros, los animales; para otros, incluso, pueden llegar a ser familiares problemáticos que, al aparecer, causan el repliegue del ánimo a las profundidades cavernosas del ser.

O sea, hacen que se nos enfríe el guarapo.

Para mí, esta situación la crean los sustantivos. No todos, por supuesto -¿se imaginan? tremendo caso psiquiátrico-, pero suficientes para que redactar una lista exhaustiva me tome algunos meses.

Antes de aclarar, un ejemplo: Una vez escuché a un amigo, dolido por equis conducta, llamar puta a una mujer. Confieso que sentí  muchas ganas de que dejara de ser mi amigo, pero comprendí a tiempo que el ego herido busca herir para no morir de pena. El caso es que puta es uno de esos sustantivos que me hace rechinar los dientes, no por algun resquemor feminista particular -creo en la igualdad, no en el predominio. Tampoco creo necesaria a estas alturas una igualación ficticia creada por leyes o movimientos sociales. Ya estamos todos de pie sobre el mismo pedestal- sino por las siguientes razones:
1. Puta es una denominación creada exclusivamente para herir. Cuando se llamó silla a la silla nadie quiso herir sus sentimientos.
2. Puta se refiere a una condición abstracta que puede incluir a todas y cualquier conducta femenina que hiera el ego masculino.
3. Puta no se refiere ya a aquella mujer que ejerce la profesón de la prostitución, de hecho, hay palabras màs respetables para referirse a ellas.
4. El apelativo puta golpea directamente en la intimidad del alma con el duro látigo del juicio, por demás precipitado e injusto, de recordarle a una sus momentos de mayor intimidad, sobre lo cuales nadie tiene por qué andar opinando. No importa que no sea a mí a quien se refieran así, supongo que puede llamarse solidaridad de género, pero para mi es solidaridad de raza.

Bien, ese es un ejemplo de sustantivo que me hiela. Recuerdo de mis clases de religión en el colegio que dios dio a Eva la potestad de nombrar a los seres que habitaban el Edén. En algún momento de la Historia hemos relegado esa potestad a instituciones y ya no a personas. Hemos permitido que el sustantivo marque un estatus social, las palabras cargan estigmas que, a veces, pesan durante generaciones y se convierten en pequeños gérmenes de rebeldía y revolución infantil; pueden buscar a todas aquellas mujeres que dicen ser "nietas de las brujas a las que no pudieron quemar". ¿Alguien más escucha la carga de odio en esa frase?

La brujería es una forma despectiva de llamar a las prácticas nacidas del conocimiento de la naturaleza y sus interacciones, o sea, lo que antes hacían  los shamanes, las curanderas, los sacerdotes y sacerdotizas de grandes templos. Llamar bruja/brujo a alguien es estigmatizarlo a la representación de cierto papel social que lleva consigo una cierta lejanía despectiva. Lo que quiero decir es que a las comadres no les gustaría verte charlando con el brujo del pueblo en el mercado. Generalmente nadie se acerca a la bruja Rufina fuera de las salas de consulta. De paso, nadie admite abiertamente recurrir a brujos/brujas para curarse de ciertos males espirituales. Pero, ¡a que todos lo hemos hecho!



Ahora que lo pienso, quizá no es el sustantivo, sino la sociedad lo que me hace rechinar los dientes.

Están también los sustantivos que se refieren a cargos: a la mayoría de las personas se les caen los pantalones cuando son nombrados jefes de algo. Salen, celebran con una botella que su nuevo sueldo pagará en su momento -mentira-, invitan a sus familiares, todos brindan con sonrisas en la cara, lo felicitan, lo llaman ¡jefe!, y resulta que el sustantivo jefe, en este caso en particular, se refiere a tener a dos o tres personas por debajo, veintisiete por arriba, no tener derecho de tomar sus propias decisiones con respecto al trabajo sobre el cual, se supone, ejerce la jefatura, y de paso incluye, a parte del trabajo que ya tenía antes, el trabajo de estar pendiente del trabajo de los demás, y el trabajo de rendir cuentas al de arriba sobre el trabajo de los demás y el propio. A final de cuentas resulta que el jefe llega a su casa más cansado que antes.

Pequeñas víboras engañosas, aquellas que nombran a las cosas por lo que no son sino por lo que quieren que parezcan.

Y ¿qué se hace? Si hay médicos allá afuera que lo que hacen convertir a la enfermedad en su negocio, hay abogados que, en lugar de defender -abogar por- acusan para exclusivo provecho propio, hay maestros que nunca se preocuparon por aprender, hay esposos que no tienen nada que ver con sus esposas ni con sus casas ni con sus hijos, hay concubinos que se llaman esposos pero nunca quisieron amarrarse al anillo...

Mucha razón tenía aquel que dijo que esto de escribir es una enfermedad nerviosa.

Como pueden ver, soy amante de la claridad, y cualquier sustantivo con el que me apelen me lo tomo muy en serio, al punto de cavilar durante horas qué será lo que qiso decir esa persona cuando, cone sa expresión en el rostro, en vez de llamar pies a los apéndices que me sirven para caminar, los llamó patas, o cuando se habla de bicho en lugar de animal, o cuando se habla de muerto en lugar de fantasma, o cuando se dice "no tengo real" en lugar de "no tengo plata" o de "no tengo dinero". La diferencia entre real, plata, dinero y cobres radica en quiénes son tus padres, y en realmente cuánto dinero cargas en el bolsillo o en la cuenta bancaria.

¡Tantos detalles para analizar!

Las palabras no son tan simples, como pueden ver. Es por eso que los sustantivos me ponen en amargas situaciones, porque ¿cómo explicar a quien no sepa, a quien cargue la mente en blanco de tanta palabrería inutil, que dios es un sustantivo que se le puso, gracias al devenir histórico, a una serie de hechos inexplicables que nos recuerdan que somos unas viles creaturas en este vasto universo? O mejor, ¿cómo explicarle a un niño qué es un bachaquero, qué un escuálido y qué un chavista sin ensuciarle la cabeza con opiniones personales, rabias pasadas, resentimientos, o simples vacíos de conocimiento?

¿Cómo explicarle a una mente inocente dónde está parada sin estrujarle el corazón de puro susto?


13 agosto, 2016

Opinión N° 8: La Histeria y los Tabloides

Recaigo en las noticias como quien recae en las drogas. Son veneno que sólo se busca para que patee la lengua -el cerebro, el cuerpo entero- un rato y nos saque de un letargo ensordecedor.

Muy poético ¿no?

Si debo ser sincera, conmigo misma y con quien pueda leer esto allá afuera en el vasto mundo, debo reconocer que leo periódicos -digitales, claro- en busca del desastre, en busca de la semilla del caos que ha de explotar, según yo, a como de lugar.

¿Le sucede esto a alguien más? ¿O soy yo la única psicópata?

Me parece que leo noticias cuando estoy buscándole el talón a algún Aquiles en particular; cuando, con ánimos de destrucción, miro lo que me rodea, y no encuentro puntos débiles. Cualquier tabloide me va a dar la respuesta temporal que busco, uno que diga que el General Nosequién se pronunció en descontento, o que consiguieron al Diputado Cualquiercosa recibiendo dádivas bajo cuerda. Semillas de destrucción que, seamos de nuevo muy sinceros, no van a destruir nada -salvo nuestros nervios colectivos.

No vengan a decirme que, cuando están de mal humor, buscan leer el periódico para alegrarse.



En serio ¿alguien concuerda conmigo? ¿O tengo que culpar a las hormonas de unos desvaríos que saben a verdad pura?

En mi humilde opinión, el mundo es lo mismo que cuando comenzó, los hombres y mujeres somos los mismos, tenemos los mismos tumbaos, nos carcomen los mismos miedos, sólo que ahora somos más, muchísimos más, y el resuello mutuo nos causa un poco de histeria. Es decir, no hay noticia que no haya sido cuento viejo antes de nacer.

En momentos como hoy, cuando hay ganas de romper cosas, mejor salir al aire libre, poner unos cuantos metros cuadrados entre tú y todo lo demás. Mejor buscar la manera de respirar tranquilos el aire limpio -donde se pueda.

02 agosto, 2016

El Apagón

Tengo muchos buenos recuerdos de los apagones durante mi niñez. Me fascinaban, primero, porque no es todos los días que te ves obligada a vivir a la antigua, sin luz, sin televisor, sin música -salvo que te de por cantar; segundo, porque luego del fuerte ruido que señalaba la explosión de un viejo transformador callejero, indefectiblemente la totalidad de la familia se reuniría en la sala con un par de velas y la veintiúnica linterna tamaño jumbo que había en la casa. Estas reuniones sólo se daban al montar la Navidad, hacer las hallacas y durante los apagones.

La tercera y mejor razón por la que me fascinaban -y aún me fascinan- los apagones es la siguiente: durante un tiempo indeterminado, la vista descansaría de sus múltiples obligaciones y sólo se ejercitaría el oído o la lengua.



Al comenzar el apagón, justo después de la explosión, nos sentaríamos mi mamá, mi abuela y mi tía en la sala de la casa; mi tía y yo en la alfombra. Generalmente ella traería un juego de ludo, dispondría el tablero en el suelo, y se pondría a jugar conmigo hasta que volviera la luz, o alguna de las dos ganara. Mamá estaría sentada en la mecedora, pensando en su musaraña preferida, y mi abuela en su sillón blanco desde donde su mirada podía gobernar tanto el patio como la terraza como la puerta que daba al garaje.

Algunos minutos pasarían en silencio, hasta que mi abuela emitiera el primer suspiro de hastío. Luego comenzaría una conversación sobre algún tema sin importancia, el calor, los quehaceres del día siguiente, cualquier cosa. De la cotidianeidad se pasaría al chismorreo, y de ahí se saltaría al pasado.

Aquí se ponía buena la cosa, y yo con mis cortos años comenzaba a parar la oreja.

Las conversaciones como esta tenían dos vertientes: bien podían decantarse por el lado familiar, se hablaba de primos, tíos, abuelos que para mí eran como criaturas de leyenda que hicieron grandes cosas, o vivieron dulces vidas y ahora conforman una especie de concejo familiar en el cielo, dedicado a velar por nuestra protección; o bien, podían decantarse por los cuentos de aparecidos, mis favoritos de todos los tiempos. Si el apagón era muy largo, generalmente se cubrían ambos temas, uniéndose en vértices impensados.

Por ejemplo, en cierta ocasión, estando en medio de una partida de cartas, comencé a prestar atención a la conversación de las adultas al escuchar la palabra entierro.

"El cuento lo echo yo porque tú no te lo sabes" había dicho mi abuela a mi tía. "Eso pasó antes que vos nacieras, en casa de mi abuelita, imaginate. Era una cuadra grande por la calle Comercio. La casa de mi abuelita era toda la cuadra. Ahí vivía ella con el hijo, después él se casó y se llevó a la esposa a vivir para allá. Hermano de mi mamá, por cierto. Pero como que en la casa no la querían...

"Mi abuelita dormía en el comedor, porque en el cuarto della hacía mucho calor. Ella se guindaba su chinchorro y se acostaba, y nos contaba que un día empezó a ver una luz roja que entraba desde la calle Comercio, pasaba por la sala y se iba al pasillo.

"Bueno, eso empezó a ser todas las noches". A todas estas, mi mamá, mi tía y yo en sepulcral silencio. "Pasaba la luz y se iba al pasillo. La casa vieja tenía un pasillo laaaargo que cruzaba después de los cuartos de la gente y luego seguía hasta terminar en un baño, el único baño de la casa, pues. Cuenta mi abuelita que ella le avisó a la esposa del hijo, pero no le creyó. La trató de vieja loca y demás..." Aquí hacía una pausa para resaltar la tontería de la mujer. "Bueno. Total que mi abuelita siguió viendo la luz, siempre entraba como a media noche, aunque lloviera. Una vez la siguió y la vio pasar de largo por los cuartos y desaparecer en la esquina. No quiso seguir más lejos.

"Y así siguió hasta que una noche, después de ver la luz roja que se iba al pasillo de la casa, se quedó dormida. La despertó un grito: ¡¡¡AAAAAAAAAAAAAA!!!" gritó mi abuela. "Ella se paró con aquel susto. Fue hasta el pasillo y caminó hasta el baño.Ahí estaba el tío mío, el hijo de ella pues, agarrando a la esposa que estaba hecha una furia, tirada en el piso, toda desgreñada gritando ¡¡¡AAAAAAAAAAA!!!

"Después, cuando se calmó la muchacha, que pudo hablar bien, contó que había visto a un aparecido en el baño. Que era un hombre alto, eso es todo lo que podía decir. Ahora, el tío mío llamó al otro hermano y a un primo para que fueran a dormir a la casa esa noche. La muchacha se fue a que su mamá, de la impresión que le había dado. Mi abuelita estaba en su chinchorro en la noche, y los muchachos acostados en el sofá y en el piso.

"A eso de las doce, recuerdo que estaba lloviendo, era agosto, aparece la luz roja por la puerta de la calle. Los muchachos se hacen los dormidos pero ninguno ha pegado el ojo. Mi abuelita lo está viendo todo desde el comedor. La luz pasa de largo y se va hasta el pasillo. Ahí se levantan los hombres, todos cargan palos en la mano. Siguen a la luz. Mi abuela va tras ellos, ve que pasan los cuartos y cruzan la esquina. Se oye la puerta del baño que se abre y después ¡RA! una luz roja que iluminó todo. Se fue disminuyendo hasta convertirse en un tizoncito nada más, y quedó en el piso del baño.

"El tío mío le pide a la abuela una pala. Ella les dice donde está y uno de los muchachos la traen. A la hora lograron abrir un hueco en el piso del baño, y lo que consiguieron ahí fue un entierro". Se hizo un silencio para el suspenso. "Sí, señor. Un entierro de una caja de madera con morocotas. A lo que el tío mío la vio lanzó una insolencia... Y el hueco se llenó de agua. No importa cuánto achicaron, no hubo manera de vaciarlo. Al final se cansaron, y se fueron a dormir. La abuelita mía, que era más valiente, aprovechó cuando los muchachos se fueron y metió la mano en el hueco, pero no sintió la caja. A la mañana siguiente, no había agua, el hueco estaba vacío, ni señas de las morocotas.

"Al final, no se vio más la luz roja. La esposa de mi tío volvió pero no duraron mucho. Como que se fue con otro, qué se yo."

Luego seguían los discursos moralistas, pero mi mente ya no estaba en la sala, sino en distantes galeones piratas que, sin duda, habían sido los antepasados que custodiaban el entierro que narraba mi abuela.

Este es uno de los muchos cuentos que hicieron mi infancia, casi todos aprendidos cuando la electricidad fallaba y la familia se reunía, casi todos aún grabados en mi memoria.

30 julio, 2016

Opinión N° 6: ¡A-zú-car!

Me pasó algo curioso hoy.

No que a nadie le importe, pero igual lo cuento, por si a alguien le suena interesante.

Una pista: No tiene nada que ver con Celia Cruz.



Sucedió que me encontraba en un terminal de autobuses del interior, a eso de las ocho de la mañana. Mi pareja (este ciudadano) y yo nos habíamos llevado un desayuno abundante y delicioso cuyas particularidades me ahorraré (porque si comienzo a escribir sobre comida me dará hambre y, pues... no quiero). Al terminar de comer, mis ojos buscaron instintivamente entre las chucherías del kiosko, buscando algo que apeteciera a mi paladar.

Primera nota importante: Hambre, lo que se llama hambre, no tenía. (ver el artículo de antier sobre algo parecido, pero no igual).

Finalmente mis ojos encontraron algo: Brownies. Y con punto de venta disponible. La gloria, pues, o algo muy parecido a ella.

Me acerqué como quien no quiere la cosa y pregunté "señora, ¿a cuánto los brownies?". Ella respondió, "550".

Rápido cálculo mental, seguido por recolección de memorias recientes sobre precios de cosas dulces, otro rápido cálculo mental. "Deme uno" concluí.

Segunda nota importante: Hace más o menos un mes que mi pareja y yo tomamos -robamos- las bolsitas de azúcar de cualquier panadería donde caigamos buscando café con leche porque se nos acabo el azúcar de la casa y, pues, no conseguimos (se agradece no juzgar). Eso quiere decir que, desde hace más o menos un mes, no bebo ni como nada que contenga azúcar refinada. Los precios de tortas, bizcochos, galletas, polvorosas, golfeados y afines, por el momento, son prohibitivos para mi bolsillo, así que nada, café con miel en mi casa, o café sin nada, punto, no se admiten quejas.

Pero hoy andaba de buen humor, y hace poco había cobrado algo, así que me dije, ¿por qué no?

Tercera nota importante: Estaba muy sabroso el brownie. No provocaba compartirlo -no lo hice.

Ahora paso a la fase curiosa de la experiencia.

Durante el resto del día no cesé de buscar dulce donde quiera que fuese. A pesar de haberme acostumbrado a tomar café sin azúcar en la calle para poder sustraer -robar- las bolsitas de azúcar, no pude evitar utilizar una para endulzar un café que no lo requería. No contenta con eso, la vista de un pan con chocolate que un amigo (este ciudadano) estaba comiendo, me hacía agua la boca, me ponía inquieta y lograba que mi vista -de nuevo y con menos dinero que esa mañana- buscara desesperada algo de ¡dulce-dulce-dulce, loqueseaaaaaaaaaaa!

En el siglo XIX hubiese parado en un sanatorio.

Cuarta nota importante: Hacía mucho tiempo que esto no me sucedía. Ni mi barriga ni mi boca buscaban comer dulce a como de lugar desde mucho antes que se acabara el azúcar en mi casa; podía pasar impávida junto a los chocolates con sobreprecio que antes acostumbraba a comer a diario. No sentía ni cosquillas.

Y no quiero implicar, querido lector, que aquel brownie mañanero tuviese alguna droga. En lo absoluto. Pero sí admito que estaba dulcísimo. De hecho, eso fue una de las razones que hicieron que lo devorara en menos de dos minutos (eso y que llamaban ¡Los Teques! ¡Los Teques! ¡Pasaje en mano! desde la puerta de embarque).

Hay un gran movimiento de información que busca crear conciencia en las personas acerca de disminuir el consumo de azúcares refinados en la dieta diaria. No voy a ahondar, no soy dietista, nutricionista ni nada parecido -y, francamente, no tengo moral tampoco. Leí un artículo interesante aquí, lo comparto para quien se sienta interesado en el asunto.

Hubo una época durante mi infancia en la cual tomaba dos refrescos de lata diarios. Luego vino otra marcada por desayunos de chocolate, nescafé y cigarrillos. Finalmente llegó una larga época de gastritis que marcó el cambio que mi pobre y golpeado metabolismo necesitaba.

Quinta y última nota importante: Del pasado reciente agradezco profundamente dos cosas. La primera es que aprendí a valorar algo tan simple como una arepa con mantequilla y queso rallado. La segunda es que aprendí a distinguir entre el hambre y las ganas de comer -no es bueno dejar que se junten, no lo hagan. Complacer ganas de comer vacías es el equivalente de comprarle un perrito nuevo a tu hijo cada vez que se le muere el anterior por falta de cuidados, no va a terminar bien.

El azúcar de esta mañana aún me tiene el cerebro picado, traté de matar las ansias con una guayaba, y más o menos ha funcionado.

La opinión, finalmente, que quiero expresar es la siguiente: Me alegro mucho de que falte todo aquello que no es necesario, así nos damos cuenta y lo dejamos de extrañar.

28 julio, 2016

Opinión N° 5: Cuestión de Entonación

-    Mamá, tengo hambre… Pero no es hambre, sólo, tú sabes, hambre.


La mamá de Caicara entiende, perfectamente, aunque no sabría explicarle a alguna amiga lo que su hija quiere decir con esa inflexión distinta que sostiene el verdadero sentido de esa hambre que tiene.


Acabo de devorar en dos horas el libro Ni tan Chéveres, ni tan Iguales, de la escritora Venezolana Gisela Kozak Rovero, gracias a un afortunado infortunio vial. Ante mi humilde criterio, ese libro es un buen análisis socio-lingüístico (uy, qué palabrota) de la sociedad venezolana, con la salvedad de que los Caraqueños (y me disculpan la generalización) suelen caracterizar al resto de los venezolanos según su propia idiosincrasia. Quiero decir, no todo el país puede entenderse bajo la lupa capitalina, aunque ello no le resta mucha verdad a todo lo que la autora asevera.


Pero éste no es un artículo sobre un buen libro –aunque sí, que sirva de recomendación-, sino sobre la inflexión en el hambre de Caicara.


En este rincón del mundo tenemos una particularidad: todo lo que somos proviene de retazos y pedazos encontrados en un barco hundido, a cuyos tripulantes desconocemos salvo por leyendas construidas sobre leyendas acuñadas por recuerdos orales de leyendas aún más difusas. Nuestros basamentos socio-culturales provienen del sueño de un sueño, y eso me parece maravilloso.


Pongo un ejemplo: hablamos español –¡Castizo!, grita mi abuela desde su descanso eterno. El Español no se inventó aquí, los académicos de la lengua no han permitido que sea modificado aquí, y ni siquiera es el idioma exclusivo que hablaron nuestros primeros pobladores, porque de exclusivo en la colonia no había nada. El idioma nos quedó gracias a un mandato legal justificado por la necesidad de demostración de poder sobre un territorio, pero aquí había –y hay, si queremos ser sinceros- docenas de lenguas indígenas, docenas de lenguas africanas y por lo menos seis lenguas europeas. Tomando en cuenta que la colonización finalizó –de facto- con la nacionalización del petróleo –quien no me crea, dese una vuelta por la arquitectura del boom petrolero en la costa oriental del Lago de Maracaibo- es desde hace muy poco que nos dejaron quietos para pensar en las palabras que utilizamos diariamente, derivadas, dicho sea de paso, de esa gran mezcolanza previa.


Pongo un segundo ejemplo: los africanos traídos a la fuerza por los colonizadores eran cuidadosamente repartidos en distintos barcos y entre distintos dueños, de manera que la cohesión tribal se perdiera en el viaje. El dueño del galeón pensaba “ni de broma los junto, porque se me alzan”. Al llegar a tierra, no había más de dos africanos de la misma tribu en el mismo sector, es decir que, con su libertad también se les fue al mar su ley, su idioma, su rango y puesto social, sus dioses protectores y su estructura general de la vida. Lo que quedó en este lado del mundo fue una serie de individuos desorganizados añorando un pasado, buscando un pasado, mirando hacia atrás, con la mirada hacia el océano infinito.


El resultado de esta situación, escuetamente ejemplificada, es que nuestros pilares están cundidos de comején. Constantemente intentamos construir sobre ellos, pero sólo tenemos éxito cuando reparamos el pilar fundamental.


Para retornar al inicio, la palabra hambre –para hacer el cuento largo, corto- viene de un latín digerido a lo largo de los siglos por los pueblos originarios de Europa. Y un Europeo haría un intento muy distinto de explicar esa inflexión de Caicara. Diría, quizá, como mi abuela Zuliana y, por ende, heredera de la semántica andaluza, “mamá, tengo apetito”, porque afirmar “tengo hambre” suena a desnutrición, hambruna, alerta de un pobre cuerpo que desfallecerá en breve si no se le administran los primeros auxilios. En fin, la niña tiene ganas de comer algo rico (de paso, rico es suntuoso, acomodado, acaudalado, aunque en este contexto signifique sabroso, divina coincidencia), pero su cuerpo está sano y, dado el caso, podría aguantar hasta la cena sin mayores consecuencias.


Explicamos, como herederos de tesoros inconexos, nuestros deseos y sentimientos utilizando un idioma que no nos pertenece, no son palabras nuestras. Un músico que crea una canción es libre de cambiarle las notas a su antojo y nadie va a decirle nada; al contrario, un músico que interpreta una canción ajena ¡cuidado! -¡Pilas!- con una modificación porque, depende de quién lo escuche, dirá que se equivocó o que le hizo un arreglo. Muy sutil y subjetivo el asunto. No puede una sociedad utilizar cómodamente un idioma ajeno. Tendemos a la mala ortografía, al uso incorrecto de las palabras (un vigilante de tienda me pidió permiso para visualizar mi bolso), a la inexacta colocación de los signos gramaticales (las casas generalmente “se venden”, así, entre comillas; no sé qué se hará realmente con la casa, debe ser un chiste interno). Tendemos también a los chistes de doble interpretación (pasó toda la tarde sembrando yuca) y a las inflexiones y muletillas que, generalmente, tienen perfecto sentido dentro de un grupo social reducido (va sié; ve qué molleja; sí, Luis; bicho, ¡Bicho!, biiiiicho; entre otras) pero para otros es una razón de levantamiento de ceja y risa nerviosa.


Explicamos, reitero, como Caicara, lo que realmente queremos con un tono y una cara más que con una palabra, utilizamos recursos de lo más primitivos y a la vez sutiles que escapan a cualquier texto escrito, por más habilidad que se tenga para la imitación del lenguaje coloquial, y eso me parece maravilloso. Lo considero un ejemplo de riqueza cultural de incalculable valor, porque pocas poblaciones pueden jactarse de una considerable diferencia entre un “Desgraciado” en un restaurante y un “dejgraciao” en el tráfico, o de poseer por lo menos cuatro acepciones distintas de la palabra “peo”.


En fin, como composición musical, nuestra jerga venezolana es mucho más colorida que su progenitora europea, y tiene todo el derecho de modificarse a su gusto.   


  

17 julio, 2016

Ya está bueno ya.

Salgamos un rato de aquí ¿les parece?

Observemos desde la ventana del tren todos esos periódicos, revistas, comentarios que revisamos a lo largo del día, donde encontramos sólo tormentos; mira cómo se van alejando esas personas que toleramos a fuerza de mucho morder la propia lengua; siente cómo cambia el aire de olor, de textura, de grosor. Ya lo cotidiano quedó envuelto en la bruma de la distancia, ya no se distingue, ya no puede hacerte ruido.

Este tres va a llevarte donde quieres estar, donde sueñas cada día con estar.

Mientras esperas, cómodo, relajado, sin dolor de cabeza, sin cuentas por pagar, sin papeles por entregar, acompañado, si quieres, de tus seres queridos, o en solitario, como te sientas mejor; mientras esperas, descansa. Relaja los músculos, suelta la mandíbula, afloja el ceño, despierta la mirada.

El paisaje cambia cada tanto. Puedes observarlo, puedes tomar nota, puedes dibujarlo o tomar fotografías. Puedes conversar con otros pasajeros, puedes comer lo que te ofrecen en el kiosko. En el tren existe la cortesía de lo gratuito, existe la amabilidad de la distancia, existe el respeto del silencio.

Pronto se hará de noche y te asignarán un vagón para dormir; puedes estar sólo o acompañado; puedes ver películas o escuchar música. Las camas son grandes, son cómodas, son mullidas y suaves; el movimiento del tren te sirve de arrullo.

La mañana siguiente encontrarás un desayuno servido: puedes comer lo que quieras y cuanto quieras, no va a costarte más, nadie va a quedar fallo porque comas doble, el tren está preparado para que todos se sacien. Pronto podrás bajar, turistear un poco por los al rededores, darte un buen baño en la playa, mojarte los pies en el helado cauce de un río, respirar las neblinas de la montaña. Pronto podrás caminar descalzo sobre tierra firme, lavarte la cara en un lago cundido de cisnes, colgarte de las ramas de un árbol en compañía de monos y guacamayas.

Falta aún para llegar al destino. Mientras estés en el tren, todo va sobre ruedas. Por llegar, no te preocupes, te aseguramos que vas a hacerlo. Mientras tanto, relájate, suelta el ceño, baja los hombros, baja la guardia, disfruta el viaje.


09 julio, 2016

El Embarazo en Venezuela (Pt. 1)

No vengo a hablar sobre la dificultad de conseguir pañales ni a arengar sobre la escasez de leche. Me interesa comentar los efectos de ese sexto sentido, esas antenitas que se nos desarrollan a las mujeres cuando quedamos embarazadas, esa sensibilidad de espíritu, mente y materia que nos hace conocer lo incognoscible y presentir hasta lo más velado de la consciencia ajena.

(Y, antes de que lo pregunten; no, no estoy hablando de los ataques de celos aleatorios que inevitablemente cobrarán algunas victimas).

Consideremos a una Venezolana de a pie. Asumamos que es el día de su cédula para la compra de productos regulados; asumamos también que tiene algunos contactos estratégicos para no perder -o perder menos- tiempo. Ella sale ese día antes que amanezca, aprovechando que el fresquito de la madrugada y la soledad de las calles le hacen bien al ánimo, se consigue con sus primas en la esquina y agarra el bus vacío. Se quedan las tres en el hipermercado, ella feliz comentando la barriga y sus efectos, todas despliegan sus sillitas de aluminio y charlan hasta darle la bienvenida al sol. Correrán tres pacíficas horas de parloteo y fraternales enlaces; luego el sol comenzará a apretar, aunque ellas cargan parasoles el calor aumenta, al caldearse la calle se caldea la cola y, en algún momento previo al mediodía, revienta el primer disgusto. Si la cava no ha llegado, si no hay señales de que llegue, si amenaza el día con que la carga no llegue nunca, el disgusto pica y se extiende. Ella lo asume, tranquila porque está acompañada y porque sabe que con embarazadas nadie se mete, pero sí presiente con claridad que, si no abren la puerta pronto, si no hay señales aunque sea leves de abastecimiento del local, el disgusto se va a convertir en otra cosa, y hay otra gente que realmente no respeta nada.

Asumamos que, con el sol en lo más alto del cielo, llega la cava sin contratiempos y abastece el local. Ella, que está entre los cien primeros, entra sin empujones, consigue un paquete de pañales, una harina y un champú -asumamos que es un buen día. Se retira con sus primas y se toma una tizana. Sube en un autobús atiborrado de seres humanos a quienes tratan como cerdos camino al matadero (excepto que a los cerdos no les cobran), va de pie, el conductor va elevado en otras instancias del espíritu, o en otras instancias de la mente -o sea, en el camino no está su atención, sólo la necesaria para no chocar de frente contra algún objeto inanimado. La música va alta, el sudor gotea que gotea, brazo contra brazo, camisetas empapadas, vaporones de alientos con hambre, y ella que todo lo ve y lo escucha aunque nadie le diga nada, ella que sabe el cansancio que traen todos porque se parece al suyo, ella que conoce el azoramiento del conductor y no le transmite ningún buen sentimiento, ella que sabe, porque lo ha visto, que así se muere la gente, por altas velocidades y malos temperamentos, ella que sabe que, en el peor de los casos, perdería una vida que le importa más -seamos sinceros- que la de cualquier otra persona en ese autobús. Respira para desacelerar el corazón, que no ha comido y una tizana poco espacio ocupa en el estómago. Por lo menos sabe que, si se desmaya, no caerá al piso, no hay suficiente espacio. Las bolsas pesan, las primas la ayudan, pero igual anda ensimismada, como ánima en pena buscando su tumba a las tres de la tarde, siente clarito las ondas de calor que emana el pavimento, la acarician como lenguas de fuego. Al llegar -al fin- a la casa se consigue con su marido echado viendo televisión y tomando una cerveza, fresco, despreocupado, desconectado.

¿Se imaginan el desenlace?

Y después dicen que son los cachos la primera causa de divorcio en el país.




04 enero, 2014

Sobre Feminismo

Por D. Salazar

La primera prueba de que el feminismo, como inclinación socio-político-activista, no vale mucho, es que no se puede decir algo como esto sin molestar a alguien.

Hermético ¿no?

Me explico.

Es difícil escribir sobre la homosexualidad sin declararse a favor o en contra. Es igual de difícil hablar de las drogas, del aborto o de la eutanasia sin hacer lo mismo. Sucede con todos los temas tabú. Cuando uno se declara a favor o en contra de algo, inevitablemente va a haber alguien –a veces mucha gente- que se declare a favor o en contra de ti. Y luego habrá disturbios en tu ciudad, los vecinos te querrán fuera del edificio porque las turbas enardecidas no los dejan ver la novela…

La diferencia es que ni la homosexualidad, ni las drogas, ni el aborto, ni la eutanasia son inclinaciones socio-político-activistas.

Cuando se trabaja para impulsar un proyecto, léase, el feminismo, es importante convencer, no condenar. Por lo tanto, si alguien sale por la calle diciendo que el feminismo no vale mucho no deberían tirarle piedras, ¿a que no? –dice la autora con cara de no romper un plato- más bien deberían llevarse a esa persona a tomar un café y contarle sobre las bondades de su inclinación.

El feminismo suele condenar a otros, tildándolos de machistas aferrados al sistema patriarcal que mantiene a las mujeres bajo el férreo yugo de cualquier cosa… Para que no te condenen, tienes que acompañarlos en su condena o, en el mejor de los casos, mantener una distancia prudencial.

Muy medieval y todo.

Las condenas son para los jueces. Los jueces son seres sobrehumanos e imparciales que no pueden tomar parte en las actividades que juzgan.

Probablemente dirán “bueno, pero no todos los activistas del feminismo son así, no puedes condenar una inclinación por las taras de quienes la apoyan… A fin de cuentas no eres juez”. Y tendrán razón.

Pero…

La segunda prueba de que el feminismo no vale mucho como activismo es que se desvía de la razón principal de su existencia.

Me explico.

El feminismo nace como propuesta de liberación femenina, principalmente buscando igualdad en derechos sociales y políticos, tratando de restituir la dignidad femenina, perdida desde los tiempos del oscurantismo católico apostólico.

Se aplaude sin duda.

Ahora, desde que las mujeres conseguimos igualdad social la lucha de los feministas se ha trastocado y a veces pareciera buscar escandalizar o poner a la mujer por encima del hombre.

Tampoco es la idea.

Yo soy persona. La cualidad de ser hombre o mujer es, en primer lugar, independiente de mi voluntad; y, en segundo lugar, no es ni malo ni bueno, sólo es.

Como personas todos tenemos igual dignidad. Todos los derechos, deberes, estatus político-cívico-militares que existen en el planeta están basados sobre la dignidad de ser persona, no sobre lo bonito que se ve el uniforme sobre mi cuerpo o el cargo frente a mi apellido en un carnet.

Es decir, buscar diferenciar al hombre y la mujer, a estas alturas del partido, no tiene sentido. Buscar decir que “las mujeres tienen derecho a…”, sí, está muy bien, pero somos las personas las que tenemos derecho a. Se puede estudiar lo que nos hace distintos para después contar los chistes malos de tu preferencia, pero no se puede diferenciar para hacernos parecer unos mejores que los otros.

Todos somos inevitablemente iguales.

Ahora veo fuera de la ventana a un grupo de activistas mujeres en topless haciendo escándalo y gritando “¡Retrógrada! ¡¿Qué pasa con las mutilaciones de clítoris y los matrimonios arreglados y los abortos y las violaciones?!”.

Y yo, calmada, les invito a tomar un café y les explico que, por supuesto, hay gente que hace cosas horribles, y deberían dejar de hacerlas; pero yo, pequeña persona en el mundo, creo que la respuesta no está en quemar sostenes a favor del feminismo, sino en entender la igualdad.

Ya por el segundo café les explicaría que la tercera razón por la que me parece que el feminismo no tiene punto es que las reglas sociales son siempre autoimpuestas.

Aprovechando el silencio que crea la frase dejada al aire, les diría que la cultura, con el paso de los años, bañada por filosofía y religión, ha creado las reglas por las cuales nos desenvolvemos.

Ejemplo: si las mujeres de medio oriente usan velo es porque su evolución social así lo ha dictaminado. Esa evolución social está basada en innumerables factores que se escapan de todo control. En otras palabras, si las mujeres de medio oriente usan velo es porque quieren usarlo.

Llegará el día, quizá, es posible, en el que se cansen de andar con la cara tapada, pero eso depende exclusivamente de ellas.

No puede imponerse valores de sociedades foráneas, sólo pueden irse absorbiendo poco a poco.

Es decir, las mujeres que usan velo verán a las occidentales y dirán “ay, qué bonitas se ven todas con sus caras destapadas, ¡yo también quiero!” y así, a la capitalista, absorberán una nueva costumbre, distinta de las anteriores. Algunas dejarán de utilizar el velo, otras lo seguirán usando, y todas hablarán mal las unas de las otras, y aprenderán a convivir con sus diferencias.

Condenar a una mujer de retrógrada y subyugada por utilizar un velo, por no querer abortar tras haber sufrido una violación, por permitir que a su hija la mutilen como sucedió con ella, no es la respuesta.

No somos jueces, sino gente convencida de que las personas son, en primer lugar, personas, y como tal somos todos, inevitablemente, iguales.

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D. Salazar

Estás trabajando con niños. Todos son más o menos iguales, unas personitas lindas, cómicas y bulliciosas. Algunos llaman más tu atención que otros, entre ellos una niña de unos cinco años, de pelo oscuro y ojos azules, delgada y de altura promedio. Le ofreces un dulce y ella te da las gracias con mirada huidiza, notas que su mirada es triste, no es propia de un niño común.

Cuando llega la hora de que busquen a los niños, te fijas en la cara de los adultos por seguridad. La mayoría de ellos son señoras en ropa de hacer diligencias, hay dos señoras de servicio y algunos padres con traje de oficina.

Notas que a la niña de los ojos tristones la va a buscar su papá, que es un hombre joven y bien parecido. Se despide de tu compañera de trabajo con cordialidad y se lleva a su hija cargada sobre el brazo izquierdo.

Tu compañera de trabajo te dice en voz baja que esa niña le da mucha lástima. Que le pasó algo horrible. Una mañana el papá la despertó para ir al colegio y se fue a trabajar. Ella se quedó esperando a que su mamá fuera al cuarto a vestirla y luego le diera el desayuno. Pero la mamá se estaba tardando mucho, así que la fue a buscar al cuarto, donde la encontró acostada aún. La niña intentó despertarla pero no pudo, así que se quedó acostada a su lado esperando que despertara. Cuando el papá volvió del trabajo por la tarde, la niña seguía ahí. La mamá había muerto por un accidente cerebro vascular.

Lo primero que piensas es “no necesitaba saber esto”.

¿Y qué haces con eso?

Pues lo escribes a ver si le das sentido, o por lo menos te lo sacas del sistema.

La tragedia humana, aunque la veamos todos los días en la televisión, no la conseguimos muy seguido en nuestro rodar, caminar o volar por la vida. No sabemos lo agradecidos que estamos de no ser parte de ella hasta que nos la tropezamos. El hecho de que sea una niña el personaje principal de este cuento lo hace terriblemente peor.

Si hubieras visto esta historia en una película, o la hubieses leído en el periódico, te habrías curado en salud detrás del velo de la ficción. La realidad nunca es tan fea como la ficción, piensas. Pero eso no es necesariamente cierto.

La delgada línea que separa la ficción de la realidad es la cercanía. Mientras más de cerca te toca un evento, mientras su fuente sea más fidedigna, estás más o menos convencido de su veracidad. Tocar la mano de un mendigo sucio y enfermo de la piel es diez mil veces más intenso que ver al mismo mendigo a diez metros de distancia. Pasar caminando al lado de un perro muerto es diez mil veces más intenso que pasarlo manejando por la autopista. Darle un caramelo a una niña que durmió junto al cadáver de su madre es un millón de veces más profundo que leer lo mismo en un libro. Eso, o somos unos alienados que sienten más empatía hacia lo que ve en la televisión que por lo que sucede en su entorno día a día; es decir, mientras más lejos más me importa.

Luego piensas “qué loco que me haya enterado de esto de esta manera”.

Las probabilidades de que te encuentres con una tragedia de primera mano, tan de cerca, son muy pocas. Sin embargo, te tocó, en todos los sentidos. De manera fortuita conociste a la niña, de manera involuntaria te enteraste de su historia. Y sientes que estabas mejor no conociéndola.

Sería incluso macabro pensar que este puede ser un cuento inventado. Su compañera de trabajo tendría que ser muy retorcida para inventarse algo tan doloroso. El padre de la niña tampoco podría haberse inventado una historia tan ruinosa y convertirla en rumor; ¿para qué? ¿Para parecer interesante? ¿Para encubrir una historia peor? Demasiado loco y demasiado desesperado.

Si el padre fuese un loco y un desesperado, piensas, su hija también tendría los ojos tristes, pero sería distinto.

Las emociones humanas siempre consiguen una forma de expresarse. Algunas personas se pintan el cabello rojo chupeta, otros se tatúan, otros se visten de manera particular, otros se compran un carro azul. Pero, cuando el ser humano aún no tiene las herramientas para expresarse, cuando está muy joven, las emociones se traslucen, inevitablemente, por la piel, con matices demasiado sutiles para expresarlos. Las emociones se expresan con extrema pureza. Los niños, generalmente, no saben mentir, a menos que lo hagan involuntariamente.

O sea que la niña de ojos tristes, con sus cinco años, ya tiene un cuento que contar. Aunque dé lástima que sea tan triste, los cuentos siempre son verdad.

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Por D. Salazar

Imagínate que te consigues conmigo en la calle. Estás en un sitio y me pides la cédula. Reconoces mi nombre por el internet y te da curiosidad. Tu curiosidad nace sólo de recordar mi nombre de algún lado. Te envalentonas y me preguntas sobre mí.

Te enteras que soy sólo una abogada. No digo más que eso.

Hay millones y millones de abogados en este mundo. Proliferan como puntitos oscuros sobre el mapa, indicando “aquí hay un abogado”. Quiero decir que es una profesión sumamente común, nada que llame la atención. No es “astrólogo” ni “ingeniero en diamantes”.

Sin embargo, conoces el nombre de esa persona común y has leído alguno de sus artículos, en los que menciona temas que no tienen nada que ver con el derecho.

Esto, piensas, podría restarme credibilidad como articulista, ya que estoy aseverando cosas sin un título que me califique para ello; es decir, estoy hablando, técnicamente, sin saber. No soy ninguna experta, en la escuela de derecho no enseñan sobre proyecciones junguianas, desviaciones conductuales, análisis de la personalidad ni redacción periodística.

Sin embargo, si me estoy tomando el tiempo de escribir estos artículos es porque algo en ellos se me hace interesante y digno de compartir. O eso, o soy una mente brillante y demente que asocia conceptos con recuerdos, escribe lo que resulte de la combinación y los publica en espera de que alguien diga “¡oh! ¡Es una genio!”.

La segunda, aunque técnicamente posible, es improbable (…).

Por mi tono de escritura y los términos que utilizo, te parece que estoy convencida, es decir, que considero cierto todo lo que digo.

Una de dos, o sé de lo que hablo, o no sé de lo que hablo.

Al final, decides que seguirás leyendo mis artículos, porque son muy buenos e interesantes, y estarás pendiente por si, al final, hay algo que no te cuadre. Mi cuento también debería ser verdad, ¿no?

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Por D. Salazar

Estás en hora pico en una zona turbulenta de la ciudad. Tienes que llegar a un sitio antes de que lo cierren y consideras que la forma más rápida de hacerlo es ir en taxi. Paras cualquier carro que pase cerca deseando con fervor que sea eficiente, te subes al asiento trasero sin siquiera preguntar. Dices a dónde vas y te quedas en tu asiento, con los músculos tensos y un ojo en la hora.

Inmediatamente notas algo distinto sobre el carro, sin saber exactamente qué es. El interior está tapizado de ocre viejo, la tela es acolchonada y suave, el tablero da la impresión de ser de madera oscura y la radio es de las que solo sintonizan am. Está impecable e impregnado del olor a ambientador de cereza. Hay una caja de cleenex en el espacio entre los asientos delanteros, perfectamente derecha.

De la caja de cleenex tu mirada vaga hacia la mano sobre la palanca sincrónica, la cual lleva un guante de cuero negro con varios broches de metal que cubre sólo la muñeca, dejando los dedos libres para maniobrar. Buscas la otra mano que descansa sobre el volante y corroboras que también está enguantada, en el trayecto te fijaste en el perfil del hombre.

Calculas que tendrá más de cincuenta, a juzgar por su piel ajada y caída. Su cabello está cortado milimétricamente y calvea en la coronilla. Se le ve recién afeitado. Luego notas por el retrovisor que lleva la mirada fija en el camino, no distrae la vista con anuncios, no la deja descansar sobre un transeúnte mientras el semáforo está en rojo, ni la ves desviada hacia su celular, el cual no ves por ningún lado. Lleva un breve bigote amarilloso y los labios bajo él están serenamente cerrados. Viste una guayabera beige y un pantalón verde botella. Su ropa, aunque vieja a juzgar por su color desvaído, está pulcramente planchada, todos los botones están en su sitio y las solapas de su camisa apuntan al lugar correcto.

A veces nos encontramos con personas particulares en nuestro rodar, caminar o volar por la vida, que nos cuentan todo sin decir una palabra. Nos llaman a leer entre líneas. Esas personas nos dejan pensando en ellas durante horas, meses e incluso años.

¿Y qué haces con eso?

Escribes un artículo a ver si puedes, analizando, entenderlas un poquito más.

Detallando al tipo, lo único que se puede ver es perfección. Normalmente las personas llevamos siempre algún detallito: una arruga, una factura con la marca de la suela de un zapato tirada en la alfombra del asiento trasero, un poquito de polvo en el tablero... Este señor no llevaba nada. Lo detallaste perfectamente y no conseguiste nada.

Eso no es normal.

¿Qué pasa ahí entonces? ¿Quién es este señor con tal necesidad de pulcritud? ¿Qué lo hace ser así?

Las personas somos un conjunto de muchas cosas, como un rompe cabeza compuesto por millones de piezas, estamos formados por incontables influencias, impulsos e interacciones extendidas a lo largo de toda nuestra vida. Lo que sea que nos forma, es inconmensurable. Por lo tanto, cualquier intento de entender a este señor, que obviamente no anda pendiente de si lo entienden o no lo entienden, es un trabajo titánico.

Si intentas darle forma, empezarías por pensar que su necesidad –no puede llamarse de otra manera a tanto cuidado- de pulcritud viene de algún tipo de repulsión especialmente fuerte en él. Si una persona les tiene mucho, mucho miedo a las culebras y vive en el campo, lo más probable es que bañe la casa en creolina y tabaco una vez por semana. Si una persona le tiene mucho, mucho miedo a las alturas, lo más probable es que nunca viva en un piso catorce. Si una persona le tiene mucho, mucho asco al sucio, lo más probable es que se encargue de mantenerlo a raya limpiando su alrededor y aseándose constantemente.

Hay emociones que desarrollan en las personas ciertos hábitos de disciplina, la convierten en necesidad vital. El miedo, la adicción, el asco, el desprecio, son emociones fortísimas que acarrean conductas especiales, dirigidas a mantener alejado o cercano al objeto que las causa.

El empeño que ponemos en las tareas que efectuamos generalmente denotan su importancia.
Si este taxista pone tanto empeño en mantener todo limpio es porque, para él, es sumamente importante. O eso, o es una brillante y sociopática mente, con excesiva consciencia sobre la imagen que proyecta hacia los demás y desea esconder su verdadero ser a toda costa.

Pero este detalle que lograste armar sobre este señor, es sólo un fragmento mínimo del cuento. Su silencio es elocuente y, a la vez, misterioso. Es por ello que pasaste tanto tiempo leyendo entre líneas.

Al final llegaste a tiempo al sitio, el tipo fue eficiente en su trabajo y a ti se te olvidó el estrés mientras estuviste dentro de su ambiente. Como no dijo ni una palabra, no puedes dudar de ella. El tipo te contó su cuento sin siquiera decirte su nombre. No importa lo que conjetures, los cuentos siempre son verdad.

Todos los Cuentos son Verdad .2

Por D. Salazar

Vas a un sitio por trabajo, con el tiempo bastante holgado, y andas con pocas ganas de usar el transporte público. Detienes un Chevrolet azul rey con una seña del brazo y éste se orilla. El taxista baja la ventanilla, le dices el sitio, él te dice el precio y subes a la parte trasera.

Y desde ese momento el tipo no para de hablar.

A veces, nos enteramos de cosas de manera involuntaria. Hay gente que nos conseguimos en nuestro caminar, rodar o volar por el mundo que disfruta mucho contando sus cuentos.
El taxista es un hombre cuarentón de cabello y ojos oscuros, es todo lo que puedes ver desde tu posición, eso y un anillo de matrimonio en la mano que lleva el volante. Sus ojos, ocupados en el camino, te miran de vez en cuando por el retrovisor, mientras te cuenta su historia.

Imagina que le prestas atención a lo que dice, en lugar de ensimismarte mirando a la ventana, y te enteras que el tipo conoce a la mitad de las personas que conocen a personas famosas, que se sabe chismes de todas ellas, e incluso chismes del edificio donde trabajas. Te enteras de que tiene casa propia, una profesión que no ejerce desde hace tres años, y un hijo super inteligente; que su esposa tiene una figura hermosísima todavía y él está agradecido de que se haya operado para que no perdiera la figura de modelo de ropa interior. Te enteras de que tiene rencillas con su anterior jefe porque lo despidió injustificadamente del trabajo, aunque conoció a su mujer gracias a que lo despidieron, ahora gana más dinero que antes y es su propio jefe.

Podría continuar por páginas y páginas.

Todo esto te lo cuenta con un toque de dejadez en la voz, un tono de “qué bien estaba antes” y un suspiro guardado en la garganta.

Te enterarías de detalles pormenorizados de todo, absolutamente todo lo que él quisiera contarte. Te enterarías de cosas que no estarían ahora ocupando espacio en tu cerebro si hubieras decidido no prestarle atención y sólo responder “mmm… sí, qué loco, ¿no?”.
Y dudarías en creerle una sola palabra.

En primer lugar, dudarías porque no te mira de frente. Cuando las personas no miran de frente tendemos a desconfiar. Podrías pensar “bueno, no hay forma de que lo haga, tiene que manejar” y le concederías el beneficio de la duda.

Pero luego te das cuenta de que, en segundo lugar, es poco probable que el tipo haya tenido la oportunidad de conocer a las quince personas de la farándula que dice que conoce, y es menos probable aún que los chismes que cuenta sobre ellos sean verdad, entre otras razones porque le contaron que una famosa vedette que aparece desnuda por todas partes es evangélica fervorosa.

Algo no cuadra. Pero le sigues dando el beneficio de la duda, piensas que de casualidades se crean mundos y dices “ok, puede que todo sea verdad”.

Pero te sigue carcomiendo algo: ¿por qué, si lo máximo que le llegaste a preguntar fue “¿cuánto es?”, te dijo todas aquellas cosas?

Parece que no hay respuesta. Una de dos: o el tipo te está contando un cuento o inventándoselo.

La pregunta entonces quizá sea ¿cuál es la diferencia?

Si el taxista, en su día a día, disfruta de contar la historia de su vida a la primera oportunidad es porque la considera especial y digna de compartirse. A fin de cuentas es por eso que se cuentan cuentos. Tú, sin embargo, consideras que no hay nada fuera de lo común en ella, salvo los dudosos encuentros con la farándula, que de paso dan oportunidad de chismear. El taxista podría estar aprovechando la ocasión para ello y, de paso, hacer conversación sobre su vida, retocando algunos detalles para impresionar, para que su historia no suene a lugar común.

Todo apunta a que este cuento es un lugar común.

Sin duda alguna, todos tenemos derecho a retocar nuestra vida, a hacerle algunos arreglos para que suene mejor en los oídos del mundo. Esto revela, sin embargo, cierto aburrimiento, denotado por el suspiro en la garganta y la falta de emoción hacia el futuro de quien piensa “qué bien estaba antes”, porque implica “no estoy tan bien ahora”. Lo más probable es que la imagen que el taxista quería que te llevaras de él no haya sido la que quedó impresa en tu cerebro.

Esa es la diferencia entre contar un cuento e inventarse uno.

A fin de cuentas, aunque lo que el taxista te contó no haya sido verdad, saliste del carro conociendo su cuento, por eso digo que los cuentos siempre son verdad.

Todos los Cuentos son Verdad .1

Por D. Salazar

Vas caminando por una de las transversales de Los Palos Grandes y pasas al lado de una señora alta, gruesa, imponente, de cabello corto y grisáceo, con los ojos pudorosamente bajos y una cartera beige aferrada bajo el brazo. Calculas que tiene unos ochenta años, pero no es una abuelita temblorosa. Camina con paso firme y sin mirar a los lados. No puedes evitar fijar tu mirada en ella. Cuando pasa de largo su imagen sigue grabada en tu mente.

¿Por qué?

Algo en ella te hizo click, hizo que tu mente tomara una foto y la observara por unos segundos, unos minutos, horas e incluso más.

Otro día, vas caminando por una de las transversales de Los Palos Grandes y pasas al lado de esa señora. Es la segunda vez que la ves. Cuando pasa de largo te envalentonas, das la vuelta sobre los talones y la alcanzas. “Señora…” le dices, y ella se voltea. Descubres que los ojos que llevaba fijos en su camino son de un azul celeste despampanante. Ella, con voz gutural te responde, “sí, diga…”y tú, con sinceridad, le dices que te parece una persona fuera de lo común, y quisieras conocer su historia.
Te enterarías de que es alemana, lleva más de cuarenta años viviendo en Venezuela, que tiene un trabajo fijo desde hace veinte y que vive por los alrededores. Todos los días sale a caminar, no tiene mascotas y le gusta mantener siempre el orden.

Hasta ahora tenemos una historia, dentro de todo, común. Sigues sin saber qué fue lo que despertó tu interés.

Así que sigues preguntando.

Y te enterarías entonces de que vivió en carne propia una invasión Europea en plena segunda guerra mundial. Que fue expulsada de la tierra que habitaba por soldados de un país, para luego ser recibida por soldados de otro, cruzando una frontera. Que tuvo que vivir hacinada en un apartamento en Austria siendo muy pequeña, y que comía lo que los soldados robaban de las panaderías. Sabrías que pasó varias noches en campos de concentración, que vio morir a una anciana que intentó llevarse joyas a escondidas de los guardias, y éstos le cayeron a golpes.

Sabrías que se mudó a Venezuela siendo adulta, con un grado de técnico y suficiente experiencia creando prótesis dentales, y trabajó, y trabajó y trabajó hasta tener casa propia, vehículo, independencia y una casa en la playa llamada “Mi Lucha”, la cual remodeló y renombró como “Nirvana”.

Y te enterarías de todo esto por su propia voz, que marca las eses, las erres y las ves con precisión milimétrica.

Parece de cuento.

Ahora, vemos a la señora de ochenta años y firme caminar bajo una nueva luz, más parecida a la que hizo que nuestro cerebro captara su imagen en primer lugar. Ahora la vemos más clara, con ojos más familiares. No es una persona “común”. Ya conocemos su cuento.

Hay cosas que ves en tu caminar, rodar o volar por el mundo, que nunca te dejan. Aunque no le hubieses preguntado nada a la señora la ibas a recordar por un tiempo, y lo más probable es que cuando camines por ese sitio de nuevo su imagen vuelva a tu cabeza, sin importar que lleves seis años sin recordarla.

Las personas traen cuentos consigo, experiencias que las envuelven como un halo. A cada uno de nosotros le atraen personas distintas, por distintas razones que nadie puede realmente explicarse.

Ahora piensa que, después de hablar con ella y enterarte de todas estas cosas, sigues tu camino. En el trayecto piensas “¡qué loco…! Todo eso no puede ser verdad. Qué probabilidad tengo de detener a una persona equis en la calle y que su historia sea tan… extraña e interesante.” Pero, de manera instintiva sabes que todo es verdad, que una historia así no se inventa en el momento; y que si se la hubiese inventado se habría equivocado en algo, algo no cuadraría.

Pero todo cuadra. A menos que la señora sea una brillante y psicopática mente, todo tiene que ser verdad.

Y después de que se sabe todo esto, ¿qué pasa?

Pues lo escribes en un artículo y lo publicas.

Lo importante del asunto es que, no importa cuán rara o poco probable parezcan las historias contadas por un extraño, los cuentos siempre son verdad.